Opinión

La interpretación errónea de la educación superior

Actualizado el 17 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

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La interpretación errónea de la educación superior

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CAMBRIDGE – Desde que los economistas revelaron cuánto contribuyen las universidades al crecimiento económico, los políticos han prestado mayor atención a la educación superior. Sin embargo, al hacerlo, a menudo ellos interpretan erróneamente el papel que desempeñan las universidades en formas que socavan sus políticas en el ámbito educativo.

Por ejemplo, Barack Obama, presidente de los Estados Unidos, ha enfatizado repetitivamente la necesidad de aumentar el porcentaje de jóvenes estadounidenses que obtienen un título universitario. Sin duda, este es un objetivo meritorio que puede contribuir a la prosperidad nacional y ayudar a que los jóvenes alcancen el sueño americano. Sin embargo, los economistas que han estudiado la relación entre la educación y el crecimiento económico confirman lo que el sentido común sugiere: el número de títulos universitarios no es, ni de lejos, tan importante como el nivel y la calidad del desarrollo de las habilidades cognitivas de los estudiantes, es decir, el desarrollo del pensamiento crítico y de la capacidad para resolver problemas.

No reconocer este punto puede acarrear consecuencias significativas. A medida que los países adoptan la educación superior masiva, el costo de mantenimiento de las universidades se incrementa dramáticamente en comparación con un sistema de élite. Debido a que los Gobiernos tienen muchos otros programas que apoyar –y las personas se muestran renuentes a pagar más impuestos–, encontrar el dinero para pagar por tales esfuerzos se torna cada vez más difícil. Por lo tanto, las universidades deben tratar de proporcionar una educación de calidad a una mayor cantidad de estudiantes, gastando la menor cantidad de dinero que sea posible.

Alcanzar simultáneamente los tres objetivos –calidad, cantidad y rentabilidad– es una tarea difícil, y la probabilidad de que se deban hacer concesiones en su obtención es muy alta. Debido a que las tasas de titulación y el monto del gasto gubernamental son cifras fáciles de calcular, y a que es difícil medir la calidad de la educación, es muy probable que el objetivo de calidad sea el que tenga que ceder y verse perjudicado. Nadie tendría que saber –y, por lo tanto, nadie podría ser considerado como responsable– cuándo las tasas de titulación suben, pero los anhelados beneficios económicos no se llegan a materializar.

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Una segunda interpretación errónea que realizan los formuladores de políticas es que el único beneficio importante a obtenerse de una educación universitaria es la oportunidad que tienen los graduados de encontrar un puesto de trabajo de clase media y contribuir al crecimiento económico y a la prosperidad. Pero, si bien esta contribución es importante, no es la única que reviste importancia.

Además de la capacidad de encontrar un primer empleo, a medida que la economía evoluciona y las necesidades del mercado laboral cambian, los graduados universitarios parecen adaptarse más fácilmente a dichos cambios, en comparación con aquellas personas que solo tienen un diploma de educación secundaria. Asimismo, los graduados tienden a votar y a involucrarse en actividades cívicas en tasas más altas; además, este grupo tiende a cometer menor cantidad de crímenes, educa de mejor manera a sus hijos y se enferma con menos frecuencia, ya que adopta estilos de vida más saludables.

Los investigadores estiman que estos beneficios adicionales tienen, incluso, un mayor valor que la obtención de mayores ingresos durante todo el ciclo de vida debido a que se recibió un título universitario. Si los formuladores de políticas no dan importancia a estos beneficios, corren el riesgo de fomentar formas de educación más rápidas y más baratas, que van a hacer mucho menos a favor de los estudiantes o de la sociedad.

Estos errores de interpretación se muestran de manera clara y evidente en los discursos de los líderes de los Gobiernos durante el transcurso de las últimas dos décadas. El expresidente Bill Clinton destacó en su discurso del Estado de la Nación del año 1994: “Medimos a cada institución educativa utilizando un alto estándar: ¿Están nuestros hijos aprendiendo lo que necesitan saber para competir y ganar en la economía mundial?”. Desde aquel entonces, George W. Bush y Obama han expresado sentimientos similares al hablar de sus metas relativas a las políticas educativas.

Las mismas actitudes también se manifiestan en otros países. Un ejemplo revelador se muestra en los sucesivos cambios de autoridades jurisdiccionales que rigen las universidades británicas desde el año 1992: las universidades pasaron de estar bajo la autoridad del Departamento de Educación y Ciencia a depender de la autoridad del Departamento de Educación y Empleo, y, en el año 2009, se las puso bajo la jurisdicción del nuevo Departamento de Negocios, Innovación y Habilidades.

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Esta menguada concepción del papel de la educación superior no tiene precedentes. Ignora lo que por larga data se consideró como las aspiraciones más esenciales de la educación: reforzar el carácter moral de los alumnos y prepararlos para ser ciudadanos activos e informados. A la luz de esta tradición, el reciente desplazamiento hacia objetivos materiales es de cierta manera sorprendente. John Maynard Keynes profetizó en la década del año 1920 que, a medida que los países se fueran haciendo más ricos, la preocupación de las personas por el dinero y los bienes materiales disminuiría. En cambio, ha ocurrido todo lo contrario.

Es obvio que los líderes políticos democráticos deben responder a los deseos de las personas, y el dinero y los puestos de trabajo son dos aspectos que claramente se encuentran en las mentes de la gente. De acuerdo con una encuesta reciente entre los estudiantes universitarios de primer año en los Estados Unidos en el año 2012, el 88% citó “conseguir un mejor trabajo” como una razón importante para asistir a la universidad, y el 81% señaló “tener una buena posición financiera” como un objetivo “esencial” o “muy importante”.

Sin embargo, también es una realidad que el 82,5% de los estudiantes de primer año indicó “aprender más acerca de las cosas que me interesan” como una razón importante para asistir a la universidad, y el 73% quería “obtener una educación general y capacitarse para apreciar las ideas”. Entre los objetivos que ellos consideraron “esenciales” o “muy importantes”, 51% mencionó “mejorar mi comprensión de otros países y culturas”, 45,6% citó “desarrollar una filosofía de vida que sea significativa”, y porcentajes importantes listaron otros objetivos similares, como, por ejemplo, “convertirme en un líder comunitario”, “ayudar a promover la comprensión racial” e “involucrarme en programas para limpiar el medioambiente”.

Al final de cuentas, las encuestas sugieren que las personas no anhelan tanto la riqueza, sino que su mayor anhelo es alcanzar la felicidad y la satisfacción que se logra a través de una vida plena y significativa. El dinero ayuda, pero también ayudan otras cosas, como son las relaciones humanas estrechas, los actos de amabilidad, los intereses que absorben y apasionan, y la oportunidad de vivir en una sociedad libre, ética, democrática y bien gobernada. Una economía estancada y la falta de oportunidades representan, sin lugar a duda, problemas, pero también lo son las bajas tasas de votación, la apatía cívica, la indiferencia generalizada con respecto a las normas éticas, y la indiferencia frente al arte, la música, la literatura y las ideas.

Es responsabilidad de los educadores ayudar a que los estudiantes vivan vidas satisfactorias y responsables. Independientemente de cuán bien o mal lleven a cabo esta tarea las universidades, sus esfuerzos para lograr el éxito en ese aspecto son meritorios y dignos del reconocimiento y estímulo de sus Gobiernos. Después de todo, Louis Brandeis dijo: para bien o para mal, “nuestro Gobierno es el maestro poderoso y omnipresente”. Si nuestros líderes se limitan a concebir la educación únicamente como un medio para obtener puestos de trabajo y dinero, nadie debería sorprenderse de si también los jóvenes, con el tiempo, llegan a considerar de la misma manera a la educación.

Derek Bok es catedrático universitario de Investigación en la Universidad de Harvard, de la que fue presidente durante los años 1971 a 1991, y 2006 a 2007. Es autor del libro Higher Education in America. © Project Syndicate.

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