El gran escritor judío húngaro dejó un profundo legado ético y literario

 10 abril, 2016

A mediados de 1944, pocos meses después de la invasión de Hitler a Hungría, la máquina trituradora de la historia, conducida por el nazismo, alcanzó a Imre Kertész. Ya lo había hecho con su padre y millones de otros judíos enviados al exterminio.

Ahora, como a los demás, le tocaba al joven de 14 años hundirse en un recorrido por los peores confines de la perversión, que lo lanzó a Auschwitz y Buchenwald, adonde le llegó la liberación.

Veinte años después concluiría su primera novela y obra maestra, Sin destino, basada en una lúcida lectura de esa traumática experiencia. Tardaría 10 años en publicarse, por una razón fácil de imaginar: tras la guerra, otra especie de totalitarismo descendió sobre Hungría y convirtió a Kertész, nuevamente, en apestado, no tanto por su condición, sino por sus ideas y aspiraciones.

Hubo que esperar al colapso del régimen impuesto por la Unión Soviética, en 1989, para que su obra comenzara a conocerse y multiplicarse en Hungría y el mundo, hasta que, en el 2002, fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura por “una escritura que defiende la fragilidad de la experiencia individual frente a la bárbara arbitrariedad de la historia”.

Tras padecer mal de Parkinson por varios años, Kertész falleció el 31 de marzo en su casa de Budapest. Dejó una obra narrativa y ensayística esplendorosa. En ella, la austeridad del estilo, la mirada alerta y curiosa de sus personajes, la profundidad de sus reflexiones y la agudeza para desmontar sin odios, pero también sin contemplaciones, los perversos engranajes del nazismo, el estalinismo y sus derivados, condujeron a una literatura sin par. Por esto es un autor indispensable en nuestro tiempo.

Imaginar la tragedia. “Solo con la ayuda de la imaginación estética somos capaces de crear una imaginación real del Holocausto”, escribió en 1991. Así lo logró, y con creces, particularmente en Sin destino.

La obra nos conmueve, despierta, alerta y envuelve literariamente, no por acudir a invectivas –que estarían plenamente justificadas– contra el más frío, voraz y eficaz proyecto de aniquilación humana conocido por la historia, sino por algo muy distinto.

La genialidad distintiva de esta corta novela es lograr que György Köves –su personaje de 14 años, como entonces el autor– nos sumerja en la capacidad y tesón de un grupo de seres humanos para construir una cotidianidad que les permitiera mantenerse en pie y defender su dignidad, hasta su casi seguro exterminio o improbable liberación, en medio de los trabajos forzados, los crematorios y las vejaciones.

En Sin destino hay un terror sistemáticamente opresivo, pero también hay lugar para la belleza, los detalles vitales, la aspiración a lo concreto e inmediato y la satisfacción de deseos básicos. Son formas de sostener y reivindicar la naturaleza de lo humano frente a los engranajes que han dejado de serlo.

Cuando, tras una temporada en el campo de concentración Zeist, György regresa a Buchenwald y contempla “el paisaje grandioso” en que se enmarca, reconoce “un ligero deseo” que aceptó “con vergüenza –porque aun siendo absurdo era muy persistente– el deseo de seguir viviendo, por otro ratito más” en aquel campo de concentración “tan hermoso”.

El resto de la obra de Kertész recrea, en distintas circunstancias, la misma tensión presente en Sin destino: por un lado, la compulsión enajenante de aceptar la suerte que no se puede cambiar; por otro, la fuerza que lleva a la persona a buscar dentro de sí impulsos que le permitan mantener su condición humana, siempre frágil y contradictoria. Hasta en los peores extremos, los grises son más abundantes que los blancos y negros.

Liquidación, publicada en el 2003, nos confronta con otra realidad opresiva: la de “una dictadura cuyo único principio básico es la visión policial del mundo”. El tipo de exterminio al que acude no es el del Holocausto –aunque está presente en su trama de varios planos–, sino la eliminación de la voluntad mediante una relojería diseñada para que todo ciudadano funcione como pieza y reciba castigo si no lo hace. Es el poder y método del marxismo sovietizado.

Enemigo declarado. Tras padecer esta sucesión de modelos represivos, el autor nos dice: “He vivido durante sesenta años en un país donde –excluyendo las dos radiantes semanas de la rebelión de 1956– siempre he estado del lado de los enemigos declarados”. Difícil posición, que complementa con una frase lapidaria: “Mi reino es el exilio”.

De estas experiencias surge su enorme rechazo a La Verdad postulada como totalidad o utopía, y su apego a la verdad descubierta con sus límites e imperfecciones. Al final de La bandera inglesa (1991), que encabeza un libro de relatos con el mismo nombre, Kertész se regocija, junto al personaje, porque ya “no tendría que vivir ni comprender ese prometedor futuro con el que hoy en día nos amenazan por doquier”. Es una señal de justificado escepticismo histórico, en la mejor escuela de Isaías Berlin o Karl Popper.

Sus ensayos, ponencias y discursos, recogidos en varios volúmenes, se extienden con gran profundidad y, a la vez, lucidez, sobre el tema recurrente del ser humano enfrentado a engranajes incontrolables y opresivos. Y ese ser, en línea con su traumática experiencia individual y colectiva, refiere de forma recurrente a lo judío.

En Sombra larga y oscura, otra poderosa reflexión, postula que los judíos “no murieron por su fe, y los judíos –es cierto– no fueron asesinados en nombre de otra fe. Los asesinó el totalitarismo, el estado totalitario, el poder totalitario del partido. Es el horror, la epidemia, la peste de este siglo (se refiere al XX), un horror más exterminador que cualquier fe exterminadora”.

“Al fin y al cabo –apunta en El Holocausto como cultura –, para asesinar a millones de judíos, el estado total no necesita antisemitas, sino buenos gestores”.

En estos tiempos en que el extremismo islámico se instrumentaliza como móvil de terror interminable, su afirmación debe ser relativizada. Pero sin duda el Holocausto fue, y debería seguir siendo, “una vivencia mundial”, que otorga a los herederos de sus víctimas “una tarea ética”.

En el fondo, el Holocausto es una experiencia de todos. Está incorporada –ojalá siempre como antítesis– a la razón de ser de la humanidad. Y aunque podamos ubicarla en una particular coyuntura histórica, se conecta, mediante las “lógicas” totalitarias y excluyentes que no han muerto, con otras aterradoras experiencias del pasado y el presente.

¿Qué hacer en nuestro mundo de hoy? Kertész no da soluciones, pero una frase en su Diario de la galera sugiere una clave esencial para los seres humanos: “Reconquistar su individualidad arrebatándola a la historia”.

El autor es periodista.