12 marzo, 2014

El historiador Iván Molina publicó en este medio un interesante e informativo artículo, titulado “Anticomunismo e izquierdas ( La Nación , 15 de febrero) en el que hace un análisis parcial de los resultados favorables al Frente Amplio (FA) en las últimas elecciones, además de poner de relieve las contradicciones que, según él, se evidenciaron a lo largo del proceso electoral al interior de dicha agrupación.

Para mi entender, la primera contradicción radicaría en que el FA, sin la menor sospecha del crecimiento que experimentaría durante la contienda electoral, elaboró un programa político dirigido a una minoría de izquierda. La segunda contradicción, según Molina, vendría a ser producto precisamente de este mismo desfase de expectativas entre un programa con un núcleo duro de propuestas de izquierda, por así decirlo, y un electorado creciente que iba sintonizando con Villalta pero al que el candidato frenteamplista se vio obligado, también, a convencer de no representar una postura extremista, tal como se le achacó persisten-temente.

Dicho desgaste contribuyó, además, a sacar a flote contradicciones internas, fundamentalmente con la otra figura de referencia de la agrupación, Patricia Mora, viuda del fundador del partido y ganadora de la primera diputación por San José.

El principal reto del FA, dado este escenario, sería, a criterio del historiador, emprender una especie de renovación programática-ideológica que supondría, entre otras cosas, aceptar que la mayor parte del voto para este partido fue más un voto de protesta contra el statu quo, que de uno de personas que, tras identificarse quizá con algunos valores de izquierda, no necesariamente se estaban políticamente dentro de esta línea. De hecho, según sondeos previos, solamente una minoría de simpatizantes del FA decía alinearse dentro de esta tendencia ideológica.

Ahora bien, lo problemático del artículo, desde mi perspectiva, radica en la distinción cualitativa que quiere introducir Molina, entre una “izquierda tradicional” y una “izquierda renovada”. Entre otras cosas, la última se distinguiría de la izquierda tradicionalista por la importancia que asignaría a temas como los de género y diversidad sexual, algo que, según él, quedó de manifiesto con la polémica en torno a Jorge Arguedas.

Diferencias cualitativas. Mi crítica, sin embargo, apunta precisamente a los criterios a partir de los cuales desea Molina deducir una diferencia cualitativa entre el núcleo duro de izquierda tradicionalista del FA y una izquierda supuestamente renovada, fundamentalmente joven. Desde mi punto de mira, la divergencia de criterios (fundamentalmente, la mayor atención prestada a la problemática de género y otras conexas, no precisamente monopolio temático exclusivo del “ala joven”) no resulta suficiente para inferir una diferencia cualitativa real, mediante la cual pueda tener lugar “una revisión del programa del partido para ajustarlo a los desafíos del siglo XXI con propuestas que miren hacia el futuro y no hacia el pasado, y un cambio decisivo en el discurso de los dirigentes del FA, de manera que se oriente más a sumar que a restar”.

Basta con seguir las publicaciones de la juventud del FA en Internet para caer en cuenta de que, en lo esencial, los jóvenes comparten básicamente una misma visión política, cuando no más extrema aún, con sus correligionarios mayores. Ejemplo de ello es la acriticidad pasmosa, y a veces idolátrica, que suelen exhibir frente a los gobiernos Cuba o Venezuela, cimentada esencialmente en los idénticos prejuicios ideológicos y geopolíticos de la línea tradicionalista.

Con ocasión de las manifestaciones de la oposición en Venezuela, y de la violencia y represión con la que fueron respondidas, la juventud del FA publica en su página de Facebook toda una diatriba frente al reciente pronunciamiento del expresidente Arias en torno a la crisis vivida en ese país. El alegato de los jóvenes frenteamplistas concluye con el esperado llamado a no ceder a las macabras maniobras de la manipulación mediática, vocera de los intereses del imperialismo norteamericano y de la contrarrevolución derechista.

En fin, Molina se equivoca al ver una diferencia cualitativa entre ambas “tendencias” donde efectivamente no la hay, y, si existe, lo es en temas irrelevantes que no tocan el núcleo duro de una misma visión político-económica. Las propias declaraciones de Villalta inmediatamente posteriores al proceso electoral, en las que se refirió a una derecha que roba (PLN) y a otra que no (PAC), son muy representativas de la matriz sectaria de su partido.

Posiciones como las adoptadas frente a los acontecimientos en Venezuela son oportunistas, más cuando ellos mismos son los primeros en pegar el grito al cielo si brota algún tipo de violencia policial durante manifestaciones en nuestro país, pero condonan sin pudor la “violencia revolucionaria”, que no les llega ni a los cordones a los abusos policiales que, de cuando en cuando, podemos presenciar en Costa Rica.

Las razones de esta continuidad profunda no es tema de este artículo, pero habrá que explorarlas, sin lugar a dudas, en una ortodoxia económica común a ambas tendencias, así como en resortes de naturaleza propiamente cognitivo-emocionales que sustentan un fanatismo a prueba de toda evidencia.