Dios dotó al hombre de poderes especiales para que pudiera someter al resto de sus criaturas

 26 agosto, 2016

El libro del Génesis deja constancia escrita (y téngase presente: scripta manent ) del importantísimo rol asignado al ser humano en la creación. Algo así como el de ser su rey. Conozcámoslo directamente de la fuente. Dijo Dios: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra (…). Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla: mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra” (Gn 1: 26, 28).

La primera pregunta que surge de lo anterior es relativa al uso del plural “hagamos”. ¿Con quién hablaba Dios cuando creó el género humano? Dicen los que estas cosas analizan y comprenden, que lo hacía con su corte celestial de ángeles, creados días antes. La segunda pregunta es si somos iguales a Dios. La respuesta es “no”; solo somos semejantes a Él.

Si al hombre y a la mujer se les dio el poder de someter a todo animal que serpea sobre la tierra, una pregunta interesante (con vista en Río 2016) es: ¿se observaría ese dominio en una peculiar olimpiada, “inclusiva” en que compitan seres humanos y otros animales?

Superioridad. Pareciera que no. La realidad es que ¡pobre Claudia!, ¡pobre Tarzán!, pues –a pesar de que los tiempos récords olímpicos han venido bajando con los años– un pez espada hoy les ganaría en una competencia de natación de cien y más metros.

En carreras de 100, 200 y 400 metros planos, hasta Rocinante habría superado con facilidad a Jesse Owens, quien destacó en las Olimpiadas de 1936 en el Berlin nazi, y a Usain Bolt, quien lo ha hecho recientemente. Una gacela ni qué decir.

También una pareja de delfines ganaría a cualesquiera atletas chinas, rusas o gringas en nado sincronizado; y los albatros, en clavados. Chita la mona sería la ganadora en las barras; y un gorila (que puede soportar una carga de 800 kg) barrería en levantamiento de pesas.

¿Salto a lo alto? Un grillo, que en confianza llamaríamos Pepito, nos superaría; aunque el récord sería del puma. Aun sin tomar impulso, el canguro se luciría con un salto a lo largo de casi 13 metros. ¿Habrá hombre o mujer que le gane a un oso polar en lucha grecorromana?

Es casi un hecho, reconocen los entendidos, que un caballo podría derrotar al mejor atleta humano en una competencia que consista en nadar una milla e inmediatamente correr 15 millas. En distancias más cortas, en esta combinación, también una osa podría arrebatar la medalla al más gallo de los humanos.

Especiales poderes. Pero, no nos demos por vencidos. En una maratón (carrera de 42 km o, más concretamente, 42,195 metros) no es claro que un caballo, que en distancias largas tiende a ser dominado por el cansancio, le gane a un maratonista humano, que sabe “administrar el oxígeno”.

Y, definitivamente, en triatlón, pentatlón y actividades que involucren más pruebas deportivas para un mismo atleta, en la peculiar competencia que nos ocupa las medallas serían para el Homo sapiens.

A mí y a muchos coetáneos lo anterior nos llena de alegría, porque en una prueba que incluya 50 metros natación, 200 ciclismo, 75 carrera en pista, lanzamiento del disco y de la jabalina, de seguro le ganaríamos al rey de la selva, al águila que alto vuela por los cielos y a todos los demás compañeros de creación no humanos.

Y, a algunos otros, ello también les llena de admiración, porque es muestra de que Dios, gratuitamente, el sexto día de la creación dotó al ser humano de especiales poderes (inteligencia, ingenio, memoria, etc.) lo suficientemente grandes como para que fuera capaz de someter al resto de sus criaturas. De nosotros depende que los utilicemos bien.

Por ello, lo que menos podemos hacer es estar permanentemente agradecidos.

El autor es economista.