20 abril, 2015

Hace unos 25 años, don Víctor Ramírez Zamora, comentarista de estas páginas, señaló que era difícil entender por qué el día de las elecciones circulaban decenas de buses vacíos. La única idea que se le ocurría, según comentó, lo hacía dudar por su simpleza. La posible respuesta era que los que organizan, dirigen y costean las campañas políticas nunca subían a esos buses para transportarse, de modo que contrataban un servicio por costumbre y no evaluaban qué impacto tenía esa inversión en el objetivo de llevar votantes a las urnas.

En esa línea de pensamiento, cuando usted llama por teléfono a una entidad pública, cuando se ve sometido a cumplir con el trámite de ingreso a alguna de ellas o cuando hace una fila en un banco, no entiende cómo fallas de calidad de servicio tan evidentes no son analizadas ni corregidas por los responsables de esas entidades. De nuevo, la respuesta es simple: los jerarcas entran por otras puertas, nunca llaman por la central telefónica y jamás hacen fila, de modo que en su foco tales problemas no existen.

Hasta aquí lo dicho no pasaría de ser anecdótico, si no fuera por la inevitable pregunta que se asoma: ¿Cuántas otras áreas, de mayor relevancia e impacto, están sometidas a esa lógica? La respuesta supone determinar cuáles características tiene la aproximación que cada responsable político hace a la realidad del sector o entidad que le compete, qué información recoge, con qué frecuencia la produce y cómo trabaja con esa información.

Hablemos de inversión pública en obras: ¿Cómo se monitorea el avance en las distintas fases, formulación de cartel, diagnóstico del mercado, llamado a concurso, análisis y adjudicación, firmeza y contrato, orden de inicio, ejecución, supervisión, recepción y finiquito? ¿Cada cuánto tiempo se actualiza el proyecto? ¿Cómo se introducen los correctivos y cuán oportuna es la reacción? ¿Quién mira con visión integradora la totalidad de las partes que interactúan?

En obra pública es de particular importancia, según se reconoce por los principales actores involucrados, la fase de contratación, pues reiteradamente se ha señalado que tiene lagunas y retrasos intolerables. Pues bien, existen toneladas de información sobre el asunto, pero ¿qué se hace con dicha información?, ¿qué modificaciones estratégicas están en curso?

No quisiera pensar que enfrentamos una especie de abdicación colectiva en ciertas áreas de las que siempre se habla, pero, por razones imposibles de entender, como la de los buses vacíos, nunca cambian.

La gerencia pública es un proceso que requiere una sólida base técnica y tecnológica y ciertos ingredientes más bien híbridos; tiene un poco de arte, otro poco de psicología, algo de política y un tanto de estrategia militar, particularmente en lo que se refiere al control de operaciones. Sin embargo, el aspecto principal es lo que Peter Drucker llamó integridad intelectual, que consiste en ver la realidad como es y no como uno quiere que sea. El primer requisito para ver la realidad tal como es consiste en producir información de manera sistemática y gerenciar con base en una lectura crítica de esa información.

Si en Costa Rica no cambiamos nuestra forma de hacer gerencia pública seguiremos viendo buses vacíos desfilar.

El autor es especialista en Gerencia Pública y Procurement.

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