2 marzo, 2015

GINEBRA – El mundo debe dejar de mirar atrás. Desde la crisis financiera del 2008, hemos desperdiciado demasiada energía intentando volver a la época de la rápida expansión económica. La errada suposición de que los problemas del mundo posteriores a la crisis eran solo temporales ha sustentado políticas que solo han producido recuperaciones deslucidas, sin abordar problemas fundamentales como el elevado desempleo y la desigualdad en aumento.

La época posterior a la crisis se ha acabado y ya tenemos aquí el “mundo posterior a la época posterior a la crisis”. Ha llegado la hora de adoptar un nuevo marco de soluciones realistas que fomenten una prosperidad compartida dentro de la economía mundial de ahora y del futuro.

En esta nueva era, el crecimiento económico se dará más lentamente –pero de forma potencialmente más sostenible– que antes de la crisis, y el cambio tecnológico será su fuerza motriz. De hecho, así como la Revolución industrial transformó el potencial productivo de las sociedades en los siglos XIX y XX, una nueva ola de avances tecnológicos está remodelando la dinámica económica e, incluso, social actual. La diferencia radica en que las repercusiones de esta revolución serán aún mayores.

Un rasgo destacado de dicha revolución es la magnitud y la escala de las alteraciones que causa. La Revolución industrial se produjo de forma relativamente lenta, como las olas largas en el océano, y, aunque comenzó en el decenio de 1780, no se sintieron de verdad sus repercusiones hasta los decenios de 1830 y 1840. En cambio, la revolución tecnológica actual afecta a las economías como un maremoto, sin apenas avisar y con una fuerza inexorable.

El ritmo del cambio se ha acelerado por el carácter interconectado del mundo actual. El progreso tecnológico se está produciendo dentro de un ecosistema complejo y profundamente integrado, lo cual significa que afecta simultáneamente a las estructuras económicas, los Gobiernos, las disposiciones de seguridad y la vida diaria de las personas.

Para preparar un país, a fin de que coseche los beneficios de un cambio rápido y de gran alcance, las autoridades deben tener en cuenta la totalidad del ecosistema en el que está produciéndose, velando por que el Estado, las empresas y la sociedad se ajusten a cada una de las trasformaciones. Dicho de otro modo, para competir en la economía del siglo XXI, hará falta una adaptación implacable.

Nada quedará fuera. Habrá que replantear todos los usos y las normas. Todos los sectores económicos correrán el riesgo de quedar patas arriba. El servicio Uber que permite compartir coches, por ejemplo, no solo ha cambiado cómo se trasladan las personas de un lado a otro; también parece estar encabezando una revolución a escala minorista, en la que los bienes y los servicios quedan “uberizados”: los clientes pagan por usarlos, no para poseerlos.

Entre tanto, la industria manufacturera quedará trasformada igualmente por la tecnología de las impresoras 3D. Las cadenas de suministro quedarán eliminadas o remodeladas, como ha descrito recientemente el director gerente de una importante manufactura de aluminio. Sabe que, para tener éxito, las empresas deberán prever esas tendencias y reaccionar ante ellas. El fenómeno del pez grande que se come al chico es cosa del pasado. En el mundo posterior a la época posterior a la crisis, los peces rápidos dominarán y los lentos morirán.

Pero la revolución tecnológica actual no está solo remodelando lo que producimos y cómo lo hacemos, también está remodelando, fundamentalmente, lo que somos: nuestros hábitos, intereses y concepciones del mundo.

Pensemos en la enorme diferencia existente entre las formas en que los jóvenes y las generaciones mayores interpretan la intimidad en la era de la red Internet. También está alargando la duración de nuestra vida, pues uno de cada dos niños nacidos ahora en Suiza tiene una esperanza de vida de más de 100 años.

En conjunto, las repercusiones del progreso tecnológico serán positivas, lo cual no quita para que represente una amenaza en gran escala.

Por ejemplo, la automatización de los empleos impelerá en última instancia a más personas hacia los empleos más productivos y mejor pagados, los más idóneos para la nueva era del “talentismo”, cuando la imaginación y la innovación humanas, no el capital ni los recursos naturales, impulsan el crecimiento económico, pero, si los trabajadores no adquieren las aptitudes para ocupar esos nuevos puestos, se quedarán rezagados.

El Estado, más que ningún otro sector, puede modelar las repercusiones del cambio tecnológico, velando por que se aborden los imperativos y se aprovechen las oportunidades. De hecho, debería estar en la vanguardia de semejante cambio, creando un medio que fomente la innovación y la creatividad del sector privado, sin por ello dejar de velar por que los ciudadanos estén equipados para competir.

Naturalmente, los Gobiernos no pueden estar siempre en posición avanzada. También tendrán que reaccionar ante las nuevas necesidades y exigencias, como, por ejemplo, la de que los servicios públicos alcancen el mismo nivel de eficiencia y comodidad en materia de tecnología avanzada que los ofrecidos por las empresas privadas.

El cambio puede ser aterrador, pero es inevitable, y, en realidad, es un importante venero de oportunidades para mejorar nuestros sistemas, nuestras estrategias y a nosotros mismos. La última ola de cambio tecnológico dista de haber llegado a su cresta.

Deberíamos estar ilusionados –y esperanzados– por el listón que podría hacernos saltar.

Klaus Schwab es el fundador y presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial. © Project Syndicate.

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