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Lo inmediato domina el panorama

Actualizado el 22 de mayo de 2015 a las 12:00 am

Nuestro futuro se eterniza en un limbode complacenciaso condenas

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El primero de mayo, el presidente, Luis Guillermo Solís, se dejó en el tintero uno de los procesos más estratégicos de su gobierno: un mapa de ruta hacia el desarrollo, en el que trabaja un amplio abanico de actores.

Se trata de la labor de dos consejos presidenciales, dirigidos por las dos vicepresidencias, como continuación de una iniciativa de la administración pasada. En ningún otro entorno nacional existe un diálogo tan rico y propositivo.

Más allá de ocasionales pactos de coyuntura entre fuerzas políticas, para sacar ventaja en un entorno enrarecido y lleno de confrontación, en estos foros se produce la sustancia de grandes acuerdos nacionales.

Ahí se analizan problemas de competitividad y productividad. Se habla de otorgar el énfasis al valor nacional agregado y a los encadenamientos para fortalecer el impacto interno de la inversión extranjera y de las exportaciones. Se proponen iniciativas para acortar brechas entre la oferta educativa y la demanda productiva. Se plantean fallas en cuanto a flexibilidad laboral en el mercado de trabajo y en la formación del capital humano, con propuestas de educación dual. También se proponen mecanismos para la superación de la llamada tramitomanía, especialmente en instituciones relacionadas con la producción, tan decisivas en el combate contra la pobreza.

Enfrascados en faccionalismos. ¿Construcción seria de una agenda nacional o saludo a la bandera? El silencio del presidente disminuye su trascendencia y deja abierta la inquietud. Yo prefiero pensar en otra falla de comunicación.

El problema de países como el nuestro, enfrascados como estamos en faccionalismos, es que no vemos más allá de nuestras narices. Lo inmediato domina el panorama y se vislumbran solo las victorias de unos a costa de las derrotas de otros.

En un ambiente así, de suma cero, nuestro futuro prometedor siempre se eterniza en un limbo de complacencias o condenas, entre apologías del pasado y promesas para el futuro, sin llegar nunca a decisiones colectivas.

Para mí, esa es la trampa. Los sectores políticos se saben de memoria las tareas obligatorias para el despegue económico, pero nadie alcanza el poder de convocatoria de fuerzas sociales que se traduzca en voluntad política para actuar de forma estratégica con un mínimo sentido de urgencia. Sabemos lo que tenemos que hacer, pero no lo estamos haciendo.

Recetas no faltan. En estas mismas páginas, aparecen todas: la angustia por el costo de la energía, la poca calidad docente y educativa, la todavía rampante exclusión escolar, el bajo nivel técnico de la fuerza laboral, el crecimiento del desempleo, la dualidad productiva, las brechas territoriales y el déficit fiscal, asunto en el que su reconocida gravedad en vez de facilitar acuerdos extrañamente los entorpece.

¿Por qué esa abundancia de claridad en tareas nunca se concreta en acciones? Tal vez porque la medicina es siempre amarga y exige agrias decisiones colectivas, de repartición de sacrificios y responsabilidades.

Ejemplos externos. Ese es el gran ejemplo que nos dejan los países que, después de estar como nosotros, han superado sus escollos. No se trata de copiar iniciativas particulares, que responden a problemas propios. La lección que nos ofrecen es la capacidad que tuvieron para crear un entorno de reconocimiento del contrario, para superar la desconfianza y lograr grandes acuerdos nacionales. Eso, que sería el mejor “cambio” imaginable, nosotros no lo estamos logrando.

Lo logró Corea mediante la Declaración conjunta tripartita sobre la forma justa de compartir la carga en el proceso de superación de la crisis.

Lo logró Irlanda por medio de su Social Partnership Programmes, convertidos en cultura política inspiradora de empresas, sindicatos y Gobierno.

Lo lograron Finlandia y los países escandinavos, y hasta es sugerente la gran coalición alemana, donde grandes filosofías políticas opuestas están siendo capaces no solo de obtener acuerdos, sino también de gobernar juntas. Lo está logrando –¡hasta eso!– México, donde representantes de los tres principales partidos políticos alcanzaron un acuerdo marco que permitió reformas profundas en plazos antes inimaginables.

Falta de consenso. Si queremos medir la distancia que separa a Costa Rica del desarrollo, podríamos enumerar tareas pendientes, pero yo creo que más importante que hacer listas es precisar el intervalo que nos separa de un entorno propicio para alcanzar consensos dolorosos.

Tenemos un sinnúmero de tareas pendientes y urgentes, pero nos rodea un ambiente político de sistemática confrontación, que sabotea su realización.

Las fuerzas políticas mayoritarias siguen prefiriendo los pactos pasajeros con fuerzas minoritarias y marginales, que se establecen coyunturalmente para obtener ventajas sobre los oponentes, en vez de abandonar la persistente descalificación del contrario para alcanzar grandes acuerdos nacionales a favor del empleo, la innovación, la calidad educativa, la flexibilidad laboral, la responsabilidad fiscal.

¿Cómo llegar ahí? ¿Cómo lograr que los pactos políticos nos acerquen a decisiones trascendentales y no a una mayor confrontación?

El presidente Solís dijo, en su rendición de cuentas, que Costa Rica está en proceso de salir de la adolescencia democrática. Yo creo que tiene razón, pero necesitamos dejar de estar en proceso y, finalmente, madurar.

Es posible definir la madurez democrática como la capacidad de superar la adolescencia conflictiva, donde nos divide la trampa de los pactos con minorías, fundados en chantajes, para concertar alianzas de mayorías que permitirían un pacto por Costa Rica.

Obviamente, no estamos ahí. Esa camisa todavía nos queda grande.

La autora es catedrática de la Universidad Estatal a Distancia.

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