Cualquier persona podría ser víctima de un discurso que se vuelve vox populi

 29 julio

Está de moda hablar de la “posverdad” porque nos asusta la idea de que nuestro lenguaje se convierta en un instrumento de manipulación tan poderoso que deje sin vigencia la realidad misma. Cuando el discurso se vuelve un arma para destruir la influencia de otro en la esfera colectiva y se relativiza la discusión seria y racional sobre los hechos y las acciones que emprendemos, el deseo de acercarnos a la “verdad” desaparece.

¿Para qué nos sirve dar cuenta de lo real si podemos utilizar el discurso para mantener el poder o el bienestar? El temor que no pocos tienen acerca de la teoría de la “posverdad” es más que justificado: la espiral de la violencia crecería exponencialmente, porque nadie estaría a salvo, cualquier persona podría ser víctima de un discurso que se hace vox populi, aunque carezca de fundamento real.

La multiplicación de discursos violentos, por otra parte, genera una forma de vida que pocos admiten para sí mismos: la hipocresía. No comprometerse con la búsqueda de la verdad implica contentarse con la falsedad y, como consecuencia, con la construcción de una o varias máscaras públicas que pueden ser cambiadas a voluntad.

Podríamos decir que el individuo de la “posverdad” no es más que un enmascarado, una especie de luchador que en un ring sin reglas quiere ser el ganador: no importa si su máscara simbolice el bien o el mal, eso no cuenta.

En los tiempos de la hipocresía no son importantes los grandes valores, sino el espectáculo que es aplaudido y admirado.

Hoy, hasta los más grandes villanos se convierten en héroes, si la presentación de su discurso convence.

Reconocimiento. Vivir como hipócritas es totalmente funcional a la época de la “posverdad”. Es más, es su consecuencia lógica, porque el interés fundamental es obtener el reconocimiento público en detrimento de la coherencia personal. Pero lo que es más grave, la hipocresía se vuelve tan normal que ni siquiera nos reconocemos como hipócritas, aceptamos sin más que esta es la única forma de sobrevivir en el caos social.

La era de la “posverdad” no es anárquica, sino egoísta; no busca la libertad, sino el control; no enaltece la mentira, sino que proclama la ficción como realidad. Estas distinciones son muy importantes a la hora de definir el fenómeno que comienza a ser una cultura generalizada. Sí, la hipocresía se vuelve el perno desde el cual toda significación de lo social parece moverse.

No hay duda que esta situación tiene graves consecuencias políticas. La primera de ellas hace tiempo que es evidente, la relativización de las teorías sociopolíticas que han dado origen a los partidos en las democracias occidentales.

La presentación de una ideología política obedecía a determinadas formas de comprensión de lo social y, por consiguiente, pretendían ser una representación de lo real. Por eso, el debate político se presentaba como un espacio para defender los presupuestos que hacían de una determinada propuesta un mejor acercamiento objetivo a la realidad.

Todavía hoy subsisten estas teorías y estas pretensiones, pero cuando los individuos sostenedores de los partidos tienen la hipocresía como su modus vivendi, el cambio de opinión o la toma de decisiones no rara vez toma otros derroteros a los señalados por el análisis sociopolítico defendido. Pero si eso es así, ¿no existen mecanismos de control de esas desviaciones en las estructuras políticas partidistas?

La pregunta no es ingenua, porque señala el núcleo mismo del problema. El juego político no se encuentra más en la defensa de unas opciones ideológicas que guíen la economía y las políticas públicas, sino en la oportunidad que los individuos vislumbran en función de su propio beneficio cuando entran en política.

Renuncia. Como se ve, en este sentido, “posverdad” significa renuncia a los ideales que generaron una afiliación partidista y a la pretendida objetividad del análisis realizado por el grupo. Por eso, no es extraño que los partidos actuales sean cada vez más plurales, ya que esa pluralidad pretende ser un remedio a la diversidad que engendran los intereses individuales. Pero como hemos podido ver en los últimos tiempos, la pretendida discusión democrática y ética fácilmente se derrumba. Acusaciones van y vienen de parte de los que una vez se presentaban como aliados: una manifestación más de la hipocresía.

Este fenómeno llega a muchas más esferas, como la religiosa. Discursos que no corresponden a la propia forma de vida, apariencias más que contenidos, sentimientos más que pensamiento crítico, poder más que servicio y muchas otras cosas más.

Esto nos indica que la dimensión de lo sagrado está perdiendo su dimensión colectiva, para concentrarse en la definición individual de lo que se supone religioso. Se cree en Jesús, pero también en la magia; se participa indistintamente en varias denominaciones a la vez, afirmando que hace bien al alma; se habla de energías que controlan el cosmos, la mente y el espíritu, y se olvida que el Cristo es un hombre crucificado, victimizado por el poder político-religioso, inserto en una realidad muy concreta.

En ciertos círculos, algunos se declaran firmes combatientes de lo religioso, cualquiera sea su forma, mientras que son practicantes en una determinada fe; o bien, se confiesa una fe, pero no se participa en su culto.

Masificación. Las máscaras de la hipocresía llegan a las redes sociales, a los medios de comunicación de masas, a los libros, a las canciones y a toda forma de comunicación humana. Se defiende la anarquía con respecto a la ley cuando esta se convierte en un obstáculo, pero se defiende la necesidad de ser más punitivos cuando es conveniente.

Es increíble cómo en una conversación ordinaria los interlocutores se cambian de máscaras y usan diversidad de discursos, tantas veces contradictorios entre sí, con la total naturalidad y con el asentimiento del otro que, impasible, hace lo mismo. En otras palabras, la normalidad es ser hipócrita.

¿Qué hacer en esta época de la hipocresía de la “posverdad”? No tengo idea, solo se me ocurren dos cosas. La primera, tratar de no caer en esa trampa, buscando estar atento a mí mismo y, por consiguiente, tratando de que el propio discurso se funde en razones o en sentimientos claramente diferenciados, para no fragmentarme internamente.

Es cierto, no solo actuamos por razones, sino que las motivaciones pueden ser múltiples. Pero diferenciarlas es esencial para mantener la cordura. Y, la segunda, seguir creyendo que hay personas que desean ser auténticas y coherentes consigo mismas. No podemos vivir en la desconfianza total hacia el otro, porque enloqueceremos con el delirio del control, hay que tratar de construir cohesión social desde las diferencias.

¿Hay esperanza en estas consideraciones? Muchos lo dudarían, otros dirían que resultan irrelevantes para el problema político. La verdad es que siempre ha sido un misterio cómo pequeñas resistencias culturales terminan por transformar sociedades enteras.

No dejarse obnubilar por el caos, es la única forma que tenemos para poder observar el bien que se teje humildemente a nuestro alrededor.

Podemos ser autodestructivos, pero también tenemos la capacidad de crear nuevas cosas: prefiero creer más en lo segundo que en lo primero.

El autor es franciscano conventual.