La búsqueda de acuerdos también se dificulta por un conflicto de valores

 27 octubre, 2015

LONDRES – Si hacía falta una señal clara de que la Unión Europea se cae a pedazos a ritmo de vértigo, basta con ver la decisión de Hungría de construir un vallado de alambre de púas a lo largo de la frontera con la vecina Croacia (también miembro de la UE).

Ya la crisis de la eurozona fragmentó los flujos financieros, causó divergencia entre las economías, debilitó el apoyo político a las instituciones de la UE y enfrentó a los europeos entre sí. Ahora, conforme los Gobiernos erigen barreras y restauran controles de frontera, la crisis de los refugiados viene a poner trabas al flujo de personas y el comercio internacional. Y mientras la UE se deshace, aumenta el riesgo de que Gran Bretaña vote por abandonarla.

Suele decirse que la UE progresa gracias a las crisis porque estas concentran la atención en la necesidad imperiosa de aumentar la integración. Pero para que haya tal progreso se necesitan al menos cuatro ingredientes: una correcta interpretación compartida del problema, acuerdo respecto de un modo eficaz de superarlo, voluntad para ceder más soberanía y líderes políticos capaces de impulsar los cambios. Hoy, faltan las cuatro cosas.

Los líderes europeos son débiles, están divididos y parecen incapaces de plantear una visión creíble de los beneficios de una mayor integración; eso les impide conseguir apoyo popular y convencer a los Gobiernos renuentes a compartir la parte que les toca de los costos presentes. Por falta de una respuesta eficaz compartida, las crisis europeas empeoran, se refuerzan mutuamente y fomentan el unilateralismo.

Las crisis de la eurozona y de los refugiados comparten características que las vuelven difíciles de resolver. Ambas implican desacuerdos respecto de cómo repartir los costos, agravados por un conflicto de valores que gira en torno a la nueva posición dominante de Alemania.

La UE es penosamente incapaz de compartir responsabilidades. En vez de acordar un reparto justo de los costos (los de la crisis financiera o los de acoger a los refugiados), los Gobiernos tratan de minimizar sus obligaciones y pasarse la pelota, lo cual aumenta el costo colectivo. Una crisis bancaria que podía resolverse mediante una reestructuración justa y decisiva de las deudas insostenibles se infló hasta convertirse en una crisis económica y política mucho mayor, que enfrenta a acreedores y deudores dentro y fuera de las fronteras nacionales.

Asimismo, las normas de la UE que estipulan que los refugiados reciban asilo en el primer país miembro que pisen resultaron inaplicables e injustas; como los solicitantes llegan en su mayoría al sur de Europa, pero quieren ir al norte, Grecia e Italia ignoran las normas y les facilitan el paso. Países de tránsito como Hungría tratan de desviar a los refugiados a otra parte. De modo que la reubicación de las casi 750.000 personas que buscaron asilo en la UE este año (y que aun así solo representan el 0,14% de la población del bloque) se convirtió en una crisis existencial.

El problema se debe, en parte, a falta de visión en la toma de decisiones. En vez de pensar estratégicamente en las consecuencias más amplias a largo plazo, a los líderes de la UE solo les preocupa limitar los costos políticos y financieros inmediatos.

Reestructurar la deuda griega en el 2010 habría supuesto un perjuicio financiero para los bancos franceses y alemanes (y los Gobiernos que los respaldaban), pero la pérdida habría sido mucho menor que el costo creciente de una crisis interminable. Del mismo modo, aunque dar acogida a los refugiados demanda una inversión inicial de fondos públicos, puede volverse redituable tan pronto como los recién llegados comiencen a trabajar.

Un continente que envejece necesita jóvenes dinámicos que se hagan cargo de los trabajos que los locales rechazan (o para los que no están capacitados), que cubran los gastos de los ancianos y cuiden de ellos, que creen empresas y que pongan en práctica gérmenes de nuevas ideas capaces de impulsar el crecimiento económico.

La búsqueda de acuerdos también se dificulta por un conflicto de valores. Los alemanes insisten en que los deudores están moralmente obligados a pagar sus deudas y expiar la culpa de su prodigalidad. El primer ministro eslovaco rechaza a los refugiados con el argumento de que “Eslovaquia está hecha para los eslovacos, no para minorías”; difícil negociar con alguien así. Y a pesar de que el plan de la UE para reubicar a los refugiados liberaría a Hungría de los migrantes que rechaza, Viktor Orbán, su líder autoritario y nacionalista, se opone por principio y acusa a Alemania de “imperialismo moral” por querer imponer a sus vecinos su generosidad hacia los refugiados.

Hasta hace poco, las autoridades alemanas intentaban expiar el pasado nazi mediante la búsqueda de una Alemania más europea y la provisión de apoyo financiero a la UE, lo cual ayudaba a limar muchas asperezas. Pero ahora que la condición de acreedor por excelencia puso a Alemania en el timón, el Gobierno de la canciller Ángela Merkel trata de crear una Europa más alemana.

Alemania se niega a aceptar que sus políticas económicas hipercompetitivas (reflejadas en su enorme superávit de cuenta corriente) son tanto una causa de la crisis de la eurozona como uno de los principales obstáculos para su solución. En cambio, pretende imponer su voluntad a los otros países e identifica erróneamente sus estrechos intereses con los del sistema en su conjunto.

Merkel tuvo una actuación mucho más positiva en la crisis de los refugiados. Alemania suspendió unilateralmente la aplicación de las normas de asilo de la UE y se comprometió a aceptar a todos los refugiados sirios que llegaran. Pero la incapacidad de Merkel para darles un tránsito seguro hasta Alemania agravó el caos. La subsiguiente restauración de controles de frontera en el (supuestamente unificado) espacio Schengen sentó un terrible precedente que motivó a los vecinos de Alemania a imitarlo.

En tanto, conforme la UE se muestra cada vez más como fuente de crisis económicas, conmoción política y migrantes no deseados, crece el riesgo de que los británicos voten por abandonarla en el referendo previsto para antes de fines del 2017.

Gran Bretaña ya está con un pie fuera (no integra el espacio Schengen y se excluyó del euro y de muchos asuntos de política interna, incluida la política de asilo). Incluso si se queda, el Gobierno está tratando de negociar condiciones todavía más laxas para su permanencia, de modo que es posible que termine aún más apartada de lo que ya está dentro de la UE.

Las encuestas están muy parejas y es imposible predecir el resultado de los referendos. En tiempos de furia antisistema y agitación política, los propagandistas del antieuropeísmo tienen tres utopías poseuropeas para vender: una de libre mercado, una libre de extranjeros y una socialista. En cambio, el campo proeuropeo tiene que conformarse con vender la realidad de la UE tal como es, con todos sus defectos.

Hasta hace poco, la integración de la UE parecía inevitable. Podía trabarse en su avance, pero nunca retroceder. Nuevos países se sumaban, ninguno se iba. Pero la salida de Gran Bretaña puede trastocar esa dinámica ahora que la UE se desmorona. Razón de sobra para arreglarla antes de que sea demasiado tarde.

Philippe Legrain, ex asesor independiente en temas económicos para la presidencia de la Comisión Europea, es investigador superior visitante en el Instituto Europeo de la Escuela de Economía de Londres. © Project Syndicate 1995–2015