19 junio, 2014

Hablamos de la era antropogénica porque estamos en una en la que las actividades humanas tienen efectos perceptibles en el medio ambiente. La quema de combustibles fósiles ha provocado que las más de 400 partículas por millón de C02, emitidas, hoy en día, estén calentando la atmósfera de una forma sin precedentes en los últimos 800.000 años. Esto sería un dato anecdótico si no fuera porque la ubicación de las ciudades, los cultivos que tenemos y las tecnologías que mueven nuestras industrias están basados en un patrón climático que pronto podría desaparecer de la Tierra.

Los efectos no se sentirían por igual en todas las latitudes del planeta y comprenderían la amenaza a ciudades costeras, pérdidas de cosechas, nuevas pestes, sequías, inundaciones, pérdida de biodiversidad (polinizadores como las abejas) y otras calamidades.

Pero la quema de combustibles fósiles no es nuestro único pecado: hay otras siete restricciones planetarias en las que estamos, también, en números rojos: acidificación de los océanos, la merma del ozono, los desbalances en nitrógeno y fósforo causados por fertilizantes químicos, agotamiento de agua fresca, la pérdida de biodiversidad, el uso de aerosoles y la contaminación química.

Lo que resulta aún más paradójico es que todas estas señales son la contracara del crecimiento poblacional y económico, signo del éxito parcial que ha tenido la humanidad como especie. Son las poblaciones y economías más grandes las que más emiten y más contaminan. Sin duda, la solución más satisfactoria (la otra sería dejar de tener bebés e iniciar una huelga de hambre) es desvincular el crecimiento económico y poblacional con el impacto planetario.

Soluciones débiles. Es necesario buscar mayor eficiencia energética, mayor electrificación de los medios de transporte, mayor densidad humana y menor uso de combustibles fósiles, apenas atisbos de los pasos que la humanidad ha empezado a dar en la dirección correcta. No obstante, el efecto positivo de esto sigue siendo demasiado débil para poner el crecimiento económico en un sendero de sostenibilidad.

Un menor crecimiento económico y poblacional está lejos de ser la solución en un planeta con niveles todavía alarmantes de desnutrición y atrofia neonatal, discriminación racial y de género, bajos salarios y condiciones laborales, y una red de protección social que no alcanza a cubrirnos a todos. Además, un bajo crecimiento económico y poblacional llevaría a mayor transferencia de poder a los dueños de capital en el mundo.

Así lo apunta Thomas Piketty en su revolucionario libro, que merecería un artículo aparte si no fuera porque los dueños de capital han amasado tal poder en el mundo que han dado al traste soluciones globales a los desbalances actuales, como el Protocolo de Kyoto; o que han provocado indirectamente al desfinanciamiento de los Gobiernos del mundo, lo que ha impedido que la inversión pública en tecnologías limpias, en cooperación internacional y en transferencias de conocimientos se hagan al nivel y tasa que se requieren.

Más allá de promover el estancamiento económico y poblacional a nivel mundial, ahondaría la deuda que ya tienen las grandes economías y poblaciones con aquellos países pequeños y no tan desarrollados. Un crecimiento poblacional y económico más bajo en un país como Costa Rica sería catastrófico para el financiamiento del Estado y la Seguridad Social y, por definición, nos estancaría en el subdesarrollo. Exigir el uso de tecnologías limpias, cuando todavía no están al punto para ser masificadas (por caras o por inexistentes) puede provocar una hemorragia crónica en nuestra competitividad internacional.

Culpables o no. Mención particular merece la cooperación internacional que se ha venido dando hasta ahora que, lejos de amortizar la deuda histórica de los países desarrollados con el resto del planeta, la ha ensanchado al privilegiar la mitigación sobre la adaptación climática. Por ejemplo, han sido los artífices de iniciativas como alcanzar la carbono neutralidad en países tan subdesarrollados que difícilmente mejorará la situación de los habitantes de los países que la alcancen.

Los problemas del cambio climático que enfrenta Costa Rica no fueron generados por Costa Rica sino por la industrialización y poblamiento de las grandes economías del planeta. Si hoy, por arte de magia, el ser humano dejara de emitir C02 a la atmósfera, el mundo, de igual forma, se calentaría cerca de 2 grados por encima de su nivel previo a la revolución industrial por todas las emisiones hechas desde entonces. Claramente, este calentamiento no fue generado por un país tan pequeño y pobre como el nuestro, sino por gigantes como Estados Unidos, China y Alemania.

Sin lugar a dudas, la era antropogénica es la era de la complejidad. Para salir bien librados de esta encrucijada, tenemos que hacer un reacomodo de fuerzas, del sector privado al sector publico, de la globalización de los capitales a la globalización de la gobernabilidad, de la cooperación internacional a la transferencia local de conocimientos, de la humanidad al planeta. Aferrarse a las cuotas de poder de hoy solamente asegurará perderlas mañana (y con intereses).

El desarrollo sostenible es un esfuerzo que nos conviene a todos simplemente porque carecemos de mejores alternativas, ¡dado que el aniquilamiento de la humanidad difícilmente cuente como alternativa!

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