7 octubre, 2015

La fuente de la juventud, símbolo de la inmortalidad, es un legendario manantial que supuestamente cura y devuelve la lozanía a quien beba de sus aguas o se bañe en ellas.

Versiones escritas aparecen en la mitología clásica y medieval de muchas culturas. Una primera leyenda, narrada por Heródoto, habla de una fuente subterránea en algún lugar de Etiopía. Los antiguos griegos creían que los etíopes y, en general los habitantes de África central, eran muy longevos gracias a las bondades del agua de la fuente.

Otras narraciones que incrementaron la leyenda son las novelas de Alejandro Magno, en donde se hablaba de una fuente de agua que prolongaba la vida y, en las otras interpretaciones orientales de estos textos en algunas regiones del Caúcaso, se denominaba “agua de vida”.

Otra versión árabe de los escritos de Alejandro fueron muy populares en España y amplificada por los conquistadores que viajaron a América, en donde historias similares de aguas milagrosas fueron extendidas por los indígenas del Caribe, alimentando el mito durante la colonización.

En este contexto, las tribus nativas hablaban de los poderes curativos de las aguas de la mística isla de Bimini, lugar de riqueza y prosperidad situado en lo que hoy es las Bahamas.

Por otro lado, el explorador Juan Ponce de León escuchó la historia entre los nativos de Puerto Rico y en 1513 emprendió una expedición, sin éxito, para buscar la fuente de la juventud, en lo que ahora se conoce como el estado de Florida.

Zonas azules. Actualmente, la fuente milagrosa perdura como una metáfora de cualquier cosa que potencialmente incremente la longevidad. No obstante, la realidad es que desde tiempos de Hipócrates (450 a.C), se conocía que dependiendo de las características fisicoquímicas de las aguas de consumo, así era la salud de los “pobladores” y se especificaba directamente a los contenidos de dureza; es decir, a la presencia de sales de carbonato de calcio (CaCo3) y carbonato de magnesio (MgCo3) en el agua.

En el contexto mundial en los últimos años, el investigador Dan Buettner de la National Geographic, ha identificado cinco lugares del planeta, denominados “zonas azules”, en donde sus habitantes se caracterizan por ser muy longevos (más de 100 años), pero con mucha vitalidad y felicidad.

Dichas zonas son Cerdeña (Italia), la isla de Okinagua (Japón), Loma Linda (California), Icaria en la isla de Grecia y la península de Nicoya (Costa Rica).

De acuerdo con los estudios, los principales factores que favorecen la longevidad en estos cinco lugares son la filosofía de vida de los ciudadanos, que viven como poco estrés, ejercicio natural en sus labores, aspectos genéticos y el consumo de minerales en la dieta, mediante la ingestión de vegetales y aguas con mediano o alto contenido de dureza (CaCo3 y MgCo3), incluso el consumo de tortillas, sobre todo en el caso de nuestra península de Nicoya.

Fundamentado en esto, en el Laboratorio Nacional de Aguas hicimos el estudio titulado “Diferencias de dureza del agua y las tasas de longevidad en la península de Nicoya y otros distritos de Guanacaste”, con al menos 3.000 muestras de 425 acueductos ubicados en los 59 distritos de la provincia, lo cual demostró una fuerte asociación estadística entre el consumo de aguas duras y la “zona azul” (29 distritos) y la longevidad de los pobladores, con respecto a los 30 distritos de control, del resto de Guanacaste.

Esto aunado a que las cinco “zonas azules” del mundo consumen aguas entre moderadamente duras y duras, lo que comprueba el vínculo estrecho entre el líquido y la calidad de vida en nuestro planeta.

El relato quizás nos ayude a entender que lo importante es caracterizar y proteger nuestras fuentes de agua, en lugar de buscar en otros lugares la fuente de la juventud.

Darner Mora es salubrista público.