La presencia del judaísmo en Costa Rica está nutrida de creencias que hay que desmitificar

 17 septiembre

La presencia del judaísmo en Costa Rica y su influencia en los entramados sociales, culturales, religiosos, políticos y económicos esta plagada de imágenes tergiversadas. Conviene desmitificar este tema, liberarlo de ideologías y de intereses políticos; y nada mejor para hacerlo que referirse a los judíos que arribaron al país en las primeras décadas del siglo XX.

Tomando como base la información consignada en el Índice general alfabético de ciudadanos polacos, resumen general (743 páginas), elaborado por una Comisión Investigadora del Congreso de la República de Costa Rica, fechado en diciembre de 1941, puede afirmarse que la población judía en el país no llegaba a las 800 personas, pero en el imaginario popular, nutrido en el antisemitismo de la época, existía la creencia de que el número de judíos era superior a los 4.000 individuos.

La condición económica y social de esta población era pobre y muy pobre, se trataba de personas perseguidas en Europa por razones políticas y de religión, geográficamente se ubicaban en todo el territorio nacional, pero la mayoría residía en San José (579), Cartago (63), Alajuela (30), Limón (28) y Puntarenas (21).

Conforme al Índice existían lugares donde los judíos buscaban establecerse con mayor predilección, tales como los barrios del sur de la capital, Turrialba, San José de la Montaña, San Isidro del General y Guápiles.

No todos los nombres consignados en el Índice eran de personas judías, pero sí la mayoría, y como casi todos provenían de Polonia algunos políticos encontraron muy fácil hablar de “ciudadanos polacos” para disimular el objetivo que los animaba: identificar judíos y después ordenar su expulsión.

Esto último no ocurrió debido a que la geopolítica global cambió a partir del desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial, ocasión en la cual el gobierno costarricense decidió oponerse a los totalitarismos nazi-fascistas.

Revolución de los viajeros. ¿A qué se dedicaba la comunidad judía entre los años 1917 y 1940? Casi todos sus miembros se desempeñaban en el comercio ambulante, algunos tenían pequeños negocios fijos y otros trabajaban en la agricultura o en oficios domésticos vinculados a la familia, pero lo que predominaba era el comercio ambulante.

Unos pocos judíos (no más de siete) trabajaban en calidad de agentes viajeros, representantes de Casas Extranjeras, contabilistas y administradores, y al menos uno era maestro de educación religiosa.

En el Índice de marras se observa un número muy considerable de personas cuya actividad principal era ser estudiante y ayudar en el trabajo comercial y la vida familiar.

Sobre la base de los datos del Índice, correlacionados con otras investigaciones, puede afirmarse que la familia, la educación, la religión y el trabajo constante fueron los ejes que permitieron a la comunidad judía insertarse en la sociedad costarricense de principios del siglo XX.

Estos factores (familia, religión, trabajo, educación) son claves para comprender el proceso de acumulación originaria de bienestar que la comunidad judía experimenta, y esto sigue siendo importante hasta el día de hoy.

Conviene observar que la acumulación de bienestar operada entre los años 1917 y 1960 sitúa a la comunidad judía como una de las corrientes sociales que conducen a la conformación de las clases sociales medias, las cuales experimentan una expansión considerable entre los años 1960 y 1980.

Es en las décadas de los cincuenta y sesenta cuando se consolida una estratificación social al interior de la comunidad judía que comprende familias pobres, de clase social media y de clase alta. El proceso de acumulación de bienestar al que estoy haciendo referencia no se originó ni en el empleo de fuerza laboral asalariada, ni en actividades rentistas, sino en el trabajo propio, vendiendo casa por casa y ofreciéndoles a los compradores la posibilidad de ampliar sus niveles de consumo, dinamizar sus economías familiares y pagar a plazos.

Los judíos, literalmente, recorrían el país a través de los medios de transporte disponibles –que no eran muchos– y estableciendo contacto con cientos de miles de costarricenses en todo el territorio nacional.

Esta actividad comercial configuró una verdadera revolución social, lo que aquí denomino la revolución de los viajeros, a la que debe sumarse la práctica religiosa, la fuerte unidad familiar, el estudio y el apego al patrimonio histórico y a la identidad cultural del judaísmo. Estos rasgos dieron lugar a un impacto cultural de grandes proporciones.

La comunidad judía estaba formada por pocos miembros pero su impronta cualitativa superaba en mucho a su escasez cuantitativa, y esto fue favorecido por la peculiaridad de su distribución geográfica. Poseían instituciones comunes derivadas de la religión, de la historia y del idioma, estaban persuadidos del peligro racista, y para ellos resultaba asunto de la más elemental sobrevivencia el apego estricto al trabajo, la costumbre de ahorrar y de estudiar como instrumentos para brindar seguridad a las familias y asegurarse un futuro digno.

Antisemitismo. Y eso lo hicieron en un contexto internacional antisemita que mucho influyó en Costa Rica, como lo prueba el objetivo político de expulsar a los judíos que condujo a levantar el “Índice general alfabético de ciudadanos polacos…”, la influencia de agentes nazis en la política migratoria nacional hacia finales de los años treinta y la actividad política de la sección costarricense del Partido Nacionalsocialista Alemán, que con el beneplácito de una parte de la élite política nacional buscaba posicionar el racismo y elevar la influencia de la ideología nacionalsocialista, totalitaria, nacionalista, racista y estatista.

El antisemitismo se nutría de tres fuentes: la ignorancia generalizada sobre las formas y contenidos del judaísmo; la creencia, en la religiosidad popular cristiana, de que el pueblo judío era culpable del asesinato de Cristo, y los temores de algunos comerciantes en el sentido de que el comercio ambulante introdujera niveles de competencia para los cuales no estaban preparados.

El nazismo costarricense de la época trató de amalgamar estas fuentes de antisemitismo a través de la ideología nacionalsocialista que personajes como Max Effinger, Otto Reinebeck y Karl Bayer impulsaban con el apoyo de algunos políticos. Quienes han estudiado con profundidad el tema del antisemitismo en aquellos años refieren al menos cuatro campañas antisemitas: 1933-1936, 1939-41, 1948-49 y 1951-1952.

Unidad, no yuxtaposición. La contribución del judaísmo a la modernidad costarricense acontece a través de un “desdoblamiento cultural”. ¿Qué significa esto? El encuentro de la comunidad judía con la sociedad nacional y viceversa implicó un reconocimiento recíproco de méritos y de valores que con el tiempo ha configurado una unidad profunda, no una mezcla ecléctica y difusa, no una yuxtaposición, sino una experiencia compartida y coherente de construcción social en la diversidad de identidades.

Este es un logro extraordinario de Costa Rica y de la comunidad judía, que conviene resaltar en estos tiempos cuando en el mundo se propician conflictos, violencias, fanatismos, dogmatismos y genocidios tomando como pretexto la existencia de identidades culturales e históricas diversas.

El autor es escritor.