Opinión

Una infraestructura incomparable

Actualizado el 13 de mayo de 2014 a las 12:00 am

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PEKÍN – Después de muchos meses con indicadores económicos desalentadores, el Consejo de Estado chino ha revelado un paquete de “miniestímulo”, centrado en la construcción de vivienda social y la expansión del ferrocarril. La decisión llega un mes después de que el primer ministro Li Keqiang declaró que China había fijado su meta de crecimiento anual en “alrededor del 7,5%”, la misma del año pasado. Las implicaciones son claras. Si bien el crecimiento impulsado por el consumo continúa como meta de largo plazo para China, la infraestructura seguirá –al menos, a corto plazo– como motor principal de la economía de ese país.

Por supuesto, China no es la única economía que depende de la inversión en infraestructura para respaldar el crecimiento económico. El Banco Mundial estima que las inversiones en infraestructura representaron aproximadamente la mitad de la aceleración en el crecimiento económico del África subsahariana entre el 2001 y el 2005.

Según el Banco, un aumento de la inversión en infraestructura del 10% se asocia a un crecimiento del PIB del 1%. Esas inversiones también generan empleo, tanto a corto plazo, por la creación de demanda de materiales y mano de obra, como a largo plazo, para los servicios relacionados. Por ejemplo, cada $100 millones invertidos en el mantenimiento de caminos rurales se generan, aproximadamente, entre 25.000 y 50.000 oportunidades de empleo.

Pero estos beneficios se diluyen en China, debido a su excesiva dependencia del financiamiento público. De hecho, en los últimos años, menos del 0,03% de las inversiones chinas en infraestructura –que correspondieron, aproximadamente, al 9% del PIB– dependieron del capital privado.

Este problema no se limita a China; del 7,2% del PIB que los países asiáticos destinan, en promedio, al desarrollo de infraestructura, solo cerca del 0,2% cuenta con financiamiento privado. Por el contrario, en Latinoamérica y el Caribe, el capital privado financia el 1,9% y el 1,6%, respectivamente, de la inversión en infraestructura.

Las deliberaciones en el G20 han dado dos posibles explicaciones a la incapacidad de los países asiáticos para atraer más capital privado a proyectos de infraestructura. La mayoría de los países en desarrollo sostiene que el problema yace en la provisión de capital: los inversores prefieren cubrir sus carteras de infraestructura con proyectos de bajo riesgo, y las empresas de seguros y los bancos enfrentan regulaciones excesivamente restrictivas. Los países de la OCDE, como Alemania, responden que ese problema es la falta de activos que justifiquen la inversión; sencillamente, no hay suficientes proyectos con valor para los bancos.

De hecho, ambas explicaciones son correctas, pero ninguna de ellas es completa. Es hora de que los líderes asiáticos reconozcan que la falta de financiamiento privado para los proyectos de infraestructura no puede ser reducida a un problema, ni incluso a dos, y desarrollen soluciones integrales que tengan en cuenta la totalidad del alcance de este desafío.

Para eso, en primer lugar, es preciso abandonar la visión que asimila los activos de infraestructura al paradigma de las clases de activos tradicionales, como las acciones, la deuda o los inmuebles. La infraestructura debe ser redefinida como una nueva clase de activo, según múltiples consideraciones.

Para empezar, tenemos el elemento de bien público de muchos proyectos de infraestructura, que exige obligaciones gubernamentales contingentes, como niveles de cobertura universal para los servicios básicos. Para que sus proyectos resulten más atractivos a los inversores privados, las externalidades económicas deben ser internalizadas y se debe establecer un vínculo entre la tasa interna de retorno, que interesa al inversor comercial, y la tasa económica de retorno, que interesa a la sociedad.

Además, serán necesarios mecanismos innovadores para proporcionar nuevos activos a los inversores. Esto requiere la creatividad que se encuentra y se cotiza en los mercados. A este efecto, se debe dar espacio a los patrocinadores del sector privado para iniciar proyectos valiosos.

La nueva clase de activos necesitaría su propio perfil estandarizado de riesgo/rentabilidad, que dé cuenta, por ejemplo, de los riesgos políticos que puede implicar la participación del sector público y las menores rentabilidades de la infraestructura respecto del capital privado tradicional. Además, los riesgos asociados con la nueva clase de activos cambiarían a medida que los proyectos pasen de la etapa de los estudios de factibilidad a las de construcción y funcionamiento, por lo que cada fase atraería distintas fuentes de financiamiento. Una clara comprensión de este proceso permitiría a los potenciales inversores evaluar proyectos más eficazmente, algo crítico para alentarlos a comprometer su dinero.

Otra cuestión importante es la considerable especialización técnica que requieren las inversiones en infraestructura, que las torna más complejas que la mayoría de los activos. De manera similar, sería necesaria una red de actores especializados para garantizar que la intermediación de las transacciones de infraestructura sea eficiente y rentable, en vez de fragmentada y lenta, como en la actualidad.

Para países que carecen de la sólida posición fiscal china, la necesidad de atraer capital privado para las inversiones de infraestructura resulta obvia. Con casi el 70% de la población del África subsahariana sin acceso a la electricidad y el 65% de los sudafricanos sin acceso a servicios sanitarios básicos, no hay mayor imperativo que planificar, financiar, construir y mantener activos de infraestructura.

Pero la inversión privada en infraestructura aún es vital incluso en países como China, pues aporta la potencia y el dinamismo del mercado, que mejora la asignación del capital y promueve la transparencia. De hecho, una mayor participación del sector privado reduciría mucho la probabilidad de escándalos como los que tuvieron lugar en el sector ferroviario chino.

En pocas palabras, redefinir la infraestructura como una nueva clase de activos es la única forma creíble de atraer financiamiento para su construcción e impulsar así el crecimiento económico y el empleo a largo plazo.

Es tiempo de acción para los líderes asiáticos.

Justin Yifu Lin, execonomista en jefe y vicepresidente ejecutivo del Banco Mundial, es profesor y decano honorario de la Escuela Nacional de Desarrollo de la Universidad de Pekín, y director fundador del Centro Chino para la Investigación Económica. Su libro más reciente es The Quest for Prosperity (La búsqueda de la prosperidad).

Kevin Lu es miembro distinguido de la Iniciativa Mundial para el Capital Privado de Insead y director gerente en Partners Group, una empresa de capital emprendedor con alcance mundial. © Project Syndicate.

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