23 agosto, 2014

NUEVA YORK – Teléfonos inteligentes, transportes de alta velocidad, entretenimiento…: el capitalismo creó una larga lista de productos y servicios de alta calidad. Sin embargo, hay un área fundamental donde la búsqueda de lucro no parece haber sido tan eficaz: la educación.

En Estados Unidos, las universidades con fines de lucro tienen una tasa de graduación a seis años del 22%, muy por debajo del 60% que alcanzan las instituciones sin fines de lucro. Las primeras dedican el 23% de sus ingresos a la captación de nuevos estudiantes, contra apenas el 1% de las segundas. En los niveles primario y secundario, las escuelas autónomas con subsidio estatal gestionadas por empresas con fines de lucro tienen un 20% menos de probabilidades que las instituciones sin fines de lucro de alcanzar los niveles de competencia estándar, y las instituciones lucrativas más grandes se llevan algunos de los peores resultados. Ni siquiera las empresas que proveen libros de texto, software educativo, sistemas de gestión y préstamos estudiantiles logran alcanzar el nivel de excelencia obtenido en otros sectores.

La educación lucrativa no es un fenómeno exclusivo de Estados Unidos, sino que forma parte de una tendencia global. Están apareciendo universidades con fines de lucro dondequiera que haya una fuerte demanda de educación superior. En las áreas en desarrollo de Asia y América Latina, numerosos programas de capacitación en inglés a través de Internet y en el aula intentan cubrir la demanda existente, aunque tal vez sea demasiado pronto para juzgar su calidad.

Como fundador de varias empresas educativas con fines de lucro y asesor de muchas otras, he visto a gerentes e inversores (incluidos los míos propios) sucumbir a la tentación de poner las metas financieras por encima de los objetivos académicos. Esto no es sorprendente, ya que, para medir los resultados educativos, se necesitan años, mientras que las ganancias y las bonificaciones de los ejecutivos se calculan año a año.

Quiero creer que un sólido desempeño financiero no es incompatible con la excelencia educativa. Al fin y al cabo, las instituciones con fines de lucro pueden contratar personal de alta calidad, responder velozmente a los cambios y obtener rápidamente el capital necesario para crecer. Instituciones como American Public University System y Renaissance Learning, por ejemplo, han demostrado que aquello de “que te vaya bien haciendo bien” es posible. Una de mis propias empresas reunió capital, tecnología y personal para dar a estudiantes de todo el mundo acceso a los mejores programas de grado de Estados Unidos a través de Internet. Por desgracia, proyectos como estos son la excepción.

El sector educativo necesita hallar un equilibrio mejor entre la calidad y los resultados financieros. Catorce estados en los Estados Unidos ya han dado pasos en ese sentido, al autorizar el funcionamiento de las denominadas corporaciones benéficas (Bcorps), empresas que prometen basar sus decisiones estratégicas en otros criterios, además del valor para el accionista. Se espera que las B-corps busquen el beneficio público, además del resultado financiero, pero no pueden ser obligadas a ello, sino que lo hacen voluntariamente.

Una solución para transformar el sector de la educación lucrativa sería crear una variante de corporación benéfica a la que podríamos llamar “Ecorp”. Para ser catalogada como tal, una empresa educativa deberá ser transparente en relación con sus valores y sus resultados. Por ejemplo, las universidades propiedad de Ecorps deberían dar a los potenciales estudiantes información sobre la tasa de graduación, el nivel de endeudamiento promedio de los graduados y el salario inicial promedio de estudiantes con historiales académicos y objetivos educativos similares. Además, tal vez se les podría exigir que revelen de qué manera el costo de cada estudiante se divide entre la enseñanza, el marketing y la remuneración de los ejecutivos, y que publiquen sus ganancias antes de impuestos.

Los críticos objetarán que, mientras una empresa ofrezca un buen servicio, a nadie debería preocuparle cuánto gana. Tal vez sea cierto, pero ¿por qué no publicar esos datos y ver cuántos estudiantes se inscriben en una universidad después de conocer en detalle sus probabilidades de éxito y el uso que se dará a su dinero? Además, las Ecorps deberían analizar y publicar sus resultados (incluso los negativos), ya que esto las motivaría a mejorar el servicio. Aunque no es necesario que todas las ofertas educativas estén al alcance de todos, la información sobre la educación sí debería estarlo.

Tal vez muchas empresas harán estos cambios voluntariamente para servir mejor a sus estudiantes. Pero no debemos subestimar el poder del gasto público. Conforme los indicadores de las E-corps sean cada vez más fiables, se podría poner la condición de Ecorp como requisito para participar en programas públicos. En Estados Unidos, esto incluiría el acceso a programas muy solicitados, como los subsidios para educación primaria y secundaria (Título 1) y los préstamos estudiantiles subsidiados para educación superior (Título 4). Al fin y al cabo, ¿por qué deberían las empresas beneficiarse con el dinero de los contribuyentes, si no están dispuestas a poner la responsabilidad pública y la excelencia educativa al mismo nivel, al menos, que sus objetivos de rentabilidad?

Hasta las empresas más conscientes de su misión pueden caer en la tentación de sacrificar la calidad educativa en aras de una rentabilidad extraordinaria. La denominación E-corp aseguraría que los líderes educativos puedan atender, a un mismo tiempo, el resultado financiero y la búsqueda de excelencia.

John S. Katzman es fundador y director ejecutivo de Noodle, un sitio web de asesoramiento educativo, además de fundador de The Princeton Review y 2U. © Project Syndicate.

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