14 abril, 2014

El rey concederá la mano de su hija solo a quien resuelva el siguiente acertijo: hay tres cofres que contienen monedas –de oro (A), de plata (B) y de plomo (C)–, y los pretendientes de Porcia (así se llama la chica) tienen derecho a extraer una moneda únicamente de una caja. Pero existe la gran dificultad de que los cartelitos de cada urna están equivocados, todos, y primero habrá que poner los rótulos correctos.

Esto ocurre en Venecia, año 1600, según Shakespeare, y la pieza se llama El mercader de Venecia . Después de varios actos fallidos, el enamorado Bazanio saca una moneda de C y observa que es de oro, no de plomo; toma entonces la etiqueta de A y la pone en C, y en C pone B. El retrato está, según el nuevo orden, en A. Cuestión arreglada.

Pero, dentro de la misma pieza, nos asalta luego un ingenio de terror: alguien contrae un préstamo usurario que dice por escrito que, si el deudor no paga, el prestamista puede cobrarse con una libra de carne de su cuerpo. La defensa acude a tiempo y convence al juez de que dicho cobro no es posible sin verter una gota de sangre, lo que implica la nulidad de la acción.

El ingenio hoy se usa poco y en forma mecánica. Pero es una herramienta para la vida y evita la violencia. Artistas como Shakespeare lo sabían y nos incitaban a usarla. Demos gracias.