20 abril, 2015

Recién había terminado mi discurso en la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), sobre las injusticias que la cooperación internacional comete contra los países de renta media (como el nuestro) y la importancia de invertir en desarrollo social y no en armas y ejércitos, cuando un curioso colega me hizo una pregunta. “Embajador, son ustedes afortunados al no tener que financiar fuerzas armadas, pero ¿qué hacen si otro país los agrede?”.

No era la primera vez que hablaba de este tema, ni que recibía esta consulta, por lo que no tardé en contestar: “Nosotros acudimos a la diplomacia y al derecho internacional, esas son nuestras armas”. “Interesante”, me replicó el colega africano, “deben de tener un excelente servicio exterior”.

Esta conversación me dejó pensando un largo rato. Un país desarmado como Costa Rica tiene en la diplomacia y en el conocimiento y la capacidad de aplicación del derecho internacional su primera y única línea de defensa; y, siendo así, nuestro servicio exterior debe ser excelente.

Esta conclusión, evidente para personas fuera de nuestras fronteras, parece no estar tan clara dentro de Costa Rica. Nuestra condición de país sin ejército obliga a que la Cancillería sea siempre un ministerio central para la estrategia política del Estado y a que el diseño y los objetivos de la policía exterior, y la selección del canciller, vicecancilleres y embajadores, sean escrupulosamente meditados. Lamentablemente, en este campo nos falta trabajo.

Para comenzar, es notoria la ausencia de interés en asuntos de política exterior cuando se desarrollan los debates políticos en el país. Ya sea en tiempo electoral o al analizar el proceder de un gobierno en marcha, la política internacional tiene poco o nulo espacio en los medios de comunicación; y, cuando se aborda, más que el análisis de la posición de nuestro país al respecto de un suceso importante, en la mayoría de los casos se limitan a describir el hecho, apoyándose en agencias de noticias internacionales.

La prensa de un país tan sensible al entorno externo como el nuestro debería tener siempre el “estetoscopio” puesto en el “corazón” de la política internacional y llevarle el pulso a diario, tanto para saber qué está pasando como para entender qué pensamos y cómo reaccionamos al respecto.

Si se nota un desdén por la política internacional, esto todavía es más claro con respecto al debate sobre el diseño y los objetivos de nuestra política exterior. Nuestro país es altamente dependiente de su entorno internacional y sus diplomáticos deben preocuparse por fortalecer tanto nuestras relaciones políticas como comerciales fuera de nuestras fronteras.

Costa Rica se defiende políticamente y crece económicamente al tener buenas relaciones con el mundo. La Cancillería debe ser el canal por medio del cual transiten, se transmitan y se dé coherencia a las iniciativas de los demás ministerios, en materia de política exterior.

Pocos recursos. Es preocupante la poca importancia y exposición pública que tienen los objetivos de política exterior de cada administración. Quizás por eso son cada vez más evidentes el choque o la confusión de competencias entre la Cancillería y Comex en temas de comercio exterior, y las constantes contradicciones internas de jerarcas de otros ramos y hasta diputados al desdecir con sus actos o discursos las posiciones de la Cancillería.

Más aún, institucionalmente, salvo contadas excepciones, la Cancillería no figura como uno de los ministerios más importantes para los gobiernos. Basta revisar el presupuesto de la república para darse cuenta de que no ocupa un lugar económicamente prioritario entre las instituciones del país.

Esto se refleja, por ejemplo, en el hecho de que salvo el caso de nuestras embajadas en EE. UU., México, España, Holanda, Nicaragua y Panamá, todas las demás son rentadas. Esto, a pesar de que con los dineros de los alquileres las restantes 54 sedes diplomáticas (entre embajadas, misiones y consulados oficiales) bien se podría financiar un crédito para comprar buena parte de ellas. Contar con sedes diplomáticas propias debería ser central para un país que urge estabilidad y enfoque en su política exterior.

No obstante, poco hacemos con comprar los edificios si carecemos de las personas idóneas para dirigir nuestra política exterior. Durante los cuatro años en que tuve el honor de servir como embajador de Costa Rica ante la Santa Sede, los Organismos de Naciones Unidas en Roma (FAO, FIDA y PMA) y la Soberana Orden de Malta, constaté de primera mano el profesionalismo y el talento humano con que cuenta la Cancillería. Este es, sin duda, su mayor activo.

No obstante, para un país que depende como el nuestro de su política exterior, urge más personal. Funcionarios de alto nivel, pero sobrecargados de trabajo (muchas veces una sola persona debe dar seguimiento a todo un continente), constantemente rotados de puestos y con incentivos poco atractivos para desempeñarse fuera del país, más que un inconveniente administrativo, constituyen un serio problema político para una nación que tiene en la diplomacia su única línea de defensa.

Desde luego que esto se magnifica en el caso de que quienes estén disconformes o no estén a la altura sean los embajadores. Comparto las palabras del canciller Manuel González cuando, ante la seguidilla de gazapos de tres embajadores recientemente destituidos, ha indicado que el problema no se resuelve nombrando solo embajadores de carrera.

Primero, no hay suficientes pero, más importante aún, es tan crucial la política exterior para Costa Rica que no parece razonable cercenarle al presidente de turno la potestad de escoger personas de su entera confianza para que dirijan embajadas estratégicas, siempre y cuando cuenten con un nivel de formación igual o superior a los de carrera.

La capacitación que ofrece la Cancillería, el concurso de los excelentes funcionarios de carrera que se desempeñan en cada embajada, una formación sólida en áreas afines y el sentido común, bien pueden subsanar alguna inexperiencia diplomática. En todo caso, la selección y ubicación de embajadores (sean de carrera o no) en un país tan sensible al entorno internacional como Costa Rica, tiene una relevancia mucho mayor de la que hasta la fecha le hemos dado.

Si queremos la paz... Ciertamente, el embajador africano tenía razón, un país sin ejército necesita un servicio exterior de primera. Un fallo en la Cancillería no solo podría convertirse en un problema diplomático, sino que tiene consecuencias directas en nuestra política comercial y en la defensa nacional. Quizás la cultura de paz que subyace en el ADN nacional no nos ha permitido percatarnos de esta realidad. No obstante, la invasión de Nicaragua nos debió espabilar hace tiempo.

Adaptando el Epitoma rei militaris de Flavio Vegecio, escritor romano de finales del siglo IV, nuestra lema en Costa Rica debería ser: “Si quieres la paz, prepárate para la diplomacia”. No aplicarlo supone un riesgo inconmensurable para nuestro país.

El autor es politólogo.