El que los asegurados soporten parte de las pérdidas fomentará la seguridad vial

 11 mayo, 2016

Los seguros comerciales tienen como base la teoría económica de la aversión al riesgo, que explica por qué son demandados, y la teoría estadística de la diversificación, que muestra en qué condiciones pueden ser ofrecidos.

En obras magnas de los genios de la literatura universal Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare, quienes fallecieron hace cuatrocientos años (el 22 y el 23 de abril de 1616, respectivamente), se encuentran citas en este sentido.

“Más vale un toma que dos te daré”, dice a don Quijote un desconfiado Sancho ( Don Quijote de la Mancha, segunda parte, cap. VII). En El mercader de Venecia (acto primero, escena primera), los temerosos Salerio y Solanio preguntan a Antonio (el mercader de Venecia) si él no sufre permanentemente al pensar en todo lo que puede ocurrir en el mar a su nave y mercancías.

“Créeme, señor, si yo tuviese confiada tanta parte de mi fortuna al mar, nunca se alejaría de él mi pensamiento”, decía el segundo. Esta es la respuesta que de Antonio obtienen: “No, porque, gracias a Dios, no va en esa nave toda mi fortuna, ni depende mi esperanza de un solo puerto, ni mi hacienda de mi fortuna de este año. No nace del peligro de mis mercaderías mi cuidado”.

La diversificación por exposiciones, por geografía y en el tiempo, como señaló Antonio, explica por qué un asegurador puede asumir muchos riesgos individuales, juntarlos en una cartera y atomizarlos de modo que el riesgo total a su cargo resulte nulo. De esta forma, podrá cobrar primas de protección con las que nunca perderá.

Actuación responsable. El seguro es un artificio para trasladar posibilidades de consumo en el tiempo. Con el pago de una pequeña suma cierta, llamada prima, el asegurado obtiene protección contra pérdidas potencialmente elevadas. Pero para que el seguro desempeñe una función socialmente deseable, él debe operar solamente contra los efectos de la mala suerte, no los de las malas prácticas.

De operar sobre lo segundo atizaría el “riesgo moral”, que es indeseado. Prácticamente todas las cláusulas que incorporan los contratos-pólizas tratan de evitar que el asegurado pierda interés en la prevención de las pérdidas objeto del seguro y de que actúe con el mismo cuidado que lo haría de no tenerlo.

La cláusula del deducible (que indica el monto de pérdida fijo a cargo del asegurado) tiene como función evitar que pérdidas pequeñas, que deberían ser incluidas en el presupuesto ordinario del asegurado, tengan que ser cubiertas por la compañía aseguradora.

En seguros de alta frecuencia de siniestros, como los de colisión de autos, el costo administrativo que tendría que cubrir cualquier pérdida, por pequeña que fuera, haría prohibitiva la prima. Pero, además, el hacer que el asegurado tenga que soportar parte de las pérdidas tiene la enorme función de obligarlo a actuar de manera responsable.

Tan importante (y a veces más) es en los seguros comerciales distribuir las pérdidas individuales entre un colectivo grande de asegurados, como minimizar la ocurrencia de siniestros. La cláusula del deducible, entre otras (como la que estipula que la indemnización tiene por techo el valor real del objeto asegurado al momento del siniestro), juega esta función. También lo es la del coaseguro, que hace partícipe al asegurado de una proporción (por ej., un 10%) del costo financiero de todos los daños.

Sanas prácticas. Hace un tiempo, en Suecia, el seguro social logró, de un plumazo, “mejorar la salud pública”, cuando decretó que en lo sucesivo no cubriría los primeros tres salarios diarios atribuibles a enfermedad de los asegurados. Las enfermedades y padecimientos de los lunes luego de un importante partido de fútbol, entre otras, desparecieron ipso facto .

En Costa Rica, en principio, la noticia publicada en este medio sobre la eliminación de la práctica de emitir pólizas sin deducible en la línea de autos es bienvenida (“Aseguradoras dejan de vender pólizas sin deducibles para autos”, La Nación, 4/5/2016).

El que los asegurados, y los jóvenes hijos de ellos, entre otros los “picones”, tengan que soportar parte de las pérdidas que en mucho por su descuido ocurren, coadyuvará a aumentar la seguridad vial en nuestro país.

El autor es economista y escritor.