Opinión

La jesuología y El Otro Jesús

Actualizado el 24 de junio de 2012 a las 12:00 am

La comunidad cristiana ha testimoniado a Jesús con coherencia y clave pospascual

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La jesuología y El Otro Jesús

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Hace ya algunos años, a la hora de ofrecer los contenidos del primer curso de cristología que dicté, seguíamos un manual de Jean Galot (1982) que empezaba diciendo: “La cristología es dinámica por el objeto de su estudio. Trata de conocer la persona y la obra de Cristo de manera tal que la persona no sea jamás separada de su obra” (p. 5). Y así comenzaba una ruta formativa que, con el tiempo, pasó a preferir, como guía para el camino, a Johann Auer (1989) que en sus dos tomos “Jesucristo, hijo de Dios e hijo de María” y “Jesucristo, salvador del mundo” ofrecía una rica panorámica.

Allí este profesor de Ratisbona decía: “cristología es –como indica la palabra– la ‘doctrina acerca de Cristo’. Y como ya queda dicho, Cristo no es objeto de un conocimiento meramente objetivo o simplemente histórico: la comprensión de Cristo supone a su vez en nosotros una recta comprensión de Dios, del mundo y de nosotros mismos, además de una apertura a una inteligencia siempre nueva y mayor, a la vez que a su nueva autodecisión y entrega de sí mismo” (p. 58).

Jesús humano. En estos renglones me deseo acercar a un libro publicado el año pasado y que se titula El Otro Jesús de L. D. Cascante (Antanaclasis, un ensayo de unas ochenta páginas, muy ilustrado, con unas dos páginas de bibliografía) que, inicialmente, podríamos considerar cristológica, pues ella misma afirma que desea acercarse a Jesús, pero prescindiendo de ciertos datos y perspectivas que, al parecer del autor, no son suficientemente históricas. Así pues, más que al Hijo de Dios y al enviado a traer una noticia que gira en torno de la noción de reino, desea el texto que comentamos fijarse en su condición humana sin más, dejando de lado, entre otras cosas, la intención teológica de cada hagiógrafo.

Es bueno lograr acercarse a ese otro Jesús, eso es verdad. Los largos caminos andados por la aplicación de los métodos histórico-críticos en esta dirección han mostrado sus limitaciones a lo largo de muchos años de aplicación, aunque también sus bondades. Zimmermann es ya casi un clásico.

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Visión integral de Jesús. El ya mencionado cristólogo jesuita Galot dice: “Si la investigación cristológica debe arrancar del hombre Jesús, sin embargo, no puede desconocer una perspectiva complementaria, que implica un punto de partida desde arriba y un movimiento descendente” (p. 36). Aplicaciones radicales de este método redescubierto por el movimiento bíblico que nació poco antes del concilio, directamente a la cristología, tiene sus riesgos y así lo ha hecho ver Rudolf Schnackenburg, como lo hace notar J. Ratzinger en el prólogo del primer tomo de “Jesús de Nazaret” (2007:9).

De cara a la metodología histórico crítica, Benedicto XVI, al dirigirse a los obispos de Suiza en 2006, hacia ver las siguientes limitaciones reales: “Al centrarse en conocer lo acontecido en el pasado deja el misterio de Dios en el pasado y lo incapacita para hablarnos en el presente; aborda la revelación como un acontecimiento meramente humano y descuida la unidad de la Biblia como Palabra que es de Dios. Consecuentemente, establece una separación metodológica entre historia y fe que desemboca en el aparcamiento de esta última”.

Tres posiciones extremas. Desde que los fuegos fueron abiertos en la ruta hacia afianzar la aplicación del método histórico-crítico, por las sospechas derivadas de los estudios de Raimarus en el siglo XVIII y continuados por Strauss, Bruno Bauer, Renan, von Harnack y Loisy en la época modernista, las interpretaciones acerca del Jesús de que hablan los evangelios han estado marcadas por tres posiciones extremas, en el criterio de Angelo Amato (2008), a saber: “El rechazo a priori de lo sobrenatural, la duda metódica sobre la validez testimonial de las fuentes neotestamentarias y el reconocimiento del solo mensaje moralista de Jesús” (XLIII Jornades de Questions Pastorals, el passat dia 7 de febrer al Seminari Conciliar de Barcelona).

Hoy se utiliza una perspectiva de trabajo exegético que hace ver que la comunidad cristiana no ha inventado, desfigurado o transfigurado a Jesús de Nazaret. Simplemente lo ha testimoniado y anunciado con coherencia, en clave pospascual con todo lo que ello implica en términos de reflexión y de elaboración.

Esta perspectiva parece imponerse como necesaria y la más equilibrada, sobre todo, luego de aquel 1953 cuando Käsemann rompió con Bultmann. A partir de entonces, escribe Rino Fisichella, se insiste “en la continuidad histórica y teológica entre Jesús de Nazaret y el Cristo de la fe, con la introducción de una criteriología que permite establecer la historicidad interna de los textos” .

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El Dios viviente. Lo que busca, entonces la cristología, como afirma Bruno Forte (2002), “es investigar en los “mysteria vitae Jesus” las dimensiones de lo humano, que en ellos se manifiestan y a través de los cuales pasa la revelación del Dios viviente, leyendo en la historia el “kerygma”, y en el “kerygma”, la historia; y captando, en plenitud, la fecunda circularidad atestiguada en el Nuevo Testamento entre el Jesús histórico y el Cristo pascual” (Th Xaveriana, 142 [2002], 344). La Revista PATH (v.2, 2003/2) de la Comisión Pontificia Teológica tiene un número muy iluminador a este respecto que vale la pena ver (puede ser on line incluso).

Una insistencia en radicalizar la metodología de la cristología que algunos llaman “desde abajo” y que el texto que comentamos denomina “sentido duro”, podría llevarnos, sin más, a lo que Ocariz, Mateo-Seco y Riestra (1991) llaman “jesuología” y que nos pone de frente a ese estudiar a “Jesús de la historia, más en concreto, el Jesús de la historia tal y como se manifestaba y era comprendido por sus discípulos antes de su resurrección” (p.36). La gran limitación estaría, para referirnos a unas expresiones de la Comisión Teológica Internacional, en que “una investigación cristológica que pretendiera limitarse al solo Jesús de la historia, sería incompatible con la esencia y la estructura del Nuevo Testamento, incluso antes de ser objeto de rechazo por parte de una autoridad religiosa magisterial” (Cuestiones selectas de cristología, 1979:227).

Continuidad. En clave cristológica, cualquier interés particular y, muy válido de paso, por la historia de Jesús o, si se desea, el Jesús prepascual, es útil en cuanto primer criterio de validez cristológica, un núcleo fundamental. El Cristo que anuncia el kérigma es un segundo núcleo esencial con una relevancia excepcional histórico-salvífica en el tiempo del Espíritu y de la Iglesia. Y entre ambos, continuidad.

Concluyo con una larga expresión de John Meier que aparece parafraseada en un número de Selecciones de Teología (n.123, v.31): “¿Cuál es, por tanto, la utilidad del "Jesús histórico"? No tiene ninguna, si lo que se busca es sólo el objeto directo de la fe: Jesucristo crucificado y resucitado. El Señor es accesible a todos los creyentes, hayan o no estudiado historia o teología. Pero la investigación sobre el ´Jesús histórico´ puede ser de verdadera utilidad, si la dirige la fe que intenta comprender”.

Finalmente y como palabra última, me parece que la obra de don Luis Diego anima a ir más allá de la ingenuidad, pero anda más cerca de una jesuología que de una cristología en sentido estricto.

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