17 abril, 2015

Irán se convirtió en un país de alto riesgo para la paz mundial a partir de varios eventos: la formación y consolidación de un régimen muy autoritario, la adquisición de tecnología capaz de producir armas nucleares de destrucción masiva, el desarrollo de vehículos para transportar y disparar esas armas, su incumplimiento reiterado de compromisos que adquirió bajo tratados internacionales que lo obligan y sus amenazas sistemáticas y abiertas de destruir a otro país (Israel).

Todo esto forma un cuadro fáctico que obligó a la ONU, por medio del Consejo de Seguridad, a imponerle sanciones económicas y políticas en varias ocasiones. También Estados Unidos le impuso sanciones por su parte.

No soy experto en el tema para juzgar con certeza si el Plan Integral de Acción Conjunta (JCPOA, por sus siglas en inglés), acuerdo inicial alcanzado en Suiza por el grupo P5+1 e Irán, es suficiente para asegurar que se lograría una disminución del peligro de ataque nuclear de Irán a cualquier otro país.

Recordemos que los países árabes del Golfo también han reclamado sentirse amenazados y zonas europeas podrían estar sujetas a un eventual ataque de ese tipo. Pero acepto la declaración del presidente Obama y varios analistas occidentales (incluyendo israelíes) de que los parámetros acordados en él, y base de un acuerdo final (no lograble antes de junio del 2015) sería la forma más eficaz de evitar que Irán cumpla sus amenazas.

Algunos de los elementos subyacentes más importantes para que el acuerdo final y firmado alcance sus propósitos son: cumplimiento estricto por parte de Irán, de lo firmado; una Agencia de Energía Atómica (AEI) plenamente dotada de capacidad tecnológica, humana y política para cumplir su papel (en este caso y para sus tareas en general); una AEI encabezada y dirigida por expertos plenamente comprometidos y capacitados para cumplir sus funciones; total disposición del grupo P5+1 de asumir sus responsabilidades en caso de que Irán viole lo acordado; y compromiso absoluto de EE. UU. de proteger a sus aliados –especialmente en el Medio Oriente– en caso de violaciones comprobadas por la parte iraní.

Además, la lógica subyacente es que el acuerdo final permitirá que Irán evolucione hacia una sociedad más pacífica y abierta, sin perder necesariamente sus bases islámicas, pero no fundamentalistas ni islamistas. O sea, un reacomodo de fuerzas, producto de la reintegración de ese país a la legalidad internacional, con sanciones que se levantarían gradualmente, según Irán vaya cumpliendo, lo cual permitiría que los sectores moderados y modernizantes de esa sociedad puedan tener más influencia. Recordemos que la sociedad iraní, en general, es más democrática y tolerante que su régimen.

Si eso se diera, la esperanza que ha abierto este proceso estaría justificada, y los esfuerzos del presidente Obama, de los otros líderes y de sus equipos se verían recompensados.

Israel y sus dirigentes tienen razón de estar preocupados. Irán no solo los ha amenazado de una forma inaceptable para un miembro de la ONU, sino que las evidencias apuntan a que bombardeó la embajada israelí y la sede de AMIA en Buenos Aires; financia, apertrecha y entrena a Hesbolá y a Hamás, que han desatado ataques de misiles contra la población civil en Israel y constituyen fuente continua de preocupación. Para Israel hay mucho que ganar o perder en esto; por ello, es entendible su preocupación, pero no deben perder sus gobernantes y líderes la serenidad, pues su seguridad también depende de mantener estrechas relaciones con sus aliados.

A pesar de los justificados temores, como señaló Obama en su entrevista con el gran periodista Thomas Friedman, vale la pena intentar que esta ruta fructifique. Públicamente, él ha garantizado el apoyo total a Israel en caso de incumplimiento iraní y que las sanciones se reinstalarían. Israel, mientras, no renuncia, como no lo haría ningún país, a ser el protector de su propia seguridad. Sus servicios de inteligencia deberán trabajar tiempo extra para monitorear por su cuenta los pasos iraníes, como lo harán sus pares en otros países, sin perjuicio de las responsabilidades propias de la AEI.

Intentar un acuerdo más estricto es siempre válido, la pregunta es si es factible. Si no, oponerse a lo alcanzado solo se explicaría si fuese una situación de “suma cero”.

Para Irán y los P5+1, las ventajas son claras. Para Israel y los árabes sunitas es más complicado: básicamente depende de que al pasar de dos o tres meses a un año, el tiempo crítico de Irán para armar una bomba nuclear compensa el hecho de que dentro de 15 años Irán podría poder operar mayor capacidad tecnológica para ese fin.

Según mi opinión, varios de los supuestos subyacentes antes enumerados tienden a inclinar la balanza hacia una respuesta afirmativa a esta cuestión; pero nadie puede tener certeza en uno u otro sentido. Para la paz mundial, sería muy conveniente que Irán renuncie formalmente a su hostilidad contra Israel, pero, al menos por ahora, no lo hará.

Si lo hiciera, ganaría mucho más de lo que ya obtiene cuando se firme este acuerdo y algunas de las dudas más fuertes podrían desaparecer.

Finalmente, reflexiono que, para resolver los grandes conflictos, se requiere un cambio en la lógica de afrontarlos pacíficamente. En una guerra, todos perdemos, pero la distribución de las pérdidas es desigual. Ojalá sea el inicio de un cambio de lógica en una región donde otros conflictos recrudecen día a día, causando dolor y pérdidas inestimables.

El autor es economista.