11 abril, 2014

MADRID – Cuando la Guerra Fría terminó y sobrevino el colapso de la Unión Soviética, los vencedores se hallaban más que satisfechos, ya que estaban convencidos de que su triunfo había sido inevitable desde un principio. Muchos en Occidente suponían que la victoria del capitalismo liberal sobre el socialismo totalitario necesariamente traería aparejado el fin de las guerras y las revoluciones sanguinarias. Hoy, dos líderes poderosos –el presidente ruso, Vladimir Putin, y el presidente chino, Xi Jinping– están demostrando lo inverosímil de esa concepción.

La opinión occidental predominante quedó ejemplificada en el libro de Francis Fukuyama, de 1992, El fin de la historia y el último hombre , que presumía que la democracia liberal occidental era el punto final de la evolución sociocultural de la humanidad. En otras palabras, la escatología cristiana se transformó en un postulado histórico secular.

Esa transformación no era nueva. Ya la habían abrazado Hegel y Marx. En 1842, el historiador Thomas Arnold dijo, con una típica complacencia victoriana, que el reino de la Reina Victoria contenía “indicios claros de la plenitud del tiempo”. Luego resultó que todos estos profetas históricos –que proclamaban la materialización de la Idea Absoluta o la dictadura del proletariado– estaban absolutamente equivocados.

No mucho después de la victoria de Occidente en la Guerra Fría, el ascenso del fundamentalismo islámico y el retorno del tribalismo nacional, inclusive en el corazón de la Europa “post-histórica”, desafiaron el concepto del “fin de la historia”. Las guerras de los Balcanes de los años 1990, las guerras de Estados Unidos en Afganistán e Iraq, las sangrientas revoluciones árabes y la exposición de los defectos éticos y sistémicos del capitalismo occidental en la crisis económica global socavaron la idea aún más.

Pero quizá los recordatorios más salientes de que la historia todavía está muy viva provienen de China y Rusia. Después de todo, ni el sistema capitalista estatal de un partido único de China ni la economía política plutocrática de Rusia son particularmente liberales, y ninguno de los dos países se opone a aseverar sus derechos (autoidentificados) por medios militares.

Para China, esto significa “defender” sus reclamos territoriales en el mar de China Oriental y el mar de China Meridional con una política exterior cada vez más agresiva, respaldada visiblemente por un creciente poderío militar. Este comportamiento está profundizando las tensiones regionales que vienen enconándose desde hace mucho tiempo, a la vez que alimenta la competencia entre China y la alianza Estados Unidos/Japón, una situación que recuerda la lucha previa a la Primera Guerra Mundial por el predominio marítimo entre el Reino Unido y Alemania.

Por su parte, Rusia ha luchado despiadadamente por recuperar su imperio continental perdido, ya sea a través de una represión brutal en Chechenia, la guerra del 2008 en Georgia o el actual ataque a Ucrania. En verdad, las recientes acciones de Rusia en Crimea comparten muchas características perturbadoras con el ataque al Sudetenland germanoparlante de Checoslovaquia por parte de Adolf Hitler en 1938, un catalizador importante de la Segunda Guerra Mundial.

El hecho es que las acciones de Putin no tienen que ver solo con Crimea, ni siquiera con Ucrania. De la misma manera que Hitler estaba motivado por el deseo de revertir los términos humillantes del Tratado de Versalles, que puso fin a la Primera Guerra Mundial, Putin está decidido a revertir el desmembramiento de la Unión Soviética, al que ha llamado “la mayor tragedia geopolítica del siglo XX”.

Putin, en consecuencia, está desafiando uno de los mayores logros en materia de política exterior de Estados Unidos: el fin de la división de Europa y el establecimiento de países libres que pudieran ser atraídos a la esfera de influencia occidental. Y, a diferencia del presidente norteamericano, Barack Obama, en Siria e Irán, Putin respeta sus propias líneas rojas: las exrepúblicas soviéticas no están para que se las apropie Occidente y no se le permitirá a la OTAN expandirse hacia el este.

Es más, Putin hizo del nacionalismo étnico un elemento definitorio de su política exterior, utilizando la mayoría rusoparlante de Crimea para justificar su aventura allí. De la misma manera, el nacionalismo étnico motivó el ataque de Hitler al orden europeo: el distrito Sudetenland era principalmente alemán y la Anschluss austríaca estaba destinada a fusionar las dos partes vitales de la nación alemana.

En su polémico estudio de 1961 sobre los orígenes de la Segunda Guerra Mundial, el historiador A. J. P. Taylor reivindicó la decisión de Hitler de hacerse cargo de los pequeños Estados sucesores que se crearon en Versalles para constatar el poder de Alemania –una estrategia de los triunfadores que Taylor llamó “una invitación abierta para el expansionismo alemán”–. Lo mismo podría decirse supuestamente hoy de la atracción fatal de Rusia a las exrepúblicas soviéticas.

Por supuesto, nadie quiere una nueva guerra europea. Pero las provocaciones de Putin y el legado de los fracasos en el terreno de la política exterior de Obama podrían llevarlo a querer achicar sus pérdidas políticas emprendiendo una acción inesperada. Después de todo, la agenda de política exterior de Obama en su totalidad –un acuerdo nuclear con Irán, un acuerdo de paz palestino-israelí, la reconciliación con aliados distanciados de Oriente Medio y el pivote estratégico de Estados Unidos hacia Asia– ahora depende de su capacidad para domar a Putin.

El papel de China está complicando aún más la situación. Al aprobar las acciones de Rusia en Crimea, Xi se está sumando a Putin en el desafío del orden mundial que surgió de la victoria de Estados Unidos en la Guerra Fría. Al hacerlo, China ha permitido que los cálculos de poder pesen más que sus propios principios que defendió durante tanto tiempo, particularmente la no interferencia en los asuntos internos de otros países, un cambio que sus líderes defenderían diciendo que Estados Unidos en repetidas ocasiones demostró que el poder, en definitiva, determina los principios.

La canciller alemana, Angela Merkel –cuya educación en Alemania del Este debería haberle dado una percepción especialmente aguda de la mentalidad autoritaria de Putin– describió al líder ruso como alejado de la realidad, guiado por una machtpolitik del siglo XIX. Pero fue Europa la que ha estado viviendo en una fantasía: un mundo “post-histórico” donde el poder militar no importa, los subsidios pueden dominar a las fuerzas nacionalistas y los líderes son caballeros y mujeres educados y respetuosos de la ley.

Los europeos realmente creían que el gran juego entre Rusia y Occidente se había terminado en 1991. El mensaje de Putin es que los últimos 25 años fueron apenas un entreacto.

Shlomo Ben Ami, exministro de Relaciones Exteriores israelí, hoy se desempeña como vicepresidente del Toledo International Centre for Peace y es el autor de Scars of War, Wounds of Peace: The Israeli-Arab Tragedy. © Project Syndicate.