15 marzo, 2015

El domingo 1.° de marzo, el presidente de la República, don Luis Guillermo Solís Rivera, se presentó ante la opinión pública con la tesis propia de un conspiranoico, que además cree en marcianos.

Para el mandatario, los medios de comunicación de nuestro país han puesto en marcha una política de desprestigio, que consiste en ocultar o tergiversar las buenas noticias que se producen en “la casa de cristal” y en las demás instancias del Gobierno y enfatizar las malas, con luces de neón y demás efectos especiales a fin de generar una campaña de descrédito en su contra, de su gobierno y, como sería obvio, de su partido.

Más que como diputado de la República, me veo obligado a participar en este debate en mi condición de periodista; profesión que ha sido ofendida por la postura presidencial y, sobre todo, porque por muchos años la ejercí en un reconocido medio de comunicación nacional.

Con la autoridad que me confiere esta circunstancia, puedo asegurarle a don Luis Guillermo y a mis compatriotas que los medios de comunicación serios que todos conocen, aun si a veces se equivocan en la transmisión de los hechos, simplemente porque están compuestos por seres humanos, no actúan como viejas brujas malvadas que cuecen sus maldades al calor del fogón donde también preparan sus hechizos.

Los medios de comunicación son empresas, en efecto, y como tales deben sobrevivir en el mercado donde compiten con información útil e interesante para sus clientes. Esto produce que los medios pongan el énfasis en las noticias que les exigen sus consumidores; es decir, aquellas que ellos mismos viven diariamente y deben tolerar con la limitación de no poder decir a todo el país lo que les sucede.

El medio es empático con los ciudadanos, toma las preocupaciones de estos y las convierte en un fenómeno social por medio de la comunicación. Las denuncias sobre el desempleo en el país y la salida de empresas en los últimos días, por ejemplo, cumplen con ese propósito para los aproximadamente 10 de cada 100 costarricenses de la población económicamente activa que se encuentran desempleados.

El gobierno debe ver en estas noticias una llamada de atención del pueblo que representa, no una estrategia de bajo impacto de los medios para desestabilizar sus bases políticas.

Antes aplaudían. Me llama poderosamente la atención que los militantes del Partido Acción Ciudadana, por un lado, y los señores del gobierno, por otro, ahora sí se rasgan las vestiduras ante las denuncias valientes de la prensa sobre los yerros de las políticas públicas de la primera administración rojiamarilla.

La verdad sea dicha: cuando estaban sentados en la comodidad de la oposición, aplaudían la valentía periodística porque levantaban los manteles de los gobiernos de Liberación y la Unidad.

Cuando se denunciaron sin tapujos los enredos de los expresidentes de ambas tiendas políticas, los del PAC se ponían de pie para aplaudir en señal de aprobación. Pero ahora que son ellos quienes están en el sillón que tanto criticaron, se sienten atropellados, víctimas de una conspiración mediática digna de una película hollywoodense.

No se vale, don Luis Guillermo. No se vale, militantes y dirigentes del PAC que hacen eco de las palabras del presidente en las redes sociales.

Los medios de comunicación tuvieron mucho que ver en el triunfo electoral del PAC, sin que fuera una política premeditada o calculada por ellos; simplemente porque, al denunciar con valentía las malas prácticas en la función pública y hasta los escabrosos actos corruptos que en el pasado Liberación y la Unidad anotaron en sus expedientes, condensaron el hastío de la población respecto a estas opciones políticas.

Con ello, la prensa favoreció la formación de una avalancha de más de un 1,3 millones de votos que les valió el gobierno a ustedes, aun cuando don Luis Guillermo, a octubre del 2013, tenía un apoyo apenas de un poco más del 4% del electorado.

Tampoco, en dicha circunstancia, los medios actuaron como los misteriosos directores de orquesta que se ocultan entre bastidores, y con sus denuncias, más bien, cumplieron la labor que les exige la democracia.

¿Agenda diabólica? Por último, remata el desaguisado presidencial al insinuar que, en esta supuesta matráfula mediática, hasta “razones eclesiásticas” se mezclan con la línea editorial de los medios para desprestigiar al gobierno. Aquí sí que la sacamos del estadio, señor presidente.

Las relaciones entre los medios y las Iglesias, tanto la católica, de la que usted es fiel, como las no católicas, de la cual su ministro de la Presidencia es obispo –sin contar las demás denominaciones no cristianas– están bastante lejanas por muchas razones.

La religión casi nunca es noticia, salvo por aisladas escaramuzas; y la prensa hace eco de muchos temas que las Iglesias más bien adversan, toda vez que estos constituyen formas de expresión eminentemente seculares, con la salvedad de los medios abiertamente confesionales.

Pero esto no nos autoriza, a los cristianos como yo, a decir que los medios de comunicación tienen una “agenda diabólica” en contra de nuestras confesiones, incluso si no estamos de acuerdo con ciertos enfoques que dan a las noticias y que las colocan en el imaginario colectivo.

Después de todo, he visto en reportajes y entrevistas tanto a los promotores de temas lejanos para las Iglesias, como la fecundación in vitro o las uniones de personas del mismo sexo, para señalar los más conocidos, como a líderes religiosos que hacen un trabajo importantísimo para la comunidad, pastores evangélicos o curas católicos, en otros, que los medios no han tenido empacho en informar y enfatizar.

Inspección necesaria. Como periodista y político, concluyo con esta reflexión: los medios de comunicación de nuestro país, y del mundo en su totalidad, pueden equivocarse, no hay duda, pero, en general, colocan sobre el tapete público los problemas nacionales con la mayor objetividad y neutralidad posible, y lo han demostrado con creces. Si su gobierno está en el ojo público, debe aguantar las oleadas de la inspección mediática sin quejarse, porque esta representa una condición democrática clave para nuestra vida política.

El autor es diputado de Restauración Nacional.