2 marzo, 2014

La situación de Venezuela pone en evidencia las características de la dictadura de Chávez y de Maduro que el socialismo del siglo XXI y la propaganda castrista habían tratado –y aún tratan– de encubrir bajo la simulación de democracia.

Hoy nadie duda de que el régimen venezolano es una dictadura y Maduro es un dictador. La crisis económica, social y política, la crisis del Estado venezolano neocomunista, construido en el modelo del socialismo del siglo XXI y directamente controlado por el castrismo, muestra hoy de cuerpo entero –entre otras cosas– la violación de los derechos humanos y garantías fundamentales, la concentración del poder, el ejercicio arbitrario del mando en beneficio de una minoría y de un Gobierno extranjero, la ausencia de división de poderes y la imposibilidad de que exista oposición política.

Un modelo fallido. La situación de Venezuela es solamente el resultado de un modelo antidemocrático fallido que ya fracasó con el comunismo soviético y que mantiene en agonía y cautiverio al pueblo cubano. Es un acto ya conocido y repetido en la historia por el que han pasado todos los proyectos que concentran el poder a costa de la libertad, fundados en el estatismo, el centralismo, el control de la economía, la eliminación de la iniciativa individual, el desconocimiento de la propiedad privada, la liquidación del pluralismo, la eliminación de la libertad de expresión y de prensa, el control de la opinión pública y todas las políticas totalitarias que el mundo de hoy rechaza y desprecia.

La mezcla explosiva de violación de los derechos humanos con un modelo económico de concentración y secretismo, sostenido por la corrupción, tiene además la necesidad del “enemigo externo”, que en este caso llaman “imperialismo”, al que sistemática y repetitivamente le echan la culpa de todos sus males, fracasos y crímenes.

Comunismo castrista. Es solamente el modelo del comunismo castrista, remodelado en “socialismo del siglo XXI”, que conduce a lo que hoy estamos viendo en Venezuela: un Estado riquísimo en quiebra, un pueblo oprimido y reprimido, un Gobierno entregado a un poder extranjero, y un dictador en acción.

Ante el drama del pueblo venezolano, la gente, los pueblos de las Américas y del mundo se solidarizan, la prensa libre da información fidedigna, los líderes democráticos internacionales levantan su voz, la valentía y el coraje de dirigentes como Leopoldo López devuelven la fe en la democracia y muestran su condición de líderes, el exilio venezolano se moviliza y el pueblo resiste.

Al frente, los Gobiernos del socialismo del siglo XXI, con uniforme discurso instruido desde el castrismo, tratan de disfrazar la situación porque saben que llegarán a la misma crisis, aunque algunos de ellos tengan hoy situaciones económicas de coyuntura favorable.

El miedo, un arma efectiva. La dictadura venezolana usa su arma más efectiva –“el miedo”– para tratar de mantenerse en el poder y para hacer lo que el castrismo practica desde hace 55 años: reprime, apalea, persigue, enjuicia, encarcela, mata, exilia, miente, atribuye sus propios crímenes a sus víctimas y se presenta con un discurso conciliatorio.

En el contexto político internacional, las dictaduras del siglo XXI han puesto en marcha toda su influencia, la de sus aliados y la de los que se benefician con la prebenda del petróleo venezolano, buscando mantener silenciados a los Gobiernos democráticos, que, por conveniencia o por cautela, prolongan una actitud de observación que no podrán sostener por mucho tiempo.

Esto ha llevado a la inacción de los organismos internacionales, que deberían ya estar actuando en defensa del pueblo venezolano oprimido por la dictadura. La dictadura de Maduro en Venezuela está desnuda, está al descubierto. El mundo la está viendo ejercer.

En la Venezuela de hoy se puede ver en tiempo real cómo funciona y actúa un dictador. Esta situación terminará inevitablemente, como lo enseña la historia, con el rescate de la democracia y la salida del dictador. El tiempo que tome y los sacrificios que demande dependen, en gran medida, de la actitud de las democracias del mundo.

Carlos Sánchez Berzaín, abogado y politólogo, es director del Interamerican Institute for Democracy.

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