1 noviembre, 2014

Teniendo en mis manos el acta de nacimiento de Jean Jacques Bonnefil Hydemayra, que nació el 4 de marzo de 1816 en Bordeaux (Francia), y siendo la nieta de Luis Hidalgo Bonnefil, bisnieto de Jean Jacques Bonnefil, siento una profunda emoción, ya que mi “ arrière arrière grand père ”, siendo cónsul de Francia en Puntarenas en 1860, jamás imaginó que, como en la tragedia griega Antígona, de Sófocles, pasaría a la historia por desobedecer las leyes humanas dictadas por el gobierno golpista de Montealegre, que ordenó no darle sepultura a los restos del presidente Mora y su cuñado el general Cañas. Consciente de que existe una ley divina que se impone ante cualquier injusticia, dispuso, a pesar de posibles represalias en su contra, sepultarles en el panteón del estero de Puntarenas, ya que el gobierno dictatorial pretendía que los cuerpos fueran lanzados al mar.

Al tratar de borrar todo vestigio de valor y liderazgo del presidente Mora contra el filibusterismo de Walker, y no estando contentos con traicionarlo y luego fusilarlo, quisieron deshonrarlo de la manera más ruin y perversa, negándole una digna sepultura.

Pero la historia no siempre la escriben los “vencedores”, y Bonnefil lo sabía. Por ello, resguardó los restos de Mora y Cañas hasta que tuvo certeza de que no caerían en manos de los contendientes. Esta historia es verdadera y es más que un simple hecho anecdótico familiar transmitido por todo descendiente de Bonnefil.

Preservar la historia. Ese es un acontecimiento documentado en el Archivo Histórico Arquidiocesano Monseñor Bernardo Augusto Thiel, y así lo expone la investigadora Ana Isabel Herrera Sotillo en su artículo “El presidente Juan Rafael Mora y la Iglesia católica”: “En un gesto loable el 20 de mayo de 1866, junto con varios testigos, Bonnefil exhumó los restos de ambos y desde ese mismo día los conservó brevemente en su residencia en Puntarenas y después en San José” (Revista Comunicación. Volumen 19. Año 11).

El 5 de agosto, el Dr. Mariano Padilla levantaría un acta en dicha casa de la capital, haciendo constar lo siguiente:

“A la mano derecha de la entrada del zaguán de la casa de Bonnefil se encuentra una pieza que hallamos entapizada con un cortinaje blanco, adornado de listones negros y muchas coronas de ciprés. En medio de la sala estaba una mesa de cerca de dos varas de largo tapizada de blanco e igualmente adornada de listones y guirnaldas mortuorias y en sus extremos ardían dos lámparas. Sobre la mesa estaban dos cajas de cedro de treinta y tres pulgadas y diez y nueve de ancho”. Por fuera tenían las marcas “M” y “C”, correspondientes a Mora y Cañas, las cuales “se abrieron y fueron examinadas cuidadosamente y enseguida los restos fueron depositados en sendas urnas de caoba barnizada, con adornos dorados y una cruz de plata en su extremidad superior”.

A los doscientos años del nacimiento de este gran hombre, tenemos el deber como costarricenses de preservar la historia y otorgarle el lugar que le corresponde a Juanito Mora en ella.

Como filósofa, puedo apreciar que en Costa Rica hechos verdaderos que conforman nuestra idiosincrasia son eliminados o deformados, obedeciendo a los intereses de quienes desean administrar la memoria histórica a su amaño.

Un ejemplo de ello es que se haya ignorado el origen judío sefardí de la familia francesa Bonnefil, al que se hace referencia en el Boletín de la Academia Costarricense de Ciencias Genealógicas #79, en el artículo “Unidad en la diversidad. Linajes sefarditas”, del académico de número Yves de la Goublaye. Ya indiqué que soy nieta de Luis Hidalgo Bonnefil y Mélida Rivera Ortíz, ambos de origen judío sefardí al igual que mi madre.

En suma, nos encontramos frente a un hecho histórico: la gran amistad nacida después de la muerte, proveniente de la humanidad del gesto de Bonnefil para con Juanito Mora.

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