30 junio, 2014

PRINCETON – “¿Hace falta que me arrodille?”. Eso fue lo que dijo la directora ejecutiva del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde, en una entrevista con Andrew Marr, de la BBC. Lagarde se estaba disculpando por los errores del FMI en sus previsiones del desempeño económico reciente del Reino Unido y, más seriamente, por sus anteriores críticas al programa de austeridad fiscal del gobierno del primer ministro David Cameron. Ahora que esas críticas se transformaron en apoyo, Lagarde afirmó que el programa de austeridad, al generar más confianza en el futuro de la economía del Reino Unido, fue un estímulo para la recuperación reciente.

El pedido de disculpas de Lagarde fue inusitado, valiente… y equivocado. Al pronunciarlo, el FMI renunció a un principio económico que goza de mayoritario apoyo en el ámbito académico: el “hada de la confianza” no existe. Cediendo ante la presión del Reino Unido, el Fondo daña el único activo real que tiene: su independencia.

El FMI ya cometió errores predictivos mucho más graves sin pedir disculpas por ellos: por ejemplo, no fue capaz de prever ninguna de las grandes crisis de la última generación, desde la de México en 1994 y 1995 hasta el casi derrumbe del sistema financiero internacional en el 2008. Nada en los pronósticos del FMI en los seis a 12 meses previos a cada crisis indicaba que fuera a ocurrir algo fuera de lo normal.

Hay quienes dicen que el Fondo aconseja a los países en privado, para no provocar con advertencias públicas la mismísima crisis que busca evitar. Pero el veterano historiador residente del FMI, James Boughton, halló poca evidencia a favor de esta tesis en los documentos internos del FMI (con la posible excepción de Tailandia en 1997). Y el dictamen de la Oficina de Evaluación Interna del FMI al analizar por qué el Fondo no advirtió el surgimiento de la crisis de las hipotecas de riesgo en los Estados Unidos es directamente más crítico.

En su carácter de guardián designado para velar por la estabilidad financiera mundial, la incapacidad del FMI para advertir y evitar estas crisis implica un error mucho más grave que su postura respecto del programa de austeridad británico, un error del que se derivan costos enormes para muchas personas y, especialmente, para las más vulnerables. El Fondo jamás pidió disculpas por estas equivocaciones, menos aún con la humildad de la reciente declaración de Lagarde.

El Fondo hace bien en reflexionar sobre sus errores. En un discurso pronunciado en septiembre del 2003 en Kuala Lumpur, quien era entonces director ejecutivo del Fondo, Horst Köhler, admitió que la aplicación temporal de controles de capitales puede ayudar a un país a mitigar los efectos del ingreso de capital volátil. Tal vez estuviera reconociendo el error cometido por el Fondo cuando criticó a Malasia por haber impuesto esos controles en el peor momento de la crisis asiática. De los países golpeados por la crisis, Malasia, que decidió no pedir ayuda al Fondo, salió al menos tan bien parada como otros que sí lo hicieron.

En aquel momento, la decisión malasia suscitó polémica; el Fondo se opuso, pero destacados economistas (entre ellos, Paul Krugman) avalaron la medida. Köhler declaró en su discurso que el Fondo había tomado nota de lo aprendido en aquella ocasión y lo usaría para sus recomendaciones futuras.

Sin embargo, en el contexto de la crisis actual, el consenso académico mayoritario señala que la austeridad fiscal provoca exactamente lo que dicen los manuales de economía: que, cuanto más severa es la austeridad, mayor es el freno al crecimiento. Hay numerosos estudios que lo confirman, entre ellos uno del economista principal del FMI, Olivier Blanchard; estos trabajos han pasado el examen de la comunidad científica y son claros en sus afirmaciones.

Las dos voces públicas que defienden las propiedades mágicas de la austeridad son organismos oficiales con sede en Europa: la OCDE y la Comisión Europea. La postura de la Comisión, en particular, obedece a su compromiso institucional con un punto de vista en materia fiscal que no admite contrastación con la evidencia.

Entre las economías del G7, Italia es la única a la que le fue peor que al Reino Unido desde el inicio de la Gran Recesión. De hecho, al Reino Unido le llevó todos estos años recuperar el PIB del 2008, y todavía está detrás de Francia.

Lo más notable del caso es que, en el Reino Unido, la crisis fue comparativamente suave. La caída de precios de las propiedades fue ligera en comparación con Irlanda y España, y, al no haber tenido un auge de la construcción, tampoco tuvo un derrumbe. Aunque al principio el Gobierno británico desoyó las señales de alarma del banco Northern Rock, al que tuvo que rescatar después de una corrida sobre sus depósitos en septiembre del 2007, luego actuó rápidamente para proteger a los bancos locales en problemas, a diferencia de sus homólogos de la eurozona. Por estas razones, el Reino Unido debería haber tenido una recuperación rápida, pero la frenaron las innecesarias medidas de austeridad del gobierno de Cameron.

El pedido de disculpas del FMI fue un error por dos motivos. El primero es que nunca es buena idea despreciar la evidencia académica, pero, sobre todo, en el caso de una institución que como el FMI depende de la credibilidad en su capacidad técnica y su neutralidad. Si las ideas económicas del Fondo son confusas, ¿con qué argumentos defenderá las políticas que recomienda?

Además, con sus elogios a las erradas políticas del Reino Unido, el Fondo confirma su afán de congraciarse con sus principales accionistas. Hace años que al FMI se lo considera un instrumento de la política exterior de Estados Unidos, y también es notoria su tolerancia en la evaluación anual de las políticas económicas del Reino Unido.

Pero, con lo último que hizo, el Fondo le asestó un golpe, acaso mortal, a su capacidad para decirle “la verdad al poder”. Tal vez sea inevitable, entonces, hacerse una pregunta básica: ¿por qué y para quiénes existe el FMI?

Ashoka Mody, exjefe de misión del Fondo Monetario Internacional para Alemania e Irlanda, es actualmente profesor visitante de Política Económica Internacional en la Escuela Woodrow Wilson de Asuntos Públicos e Internacionales de la Universidad de Princeton. © Project Syndicate.