Opinión

¡Para justicias, el tiempo! ¡Para el cambio, la humildad!

Actualizado el 25 de agosto de 2013 a las 12:00 am

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¡Para justicias, el tiempo! ¡Para el cambio, la humildad!

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Casi excluida de nuestro vocabulario por esa tendencia moderna de hacer del superhombre nietzscheano el modelo predilecto del ser humano, la humildad no parece ser para la gran mayoría de la población contemporánea una virtud deseada. El orgullo y la arrogancia, por el contrario, forman parte casi natural de un comportamiento inconscientemente asumido, promovido por la imagen publicitaria del “éxito” personal.

Quien logra aquello que es considerado un notable ascenso social, puede pavonearse sin vergüenza en el sentirse superior. Este comportamiento no solo se espera, sino que también es una obligación, es parte de la imagen social promovida por el statu quo . Todo esto es funcional a una sociedad que promueve el uso y consumo egoísta de los bienes, y la soberanía absoluta de la individualidad. Como consecuencia, las personas que buscan desesperadamente un motivo para satisfacer su propio ego, viven lo político (es decir, la acción en el ámbito público) como un espacio de conquista personal, o bien son indiferentes a él cuando no ponen en riesgo su propio bienestar.

El viejo proverbio acerca de la justicia, que nos invita a no buscar la venganza y la destrucción del otro, sino a dejar que la verdad acerca de lo justo o injusto brille en el discurrir del tiempo y en el desarrollo de las relaciones humanas, tiene un complemento: solo quien es humilde es un agente de cambio en la historia. La simplicidad del que se sabe débil y necesitado hace que nuestra comprensión de las cosas sea equilibrada, razonable y transformadora. El humilde, por eso, es el más grande enemigo de un statu quo egoísta y violento, ya que es el único con el coraje necesario para abrirse al riesgo de construir la fraternidad y apostar la vida por la libertad que conlleva considerarse hermanado a los otros.

La vida en la comunidad humana puede ser entendida y vivida de dos maneras: o como un espacio que puede ser utilizado para alcanzar los propios intereses; o como un lugar de encuentro, una oportunidad para compartir y trabajar por el bien común. El orgullo del exitoso produce y permite la permanencia de la injusticia, la exclusión y la marginalidad, porque el éxito tiene que ser mostrado, mantenido y poseído. Al exitoso no se le permite el altruismo que no sea usado como publicidad mediática, mucho menos la desapropiación voluntaria. La humildad, en cambio, nos empuja a salir de nosotros mismos y a renunciar a lo que es superfluo y a la mera manifestación del deseo caprichoso. Eso quiere decir que la justicia y la humildad se implican como cosas necesarias e indispensables para que se pueda transformar la sociedad en un lugar más humano y armónico.

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No hay duda que tenemos una gran necesidad de cambio. Nuestro país padece muchas desigualdades escandalosas y la pobreza azota de manera continua a muchas familias. La violencia crece y nos atemoriza, la inoperancia de las tareas más básicas para el bien de todos nos abruma. Mientras tanto, seguimos añorando o viviendo (según se haya alcanzado el pretendido “éxito”) esa situación en la que nos podamos pavonear ante los demás, sea por lo que vestimos, por la manera en la que podemos dirigimos a los otros o por los círculos cerrados que frecuentamos. El orgullo nos aparta del sufriente, del pobre, del enfermo o el anciano. Se trata de una violencia simbólica que mina nuestra humanidad y nos divide infinitamente en mónadas cerradas de indiferencia y frialdad.

La urgencia del cambio es un grito de auxilio para que rescatemos lo único que nos puede salvar: la humildad. El orgulloso no siente la necesidad de tener hermanos, iguales y compañeros. Solo se ve a sí mismo y se convierte en una máquina de exigencias egoístas infantiles. Por ello, el orgulloso entra en la política con el afán e tener poder para servirse de él, aunque se use el timo ideológico de la preocupación por la nación en la campaña. La humildad nos sirve como una escuela, porque es en lo simple de la vida cotidiana donde se aprende a servir, a ser gentil con todas las personas, a no pretenderse mejor que otros. El humilde aprende de todos y dialoga con todos, se convierte a sí mismo cuando el contacto con los demás le demuestra sus falencias y huye de la tentación del poder para concentrarse en hacer el bien a los que tiene al lado, sea quien fuere.

Nos hace falta humildad en las calles, para colaborar con los que allí transitan en el avance de todos. La echamos de menos en el trabajo, para que no se pisotee la dignidad de los que cooperan en la producción y en el desarrollo del país, que tienen que estar al servicio del bien colectivo y no solo ser fuente de ganancias privadas sin responsabilidad social.

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Nos urge en la educación, para que podamos discernir y aprender cómo ser auténticos ciudadanos. La necesitamos en el mundo de las finanzas, porque este sector social está envuelto en la arrogancia de la ganancia ilimitada y carece de un compromiso decidido para erradicar la injusticia.

Y ni qué decir de su imperiosa necesidad en las grandes esferas de poder, porque muchos de los que allí se encuentran se han olvidado de que el mundo es un lugar para la vida de todos, no solo de unos cuantos. Pero, sobre todo, apremia en nuestra alma, para que tengamos el coraje de pensar con rectitud de consciencia y con equidad.

Le democracia, sin la humildad, es solo lucha de poder, desencuentros ideológicos, combates palaciegos y búsqueda de privilegios.

Sin la humildad, el voto se vuelve rito vacío y fachada embellecida de la corrupción, por más alardes que se hagan de rectitud moral o ética. No nos engañemos, necesitamos volver a ser humildes para recobrar nuestra humanidad y el sentido de ser una nación.

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