Opinión

No seamos tan ingenuos

Actualizado el 09 de abril de 2014 a las 12:00 am

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No seamos tan ingenuos

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Con motivo de la triste situación que están viviendo nuestros hermanos venezolanos, se han vuelto a escuchar lamentos ancestrales que dicen: “Nunca nos imaginamos que esto fuera a suceder”, “La sumisión nos tomó por sorpresa” y, desde luego, “La comunidad internacional nos ha dejado solos y los organismos internacionales no funcionan cuando verdaderamente se les necesita”. Por manifestaciones como estas, Maquiavelo, hace más de 500 años, recomendaba a los príncipes que es más seguro ser temido que querido.

La historia de las naciones está saturada de casos de invasiones o de golpes de Estado que se quedaron con el poder o la posesión durante muy largo tiempo, y, antes de esto, sus habitantes repetían que su país era diferente y que tal cosa nunca les podría ocurrir. Y es que, precisamente, cualquier cosa puede presentarse, si todos creemos que eso no puede suceder entre nosotros, como lo ha señalado Nassim Taleb. Es aquí donde radica el gran error que después nos lleva a lamentarnos. ¡Todos somos vulnerables y lo debemos tener muy presente!

Sofisticación. Ahora, los impostores y déspotas se han sofisticado y, en lugar de recurrir a las armas, se confabulan para llegar al Gobierno por medio de elecciones y, en general, con un programa esencialmente populista que resulta muy tentador para las grandes mayorías. Una vez electos, comienzan a maniobrar para controlar los otros poderes del Estado y, absolutamente, todas las instituciones, incluyendo a los medios de comunicación. Además, modifican la Constitución para poder reelegirse indefinidamente y eliminar con violencia a los partidos de oposición y cualquier manifestación de protesta.

Cuando esta situación está consolidada, o antes, aparece en escena Cuba con su ejército de médicos generales trabajando en zonas urbanas marginadas y en las áreas rurales más abandonadas, y, además, con unos servicios de inteligencia especializados en la prevención de levantamientos y la dura represión. Aquí es donde se hace visible la pérdida de la libertad y de las garantías individuales. Se trata de un nuevo tipo de invasión camuflada que muy pronto se vuelve indispensable para la perpetuación en el poder que se busca, y, entonces, prácticamente cogobiernan.

Lo anterior está sucediendo, con distinta intensidad, en varios países latinoamericanos, a pesar de que, en ellos, la ingenua población afirmaba, hace poco, que ahí eso nunca se vería. Evidentemente, la izquierda radical no ha muerto e intenta resucitar en los países poco desarrollados, con el apoyo logístico y diplomático de Rusia, la experiencia represiva de Cuba y los petrodólares de Venezuela, empleando la nueva estrategia de llegar al poder mediante los instrumentos propios de la democracia, a fin de destruirla una vez que controlen los poderes del Estado.

Es necesario aguzar los sentidos para detectar y corregir oportunamente, y en forma permanente, las manifestaciones cíclicas del virus del comunismo, que, aunque debilitado y disfrazado con diversos nombres, merodea en un sector de la clase media urbana, que desconoce la historia y, por lo tanto, tiende a repetir sus errores, como dijera Hegel.

El caso reciente de Crimea y los ya un poco antiguos de Venezuela e isla Calero tienen que servir para recordarnos que estas trágicas sorpresas acechan, y que, en consecuencia, no podemos estar nunca de brazos cruzados.

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