Irónicamente, la interdependencia de los bancos de la eurozona permitió salir a flote

 17 febrero

LONDRES – En el 2017, los líderes europeos se enfrentarán a una serie de severas pruebas, como tumultuosas elecciones con tintes de insurgencias populistas, complejas negociaciones sobre la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea (UE) y un nuevo presidente estadounidense que considera que la alianza transatlántica está “obsoleta”.

Pero, a pesar de estos desafíos, también tendrán la oportunidad de fortalecer su maltrecha unión y reforzar sus instituciones. En particular, deberían centrarse en restablecer la credibilidad del sector bancario, dotándolo de más capital y una mejor supervisión. Incluso si no avanzan en nada más, lograr este objetivo podría hacer que, después de todo, el 2017 sea un muy buen año.

Por largo tiempo, los bancos de Europa han sido el centro de la economía del continente. En Francia y Alemania, los activos bancarios ascienden a entre un 350 y un 400% del PIB, mientras que en los Estados Unidos equivalen a algo más del 100% del PIB. Tras la crisis financiera del 2008, los bancos más débiles de la eurozona cayeron rápidamente bajo el peso de sus préstamos malos, amenazando con arrastrar a sus respectivos gobiernos con ellos. Debido a la incertidumbre de la solvencia de muchos países, incluso los bancos fuertes quedaron atrapados en un “ciclo fatal de liquidaciones”, ya que en sus libros contables sufrieron pérdidas por la deuda soberana en crisis.

Irónicamente, la interdependencia de los bancos de la eurozona eventualmente permitió salir a flote. Debido a que los bancos irlandeses, portugueses y griegos debían dinero principalmente a bancos alemanes, franceses y holandeses, los golpes externos a los bancos y economías más débiles retumbaron inmediatamente en los más fuertes, lo que obligó a todas las partes interesadas a cooperar en una respuesta conjunta, a pesar de los costos políticos.

Si todos los bancos y economías europeos no hubieran estado en peligro, es difícil imaginar que los líderes europeos hubieran aceptado un respaldo de 1 billón de dólares para los mercados financieros.

Mientras tanto, el sistema de pagos integrados del Banco Central Europeo (BCE) permitió continuar las transferencias regulares entre bancos periféricos y centrales, que mantuvieron la actividad comercial y la financiación a lo largo de las peores partes de la crisis. El BCE también mantuvo su apoyo a la liquidez –si bien no siempre de manera generosa y fiable- y en última instancia se comprometió a intervenir para dar solución a las instituciones amenazadas, aliviando así las turbulencias del mercado. Mientras los líderes políticos se preocupaban por la legalidad de los préstamos interestatales, las instituciones europeas suavizaban el golpe del impacto global.

Los economistas tienden a estar de acuerdo en que una “unión monetaria óptima” requiere características tales como una alta movilidad laboral, supervisión fiscal en común y ciclos económicos sincronizados, ninguno de los cuales posee la eurozona. Pero como reveló la crisis financiera, los bancos y mercados financieros integrados también pueden ser una fuente esencial de capacidad de respuesta.

Contrariamente a muchas predicciones, la eurozona no estaba condenada inevitablemente a derrumbarse: más bien salió fortalecida por una respuesta que mejoró la supervisión, reforzó las instituciones y reunió los recursos. Es especialmente notable que los reguladores de la eurozona puedan ahora supervisar y, si es necesario, intervenir en nombre de los mayores bancos de la unión monetaria.

Por supuesto, la crisis, junto con la percepción de torpeza de las instituciones europeas, también ha provocado una reacción significativa entre los votantes, algunos de los cuales dudan de que la moneda común pueda dar prosperidad. De hecho, solo porque el euro sobrevivió a la última crisis no significa que vaya a sobrevivir a la próxima.

Y sin embargo, incluso en el actual clima político de hoy, los líderes europeos pueden avanzar si dejan de lado propuestas grandilocuentes y poco realistas de crear un ministro de Finanzas europeo o la realización de investigaciones más intrusivas sobre las políticas económicas de los países. En lugar de ello, deben concentrarse en reforzar las fuerzas inherentes a la moneda común, en particular formulando un plan creíble para limpiar los préstamos incobrables de los balances de los bancos italianos y portugueses. Idealmente, este plan incluiría recursos europeos, así como reformas locales, y abordaría las ineficiencias del régimen de insolvencia, para que los bancos no se vean agobiados por préstamos improductivos mientras esperan la aprobación de un tribunal para convertir sus garantías.

Para mejorar la confianza en el sistema global, los responsables de la formulación de políticas también deben establecer límites a la exposición de la deuda soberana de los bancos, lo que pondrá fin al “ciclo fatal de liquidaciones” y permitirá que lleguen más contribuciones al Fondo de Resolución Única (FRU) de la UE. Y, como medida de precaución, el BCE debería considerar la posibilidad de intervenir para reestructurar un par de bancos de tamaño medio, solo para demostrar que puede hacerlo.

Por último, los responsables políticos deberían fomentar una mayor integración del mercado de capitales, lo que reforzaría el euro, mejoraría la toma de riesgos transfronterizos, diversificaría las fuentes de financiación y ampliaría el acceso a fondos, lo que se volverá aún más importante después de que el Reino Unido haya abandonado el mercado único.

El clima político de hoy limita las posibilidades de realizar reformas estructurales, una acumulación fiscal y mejorar la movilidad laboral. Pero si los líderes europeos pueden fortalecer la unión bancaria, todavía hay esperanza para el futuro de la eurozona.

La eurozona ha pasado por un período de educación financiera. Los líderes políticos se vieron obligados por los mercados mundiales a adoptar medidas desagradables para reforzar la unión monetaria, solo para darse cuenta de que una de las características del problema –los bancos y la interdependencia del mercado– también apuntaba a una solución que probablemente impulse más reformas.

Tomar medidas para integrar la unión bancaria y los mercados de capitales europeos puede no ser suficiente para garantizar la supervivencia a largo plazo del euro, pero es necesario hacerlo. Y es la única opción realista en estos tiempos de turbulencias políticas.

Christopher Smart, es investigador sénior del Centro de Negocios Mossavar-Rahmani de la Escuela de Gobierno Kennedy de la Universidad de Harvard. Fue asistente especial del presidente Barack Obama sobre Comercio, Inversiones y Economía Internacional y Vicesecretario del Tesoro Estadounidense para Europa y Eurasia. © Project Syndicate 1995–2017