12 septiembre, 2014

CAMBRIDGE – ¿Hemos llegado al fin de la época de los altos índices inflacionarios? Hoy en día, cuando el mundo crece con lentitud, los niveles de deuda son elevados y existen tremendas presiones distributivas, es importante saber si la inflación se ha acabado o está meramente latente. Es cierto que las importantes mejoras institucionales a los bancos centrales han creado enormes barreras a que la inflación alcance niveles altos. Pero, en último término, parte importante de la credibilidad de un banco central deriva del contexto macroeconómico más amplio en el que se enmarca.

En la primera mitad de la década de los 90, el promedio de inflación anual era de un 40% en África, un 230% en América Latina y un 360% en las economías en transición de Europa del Este. Y, a principios de los 80, el promedio en las economías desarrolladas era de cerca de un 10%. Hoy, la alta inflación parece tan remota que muchos analistas la ven poco más que como una curiosidad teórica.

Se equivocan. No importa de qué maneras los bancos centrales pueden querer presentar la tasa de inflación como una mera decisión tecnocrática: en última instancia, es una elección social. Y algunas de las presiones que ayudaron a contener la inflación durante las últimas dos décadas están desapareciendo.

En los años anteriores a la crisis financiera, el aumento de la globalización y los avances tecnológicos facilitaron mucho a los bancos centrales la tarea de generar un crecimiento sólido con baja inflación. No era ese el caso en los años 70, cuando el estancamiento de la productividad y el aumento de los precios de las materias primas convirtieron a los directivos de los bancos centrales en chivos expiatorios en lugar de héroes.

Es cierto que, en ese entonces, las autoridades monetarias se guiaban por antiguos modelos macroeconómicos keynesianos que alentaban la ilusión de que la política monetaria podía impulsar indefinidamente una economía con poca inflación y bajas tasas de interés. Los banqueros centrales de hoy en día ya no son tan ingenuos y el público está mejor informado, pero la tasa de inflación a largo plazo de un país sigue siendo el resultado de decisiones políticas, no tecnocráticas. A medida que se va haciendo más difícil optar, aumenta el riesgo para la estabilidad de los precios.

Si echamos un vistazo somero a los mercados emergentes, veremos que la inflación está lejos de ser un fenómeno acabado. Según el informe Perspectivas de la Economía Mundial, de abril del 2014, publicado por el Fondo Monetario Internacional, en el 2013 la inflación llegó al 6,2% en Brasil, 6,4% en Indonesia, 6,6% en Vietnam, 6,8% en Rusia, 7,5% en Turquía, 8,5% en Nigeria, 9,5% en la India, 10,6% en Argentina y la friolera de 40,7% en Venezuela. Puede ser que signifiquen una gran mejora, si se comparan con los niveles de principios de los años 90, pero ciertamente no constituyen pruebas de la desaparición de la inflación.

Es verdad que las economías avanzadas se encuentran hoy en una posición muy diferente, pero no se puede decir que sean inmunes. Muchos de los mismos expertos que nunca imaginaron que estas pudieran acabar sufriendo grandes crisis financieras, ahora se manifiestan seguros de que nunca van a padecer crisis inflacionarias.

Más importante es poder definir con precisión el punto donde trazar la línea entre las economías avanzadas y los mercados emergentes. Por ejemplo, la zona del euro es una mancha difusa. Imaginemos que no existe el euro y los países del sur han conservado sus propias monedas: la lira italiana, la peseta española, el dracma griego y así sucesivamente. ¿El perfil inflacionario de estos países se asemejaría más al de Estados Unidos y Alemania, o al de Brasil y Turquía?

Lo más probable es que sea un punto intermedio. La periferia europea se habría beneficiado de los mismos avances institucionales en la banca central que todos los demás, pero no hay ninguna razón en particular para suponer que sus estructuras políticas hubieran podido evolucionar de una manera radicalmente diferente. Los países del sur adoptaron el euro precisamente porque el compromiso de los países del norte con la estabilidad de los precios les dio una moneda con una enorme credibilidad antiinflacionaria.

Al final resultó que el euro no salió tan gratis como parecía. Lo que se ganó en credibilidad en cuanto a inflación tuvo como contrapeso una menor credibilidad en cuanto a su deuda. Si los países de la periferia de Europa tuvieran sus propias monedas, es probable que los problemas de deuda acabarían reflejándose en una elevada inflación.

No estoy diciendo que la inflación volverá pronto a economías seguras como EE. UU. o Japón. Aunque los mercados laborales de Estados Unidos se están reduciendo y el nuevo presidente de la FED ha subrayado enfáticamente la importancia de lograr el máximo en los niveles de empleo, todavía hay pocos riesgos de que se produzca una alta inflación en el futuro cercano.

Aun así, a largo plazo no hay garantía de que un banco central dado sea capaz de mantener su posición en caso de perturbaciones adversas, como el que persista la lentitud del crecimiento de la productividad, sigan los altos niveles de deuda y se mantenga la presión para reducir la desigualdad a través de las transferencias de fondos estatales. El riesgo sería especialmente alto en el caso de otros acontecimientos adversos de peso, como, por ejemplo, un aumento generalizado de las tasas de interés reales globales.

Reconocer que la inflación es un factor latente revela en toda su superficialidad la afirmación común de que cualquier país con un tipo de cambio flexible no tiene nada que temer de tener altos niveles de deuda, siempre y cuando esta se emita en su propia moneda. Imaginemos una vez más que Italia tiene su propia moneda en lugar del euro. Ciertamente, el país tendría mucho menos que temer de una abrupta estampida bancaria sobre su deuda. Sin embargo, dados los enormes problemas de gobernabilidad a los que todavía se enfrenta el país, hay muchas posibilidades de que su tasa de inflación acabaría pareciéndose más a la de Brasil o Turquía, y que los problemas de deuda se reflejarían en una aceleración del aumento de los precios.

La banca central moderna ha hecho maravillas para reducir la inflación. Sin embargo, en última instancia, las políticas antiinflacionarias solo pueden funcionar en el contexto de un marco macroeconómico y político comprometido con la estabilidad de los precios. Puede ser que la inflación se encuentre en estado latente, pero ciertamente no ha muerto.

Kenneth Rogoff, ex economista en jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI), es profesor de Economía y Políticas Públicas en la Universidad de Harvard. © Project Syndicate.

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