4 junio, 2014

PARÍS – ¿Cómo debería reaccionar Europa ante la reafirmación por parte de Rusia de su tradición imperial y los engañosos métodos y reflejos del pasado soviético? ¿Debería conceder prioridad al “valor de la geografía” o a la “geografía de los valores”?

Quienes optan por lo primero lo hacen en nombre del “realismo energético” a corto plazo, al sostener que reviste importancia decisiva alcanzar un acuerdo con Rusia, porque Europa carece del gas y del petróleo de esquisto de los Estados Unidos (EE. UU.). Según ese razonamiento, este último país puede vivir sin Rusia, pero Europa no.

Además, para los realistas, el comportamiento desafiante de los Estados Unidos con sus aliados más antiguos y más fieles, reflejado en los recientes escándalos de vigilancia en los que ha estado implicada la Agencia Nacional de Seguridad, ha desacreditado la idea misma de una “comunidad de valores”. Si los Estados Unidos han dejado de respetar los valores que profesan, ¿por qué habría la Unión Europea (UE) de perder la buena voluntad del Kremlin en nombre de su observancia?

Semejantes realistas afirman también que, al alinear las posiciones de la UE con las de la OTAN, Europa ha optado imprudentemente por humillar a Rusia, actitud inútil y peligrosa. Ha llegado la hora –dicen– de aplicar una política que concilie el sentido común histórico y geográfico con la necesidad de energía. El futuro de Europa está inexorablemente vinculado con el de Rusia, mientras que los Estados Unidos han dado la espalda a Europa, por desinterés, si no desilusión. La conmemoración de un pasado glorioso –el 70 aniversario del Día D– no puede ocultar el presente menguante: aunque Europa intente diversificar sus recursos energéticos, no puede prescindir de Rusia en el futuro previsible.

¿Por qué –dicen los realistas– se debe morir por unos ucranianos que son aún más corruptos y mucho menos civilizados que los propios rusos? Ucrania ha tenido su oportunidad como Estado independiente y ha fracasado, víctima de la venalidad de sus minorías políticas dirigentes. Ha llegado la hora de cerrar ese triste paréntesis.

Esa opinión no es teórica. Se ve en formas diversas en toda la UE, en la derecha y la izquierda, y en personas de todas las creencias. La percepción de la decadencia relativa de los EE. UU. y la profunda pérdida de confianza de la UE en sus valores y modelos parecen legitimar una posición basada, en muchos casos, en los restos de un antiguo antiamericanismo.

La otra vía, que insiste en la geografía de los valores por encima del valor de la geografía, fue la elegida por los padres fundadores del proyecto europeo y la OTAN. Según esa opinión, si no se reconocen los designios imperiales de Putin, aumentará el riesgo de que Europa sea presa de una forma de dependencia no benévola.

Para Europa, prestar atención al canto de sirena del Este –una melodía de complementariedad entre el poder estratégico de Rusia y el poder económico de la UE– sería como pagar a la mafia para recibir protección de ella. ¿Cómo podría un club de democracias ser enteramente dependiente para su seguridad de una potencia autoritaria que desprecia a las claras sus “débiles” sistemas políticos?

No es coincidencia que esa actitud rusa de oposición a la democracia, a los inmigrantes y a la homosexualidad encuentre apoyo en los partidos más conservadores, extremistas y nacionalistas de la UE. En cambio, la fuerza y el atractivo del modelo de la UE depende de su carácter democrático. Los europeos que han dejado de soñar con Europa, que dan por sentadas la paz, la reconciliación y, sobre todo, la libertad, no se dan cuenta de lo que está en juego.

Adoptar una “ raison d’état energética” que deje a Europa dependiente de Rusia respecto de una tercera parte de sus recursos energéticos sería suicida. Existen opciones sustitutivas. Europa puede decir “no” al Kremlin y a Gazprom: basta con que tenga la voluntad necesaria para hacerlo.

La única política posible que puede ser a un tiempo realista y digna consiste en una combinación de firmeza y resolución para poner límites a la Rusia de Putin. Precisamente porque los Estados Unidos ya no son lo que eran (pues hicieron demasiado durante la presidencia de George W. Bush y demasiado poco durante la de Barack Obama) es por lo que la alianza de Europa basada en los valores es más indispensable que nunca.

Esos valores son los que propiciaron la caída del Muro de Berlín y motivaron a los manifestantes en Kiev a afrontar el brutal invierno ucraniano al aire libre en Maidan. De Asia a África, los pueblos parecen tener una mejor comprensión que los europeos de la importancia de los valores europeos. Basta con oírlos elogiar al continente de la paz, de la reconciliación e, incluso, de la igualdad relativa (en comparación con los EE. UU.).

Para la UE, la opción nunca ha estado más clara. Para sobrevivir y prosperar, debe poner la geografía de los valores por encima de todo.

Dominique Moisi, profesor del Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences Po), es asesor superior del Instituto Francés de Relaciones Internacionales (IFRI). Actualmente es profesor visitante en el King’s College de Londres. © Project Syndicate.

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