¿Cómo sin comprender nuestra propia evolución podríamos enfrentar los desafíos del presente?

 6 mayo, 2016

No es posible avistar el futuro sin entender el pasado, pero ensayar una breve interpretación de la historia nacional nos ayudará a comprender el próximo Estado. Tal interpretación se logra describiendo las cinco características de cada etapa de nuestra evolución social.

De las lecturas de destacados historiadores contemporáneos, Iván Molina, Orlando Salazar, Juan Rafael Quesada o Claudia Quirós, entre otros, podemos caracterizar cada estadio histórico a través de cinco perspectivas, a saber: 1. La economía y el modelo de Estado que caracterizó cada etapa. 2. Los estamentos sociales que emergieron para liderar cada período. 3. El polo de influencia mundial que regía el mundo en el lapso descrito. 4. Los mecanismos de poder que delinearon la sociocultura de cada etapa. 5. Sus referentes, o sea, los sucesos que –a manera de “mojones” o límites simbólicos– se insinuaron como las señales de muerte de cada edad histórica, sugiriendo, a la vez, el nacimiento de la siguiente.

“Prehistoria” republicana. Un primer período es una suerte de “prehistoria” republicana. Se inicia con la confluencia de nuestro origen, entre otros, del proceso colonizador, y transcurre por los hechos que dieron pie a la independencia nacional.

En cuanto a ese período, la economía se basó en la pequeña posesión agrícola y el modelo de Estado en una forma de gobierno localista, sustentado en los ayuntamientos y cabildos.

El liderazgo social fue ejercido, fundamentalmente, por las autoridades eclesiales y el poder militar colonial, pues los anales nos refieren múltiples ejemplos que evidencian la gran influencia sobre la vida de los habitantes que ambos estamentos ejercían entonces.

En cuanto al centro de gravedad de la influencia mundial, este fue unipolar: sin duda, Europa. Podríamos interpretar que esta primera etapa finaliza con los hechos de la década de 1840, propulsores de un Estado centralista, y que incubaron la autocracia propia del segundo período. De hecho, uno de los más importantes hitos delimitadores que anunciaron la muerte de ese primer período fue la fundación de la República.

Influencia bipolar. Ahora bien, nuestra segunda etapa histórica se caracterizó, en lo económico, por un incipiente mercantilismo agroexportador en alternancia con rasgos supervivientes de la anterior economía de subsistencia, tendencia a la proletarización agrícola y a la concentración de la tierra.

El Estado fue de autocracia militar con una tímida vocación constitucional, pues la sucesión de cuartelazos fue constante para entonces. Esa vez, el centro de influencia mundial fue bipolar: Europa y Estados Unidos.

El nuevo agente social emergente durante ese período fue la clase agroexportadora, y el mecanismo de control social fundamental fue el ejército. Aquel contexto fue enterrado por los acontecimientos del decenio de 1940, haciendo surgir una tercera etapa: la del Estado interventor social de derecho. Dicho período histórico nace con los procesos de cambio que fueron promotores de las garantías sociales y la Constitución de 1949. Allí, la economía se caracterizó por un mercado protegido, en buena medida una economía estatalmente intervenida, agroexportadora, pero con pretensiones industrializadoras. Se ensayó, además, lo que se denominó el modelo de sustitución de importaciones.

El Estado, en apogeo del constitucionalismo presidencialista, conservó el diseño centralista experimentado desde el carrillismo. En cuanto al centro de poder mundial, en dicho lapso histórico este permaneció bipolar, pero bajo una bipolaridad distinta: la de la Guerra Fría Estados Unidos-Unión Soviética.

El agente social emergente fue el estamento profesional e industrial. El primero, con un importante protagonismo desde la función pública, donde dirigió el Estado interventor, incluidos el monopolio público financiero y el de energía. Tanto así que a la par de la agroexportación tradicional surgió un fuerte sector industrial y agroindustrial al amparo del crédito controlado por el monopolio financiero. El poder público y sus fuentes paralelas fueron una vía usual de ascenso social, lo que entonces inyectó prestigio a la función pública.

Cultura del conocimiento. Pero ese contexto, iniciado con los hechos de la década de 1940, sufrió sus estertores de muerte con el colapso monetario de los albores de la década de 1980, el cual derrumbó nuestros índices económicos. Dolor de parto que, en nuestra versión doméstica, hizo nacer, con sus amenazas y posibilidades, la actual cultura global del conocimiento. Masificación absoluta de la comunicación e interrelación mundial que vaticinó Ortega y Gasset en su Rebelión de las masas.

Desafío de competitividad global que nos obliga no a inhibir el crecimiento o el desafío global, sino a ligar a la alta tecnología la protección ambiental y el desarrollo agrícola e industrial. Y como país, irrumpir con excelencia en la economía internacional de los servicios, especialmente informáticos, turísticos, tecnológicos, inmobiliarios y financieros.

En esta etapa, los índices han demostrado la conveniencia de la apertura de nuevos actores en la economía, como ya sucedió, por ejemplo, al implementar la banca mixta. Ella fue la primera de las aperturas que dinamizaron nuestra economía.

En cuanto al perfil del Estado moderno, más que uno sustentado en burocracia centralizada, este debe convertirse en un poder público regulador de carácter descentralizado y concesionario, fundamentalmente sustentado en mecanismos de participación y poder ciudadano.

Al mismo tiempo, el gran mecanismo de influencia que hoy moldea la sociocultura nacional son los medios de comunicación, incluida allí, cada día con más fuerza, la cultura digital.

Ahora bien, en lo que al liderazgo emergente se refiere, este está hoy básicamente asociado a la nueva economía global de alto valor en conocimiento. De ahí la fundamental importancia de la educación para garantizar la distribución de la riqueza.

Finalmente, al ser ahora el centro de influencia mundial multipolar, algún fenómeno ocurrido en cualquier región estratégica del planeta, en apariencia ajena a la realidad de las demás naciones protagonistas, incide en ellas, sin que exista una superpotencia autosuficiente capaz de ejercer dominio fundamental.

Por eso, aun Estados Unidos, en un afán por enfrentar la competencia que le impone Asia, ha debido buscar asociaciones comerciales, como lo hicieron antes los países europeos. ¿Cómo no hacerlo nosotros también? ¿Y cómo, sin comprender nuestra propia evolución, podríamos enfrentar los desafíos del presente?

El autor es abogado constitucionalista.