10 abril, 2015

La competitividad de un país depende, principalmente, de equilibrio macroeconómico, salud, educación, disponibilidad de financiamiento para la inversión, infraestructura, un mercado exigente y competido, sofisticación de negocios, inversión en ciencia y tecnología, capital humano capacitado y bilingüe e innovación.

También exige agilidad para abrir nuevos negocios, sustentabilidad ambiental, flexibilidad laboral y una institucionalidad ágil.

Es un balance entre muchas variables que deben mantenerse en armonía para conseguir un crecimiento sostenible y robusto, y está ligada a la cultura, al crecimiento de los socios comerciales, a la estructura del Estado y a la productividad de la fuerza laboral.

Relevantes para la inversión son la confianza, la transparencia, la ética, un Poder Judicial independiente, la seguridad, la calidad de la infraestructura y la estabilidad macroeconómica e institucional.

Una nación como Costa Rica debe preocuparse por los factores que miden la competitividad año a año. Todas las variables que se evalúan son clave para crecer; no obstante, lo más relevantes para crear trabajos bien remunerados son la educación, la capacitación en destrezas para adaptarse, la innovación, la inversión en ciencia y tecnología, la infraestructura y las facilidades para negociar en un mercado competitivo.

Costa Rica debe ser capaz de desarrollar y atraer y retener el talento para concentrarse en la producción de servicios y productos de alta calidad. Solo si invertimos en la formación del recurso humano podremos crecer para salir adelante.

Formación de recursos humanos. Las pruebas internacionales de evaluación de estudiantes, PISA (siglas de Programme for International Student Assessment), hechas por la OCDE cada tres años, son estandarizadas para estudiantes de 15 años, lo cual nos obliga a ver una fotografía real y objetiva de nuestra realidad en alfabetización, matemáticas, lectura y conocimiento científico.

Costa Rica está obligada a someterse a las pruebas a fin de analizar cuáles son las fortalezas y cuáles las debilidades de nuestra enseñanza. Con estos resultados podemos compararnos con otros países. PISA no revisa programas, sino actitudes, conocimientos y competencias personales.

A pesar de la gran inversión que hemos hecho en los últimos ocho años, la calidad de nuestra educación primaria va de caída, lo que nos obliga a hacer cambios radicales en calidad e infraestructura.

En lo que se refiere a la educación universitaria, tanto la privada como la pública, los programas deben ser aprobados y evaluados por el Sinaes, es decir, por el organismo superior encargado del mejoramiento y el control de la calidad en la educación superior.

Esta obligación nos asegura que se ofrezca excelencia educativa y transparencia en más de 50 instituciones privadas y estatales, donde se gradúan alrededor de 25.000 profesionales anualmente.

Es preocupante que hoy más del 18% de los graduados universitarios experimenten dificultades para conseguir un puesto de trabajo. Los perfiles deben ser evaluados periódicamente por el Observatorio Laboral de Profesionales del Conare para que se ajusten al mercado. Es un hecho que la demanda actual de profesionales se concentra más en ingenierías, biotecnología, salud, energía, electrónica, biogenética, tecnologías de información y comunicación y otras especialidades ligadas a las ciencias. Todo lo contrario para los muchachos que estamos graduando en Costa Rica.

Tecnología e investigación. La base del cambio que nos exige la nueva economía es la tecnología y la investigación. El Gobierno y los centros de enseñanza superior deben hacer un cambio radical y concentrarse en sacar profesionales de calidad y de acuerdo a la nueva demanda del mercado.

Hoy, más que nunca, las universidades deben desarrollar cátedras de investigación; establecer centros de excelencia y nuevos programas de posgrado; crear redes de apoyo para el sector productivo; y apuntalar la creación de parques tecnológicos, incubadoras, aceleradoras y redes de desarrollo tecnológico.

Este esfuerzo requiere atraer talentos, formar profesores, fijar prioridades y mejorar la calidad y eficiencia de todo nuestro sistema educativo. Debe fomentarse, como sociedad, el empresarismo, la generación de ideas, patentes y nuevas tecnologías. Nuevos recursos y fondos de capital semilla son fundamentales para un crecimiento robusto en el campo tecnológico, al igual que el fomento de inversionistas que estén dispuestos a arriesgar en nuevas empresas. La nueva Banca para el Desarrollo debe desempeñar un papel estratégico en este nuevo modelo.

Países más competitivos. De acuerdo con el World Competitiveness Report del 2014-2015, entre los 144 países evaluados por el Foro Económico Mundial, los más competitivos del mundo son Suiza, Singapur, Estados Unidos, Finlandia y Alemania.

No es por casualidad que estos posean una educación superior de alta calidad, con una economía digital de punta, una excelente infraestructura, alta inversión en ciencia, tecnología e innovación y donde es más fácil abrir un negocio.

En Asia Pacífico, los países más competitivos son Singapur, Japón, Hong Kong, Taiwán y Nueva Zelandia. Otros países asiáticos que vienen creciendo aceleradamente en los últimos 20 años con base en tecnología, innovación e infraestructura son Malasia, Australia, Corea, China y Tailandia. Todos con fuertes inversiones en ciencia, tecnología, educación y libertad económica.

En contraste, están los latinoamericanos, que tienen posiciones de menor relevancia, donde destacan Chile en el lugar 33, Panamá (48), Costa Rica (51), Brasil (57) y México (61). Algunos países del ALBA ocupan las siguientes posiciones: Bolivia (98), Venezuela (134), Nicaragua (99), Dominicana (105). Ecuador y Cuba no fueron evaluados.

Costa Rica. A pesar de que tenemos importantes recursos humanos calificados y una localización estratégica, no hemos logrado estabilidad macroeconómica y cada vez nos endeudamos más para sostener un Estado gigante e ineficiente, que obstaculiza y absorbe, por su estructura burocrática, la mayoría de los recursos. Con el agravante de que no hemos podido resolver nuestros graves problemas sociales y el desempleo.

Tramitomanía, infraestructura, acceso al financiamiento, regulaciones, contratación administrativa, violencia y corrupción son los problemas más señalados por los empresarios para hacer negocios.

La calificación de Costa Rica, en el puesto 51, por parte del Foro Económico Mundial, se agrava por nuestra inestabilidad macroeconómica hasta caer al puesto 93, infraestructura (73), educación superior (37), educación primaria (47), tecnología (40) e innovación (34).

De acuerdo con el Doing Business del 2015, del Banco Mundial, Costa Rica ocupa la posición 83 de 189 países evaluados.

Algo estamos haciendo mal porque no mejoramos nuestra competitividad. Tenemos tarifas eléctricas más altas que muchos países que compiten con nosotros y la educación se deteriora en calidad. Nuestra inversión en investigación, desarrollo e innovación es en promedio una sétima parte de lo que invierten los países exitosos.

Aprendamos de las lecciones de los países que, como Singapur, cambiaron su modelo de desarrollo y lograron una sociedad más próspera e inclusiva, a pesar de no contar con recursos naturales, con una población de 4,5 millones y una sociedad agrícola muy pobre en los años sesenta.

Corrijamos el esquema de desarrollo que llevamos. Solo los pueblos trabajadores y poseedores de una visión clara saldrán adelante. Fomentemos las alianzas público-privadas. Dejemos atrás modelos populistas y estatistas. Lo que requiere Costa Rica es apostar por la educación, la apertura de empresas, la innovación y la tecnología, con una sociedad más incluyente.

Apostemos por un empleo más calificado, más flexible, y por un país en una posición más sólida en el campo social, económico y ambiental.

Solo una economía más inteligente y solidaria, que apoye la innovación, la tecnología y la educación de calidad, logrará crecer. Nuestra sociedad debe exigir un cambio. La competitividad es la clave para crecer con fuerza y sostenibilidad.

El autor es ingeniero.