Es inaceptable que empresarios copien las frías estructuras de cemento de Miami Beach

 5 octubre

Conocí Jacó por allá de 1977. El camino era de tierra y había que cruzar el río Tárcoles en balsa. El lugar era de privilegiada belleza, la tranquilidad y la paz llenaban el espíritu. Contaba con pocos hoteles y de rústica arquitectura, los cuales se complementaban armoniosamente con el lugar, rodeado de almendros y palmeras; dos o tres veces visitamos el lugar. A los hijos, niños entonces, les encantaba y disfrutaban el paseo.

Pasó mucho tiempo, transcurrieron los años; recientemente, de nuevo decidimos pasar por Jacó, aprovechando un paseo por Punta Leona. ¡Qué decepción! En la entrada nos recibió un monstruoso edificio de cemento y varilla, de más de diez pisos y en total abandono; un esperpento, un adefesio, un mamarracho, monumento a una arquitectura perversa.

No hay mal que por bien no venga, porque esa estructura constituye una muestra viviente de lo que no debe hacerse, un ejemplo que no debiera repetirse en nuestras playas.

Edificios de esas dimensiones, deberían ser prohibidos en términos absolutos en esas localidades. Supongo que a las autoridades municipales de Garabito, los regidores y el alcalde, que en mala hora autorizaron la construcción de ese adefesio arquitectónico, ha de remorderles la conciencia al mirar ese estropajo, tal vez de la frustración, lanzaron al cajón de la basura el plan regulador.

El permiso. Me cuesta creer que para esa construcción se hubiese otorgado permiso ambiental porque esas estructuras constituyen una contaminación visual, no tienen armonía con la naturaleza ni con el ambiente. Guardo la esperanza de que en la mala hora en que la municipalidad autorizó la construcción de ese espantajo arquitectónico, nefasto para el lugar, lo hayan hecho movidos por un grave error y no obedeciendo a razones inconfesables de nefasta corrupción.

Resulta inaceptable que empresarios nacionales, o del exterior, vengan a construir edificios en nuestras playas, emulando las frías estructuras de cemento de Miami Beach, destruyendo nuestra identidad, los ecosistemas y la belleza natural de las playas.

En mala hora me parece que esta situación también ha ocurrido en algunos lugares de Guanacaste, en donde hay que ir a buscar el mar detrás de altos edificios. En esos lugares, hace algunos años, llegábamos y las cálidas aguas del océano, a unos pocos metros del camino, acariciaban nuestros pies.

Progreso. El progreso nadie puede detenerlo, algunas veces tenemos que aceptarlo como una realidad, aunque no la compartamos, porque no siempre es para el bien del país; pero en esos sitios podemos aplicar políticas correctas, ecológicas, acordes con la naturaleza, proponiendo un desarrollo que permita encauzar, guiar y regular el progreso que queremos y necesitamos.

Recordemos que el recurso más importante de este país son sus excepcionales bellezas naturales, y eso es lo que busca la mayor parte del turismo nacional e internacional.

Afortunadamente, en la zona Atlántica, fuera de la ciudad de Limón, una ciudad poco cuidada y sucia, lugares como Cahuita, Puerto Viejo, Manzanillo y otros sitios, la naturaleza es lujuriosamente bella; y en la zona sur, en lugares como Drake, Punta Uva, Ventanas, Parque Marino Ballena y en muchos otros sitios, donde también la naturaleza juguetea con el mar, no ha llegado el progreso destructor que se evidencia en Jacó y en algunas partes de Guanacaste.

El Estado, las asociaciones de desarrollo, el Gobierno Central, las instituciones competentes y todos los ciudadanos, tenemos la obligación de ser celosos vigilantes de ese patrimonio invaluable, procurando que los gobiernos locales, que graves errores cometen, manipulados muchas veces por espurios intereses, apliquen políticas correctas de desarrollo, en armonía con la naturaleza para que Costa Rica siga mostrando el encanto que nos regaló el Eterno Padre, como diría José Hernández, en Martín Fierro.

El autor es abogado.