12 septiembre, 2014

Sala de cuidados especiales. Cama 567. Los compartimentos de los hospitales constituyen la única forma de jerarquía social digna de respeto: la cantidad de dolor y la necesidad de confortación de quienes habitan este particular microcosmos humano. Toda otra jerarquía es estúpida y arbitraria. Ahí se dirige una vez más mi amiga, a ver a su madre que, desde hace meses, agoniza. Es la zona crepuscular del hospital. Seres que transitan ya ese limbo, entreluz de la vida y la muerte. Todo allí es silencio. Pisadas furtivas de enfermeras que van y vienen por los corredores infinitos, plegarias musitadas en la quietud del recinto umbrío, ocasionales sollozos, pasos ingrávidos de visitantes hablándose al oído y prodigándose el abrazo y la imposible palabra de alivio.

Mi amiga acelera la marcha, se asoma ansiosa a la ventana, cuenta, como todas las tardes, las camas, el corazón suspendido entre sístole y diástole. A ver, a ver… ¡Ahí están aún los seis lechos! No hay espacios vacíos. La muerte no ha tomado todavía el recinto. Corre la cortina que separa a la enferma de los otros cinco pequeños mundos, y queda a solas con su mamá. Aislada de la realidad circundante. Es un dolor intransferible y exclusivo: la muerte es el acto más personal que a un ser humano le es dado “vivir”. Es curioso: nunca, desde que habitara su vientre y bebiera la vida de su seno, había experimentado tal grado de intimidad con su madre.

“Mami, ¿cómo te has sentido? ¡Qué linda estás hoy! Dejame ponerte un poquito más cómoda”. Mi amiga teme por un momento que sus palabras sean ya monólogo… pero su madre abre lentamente los ojos: ahí está todavía la conciencia, intacta, rehén de un cuerpo que se desintegra a ojos vistas. “Estar”: ¡qué palabra tan bella! Vivir, amar, son básicamente eso: estar. La muerte, el abandono, la deserción no son otra cosa que el horror de no estar, la atroz densidad física de la ausencia.

Inexplicable beatitud. No hay ya fuego en la mirada de su madre, pero hay algo mucho más hermoso: luz. Toda ella es luz. ¿De dónde procede esa serenidad, esa inexplicable beatitud de quienes han atravesado el infierno del tormento físico y se asoman ya al Gran Silencio? ¿Qué es lo que por fin vislumbran, lo que ya saben, eso que les confiere tal paz interior, tan sobrecogedora luminosidad? Lo vi en el rostro agostado pero lleno de magnificencia de mi hermano cuando se extinguía, sin una queja, sin un reproche, viniendo moralmente a nuestro rescate –¡vaya ironía!– desde su lecho de muerte, nosotros que buscábamos, impotentes y frenéticos, rescatarlo a él. Sus enormes ojos líquidos no engañaban: era la mirada de quien se asomaba ya a una latitud del Ser informulable, inconcebible.

La agonía de quienes nos abandonan, ese calvario que santifica, tránsito de fuego que es también ofrenda: el último y más preciado regalo que nuestros seres queridos habrán de darnos. Como tal deberíamos tomarlo. Pero nosotros, desde nuestra estridente desesperación, sordos y enceguecidos por nuestro propio llanto, nunca lo entendemos así.

“¡Qué linda estás hoy!” –repite mi amiga, mientras le pasa la mano por la cabeza–. Por supuesto que lo está. De una manera que los ojos no pueden percibir. Más que nunca evoco las palabras del Principito: “Lo esencial es invisible para los ojos”. ¡Pobres esclavos de la apariencia, siempre exigiendo gratificación, buscando el halago del color y la forma! ¡A cuánta ceguera espiritual nos condenan estos dos niños, con su constante necesidad de golosinas! Más bella que nunca, está la mujer. Como en el día de sus esponsales. Ataviada de luz para la ceremonia del adiós.

“Feo espectáculo, un enfermo terminal” –se dirán muchos–. La formulación misma del concepto es aberrante. El ser humano no es, no puede ser, no será nunca espectáculo de nadie (salvo en el lúdico y socialmente acotado contexto de las artes escénicas). A la mirada estetizante debe anteponerse la mirada ética: los corazones que se reconocen y saludan, el respeto a la soberanía del otro, que no está ahí para ofrecernos el “espectáculo” de su dolor –bonito o feo–, sino para exigir nuestra solidaridad.

Mi amiga estruja entre sus manos los dedos de su madre, infundiéndoles su propio calor, su propia vida. La serenidad de la enferma es infinita. Hay una forma de lucidez, de conciencia –vida en su forma más pura–, que solo despunta tras la última gradiente del dolor. No hay ninguna otra manera de adquirirla. No hay atajo posible. Atravesar el infierno –eso sí, firme el paso y la mirada prendida de las estrellas–. La sabiduría exige ese oneroso precio. Pero nosotros, desde el litoral de nuestro egoísmo, no sabemos discernir la maravillosa lección que nos está siendo dada. Malos alumnos que somos.

La cama 567 está ahora vacía, pero hay paz en la mirada de mi amiga. Veo en su rostro la expresión de quien ha sido iniciado en un gran secreto. Su madre no ha muerto en vano. La ofrenda de dolor –y su implícita, invaluable lección– fue aceptada, y percibo en ella gratitud infinita. El dolor ha sido, una vez más, agente de crecimiento, brutal pero certero cincelador de almas.

Morir chapoteando en la amargura, con la blasfemia en los labios y rezongando por lo que no es sino la evidencia de nuestra humana finitud, declarar la muerte un saqueo o una destitución prematura equivalen a no haber aprendido nada de la fascinante aventura del vivir. ¡Cuánto bien le haría a nuestra sociedad reincorporar algunos preceptos de la filosofía estoica! Cultivar una lúcida, serena pedagogía del morir.

Nuestra finitud. Lo que aquí propongo no tendría ni el más remoto parentesco con la tanatofilia, ese morbo del espíritu que consiste en paladear, hasta la adicción, el atroz amargor de la muerte. Hablo, antes bien, de una conciencia lúcida de nuestra finitud, condición de posibilidad para una experiencia más plena de la vida.

Si vivir con dignidad es difícil, morir con dignidad está reservado únicamente a seres de excepción. Arte de vivir, arte de morir. También este podemos y debemos aprenderlo. Esto es, si no queremos ser eternos esclavos del miedo, huyendo siempre de la parca, trémulos bichitos que se estrujan en el fondo de su jaula, empavorecidos ante la enorme mano que sobre ellos se cierne… quizás para liberarlos.

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