13 febrero, 2015

La sociedad costarricense se ha caracterizado, entre otras cosas, por valorar la educación y adoptar fácilmente las nuevas tecnologías. Un ejemplo de esto último ha sido la televisión, omnipresente hoy en los hogares.

Las familias intuyen que, en este siglo XXI, la alfabetización supera el aprender a leer y a escribir, y sus hijos son parte de una nueva ciudadanía digital, y desean que estén preparados para participar plenamente en esta nueva era.

Así, con el comienzo de las clases, las familias se preparan para que los hijos cuenten con los útiles necesarios para un nuevo año escolar, y las tecnologías se van volviendo parte de ese equipamiento.

Para la mayoría de los padres, la realidad virtual es un mundo separado de la realidad física, al que ellos entran, cada vez más, aunque aún con cierto recelo. Pero, para la llamada “generación Y”, no hay tal cosa como dos realidades, ellos funcionan en un espacio donde la realidad virtual es parte de la realidad física y viceversa. En lo virtual se comunican, interactúan, aprenden, juegan… están.

Milad Doueihi señala que, en esas dos realidades ya fundidas, hoy la principal brecha es la que divide a los “usuarios de los manipuladores”, o, desde otro ángulo, la distancia entre los consumidores y los productores.

Costa Rica introdujo las tecnologías digitales y la programación en las escuelas hace ya 27 años, precisamente para generar productores e innovadores, a fin de que el sujeto tuviera el control del objeto, y para estimular procesos cognitivos, el pensamiento lógico y la creatividad, capacidades que hoy son estratégicas para la incorporación plena de las personas a la sociedad del conocimiento. Porque, como bien entendió Seymour Papert hace ya más de cuatro décadas, el que programa tiene el control sobre la máquina.

Ventaja temprana. Esta ventaja temprana de Costa Rica no debe desaprovecharse por falta de decisiones oportunas. Es preciso mejorar el acceso a Internet de toda la sociedad y, en particular, de las escuelas, tanto en términos de cobertura como de calidad de esa conectividad. Aunque el tema se ha manejado como un asunto de infraestructura, es, cada vez más, un asunto de política pública, por las implicaciones que tiene el garantizar a las personas un acceso oportuno a una conectividad básica, y a un ancho de banda que permita adecuadamente tanto bajar contenidos como subirlos, lo que los tecnólogos llaman “simetría de la red”.

Actualmente, en la mayoría de nuestros países, el ancho de banda para bajar contenidos es varias veces mayor que el utilizado para subirlos, y en ambas direcciones la velocidad media es baja. Esta situación propicia, como bien lo apunta la Unesco, desigualdades en la capacidad de uso y, muy importante, de producción de contenidos entre países y entre ciudadanos.

Recientemente, la Federal Communications Comission de Estados Unidos definió como banda ancha velocidades mínimas de “bajada” de 25 Mbps, y de subida, de 3 Mbps, mientras que, en los países de Europa, los umbrales se aproximan a los 50 Mbps. Costa Rica ha definido como meta país un ancho de banda para el año 2018 de 2 Mbps de “bajada”.

Ciertamente, la temprana incorporación de las tecnologías en las escuelas y, más recientemente, la adopción de teléfonos inteligentes por parte de las familias están ayudando a cerrar la brecha digital “base”, es decir, la del acceso a la información y al mundo digital.

Pero hay otras brechas que tienen que ver con la distribución de los recursos en el territorio (incluyendo la infraestructura para la conectividad), que afectan la posibilidad de hacer un uso provechoso y emancipador de las tecnologías, generando una brecha por desigualdad en las capacidades de uso.

Inversiones importantes. Costa Rica ha hecho inversiones importantes en infraestructura que deben usarse para avanzar en el cierre de estas asimetrías tecnológicas, las cuales configuran nuevas expresiones de las dañinas asimetrías sociales que llevamos arrastrando por tantos años. Urge dar acciones inteligentes y articuladas desde las instituciones públicas, que aprovechen los recursos disponibles y complementen los esfuerzos de las familias y las escuelas.

La autora es directora ejecutiva, Fundación Omar Dengo.