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Las ilusiones perdidas de Turquía

Actualizado el 02 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

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Las ilusiones perdidas de Turquía

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PARÍS – “Día tras día, Europa se va distanciando de Turquía”, declaró la semana pasada el ministro turco para Asuntos de la Unión Europea, Egemen Baðýþ. Pero también sucede lo contrario: con una mezcla de desilusión y desafío, Turquía ha estado alejándose por sí sola de Europa en años recientes. “Si no nos quieren”, parece ser que dicen los turcos, “nosotros realmente no te queremos.”

En realidad, casi tres años después del comienzo de la Primavera Árabe, Turquía está más en la búsqueda de sí misma que de Europa, incluso si los turcos no están dispuestos a admitir que necesitan más a Europa que esta a ellos. ¿Qué es Turquía actualmente?, ¿cuáles son sus valores? y ¿cuál es su destino en un ambiente regional tan inestable?

La Primavera Árabe fue vista al principio como una gran oportunidad para Turquía, un escenario ideal en el que se podía poner de relieve el éxito económico del país, el modelo político democrático y su papel estratégico esencial en la región. Los herederos de uno de los grandes imperios del mundo estaban mostrando a todos que el islam y la modernidad eran perfectamente compatibles, y un ejemplo en el que se podían inspirar países árabes como Egipto.

En cambio, el papel de Turquía provocaba reservas en los egipcios; después de todo, el Imperio otomano los gobernó. Además, en lo que se refiere a los turcos, tenían un sentimiento de superioridad frente al mundo árabe.

El colapso de la Unión Soviética despertó nuevas ambiciones otomanas en los turcos, en lo que se refiere al Cáucaso y Asia Central, y las revoluciones en Medio Oriente parecían ofrecer la oportunidad de vengar su pérdida a los herederos (si no es que huérfanos) de un imperio que había caído desde hace mucho. Si una Europa floja y temerosa no quería a Turquía, peor para ella; la historia estaba ofreciendo alternativas mucho más gloriosas a los turcos.

Si bien, vista desde Bruselas o París, Turquía podía parecer demasiado oriental o demasiado religiosa, desde el Cairo o Túnez parecía un puente ideal musulmán entre el Occidente democrático y la Asia económicamente dinámica. Además, Turquía podía usar dos hechos poderosos debido a su política de “buen vecino” con dos países socios y rivales, Irán y Siria, así como su respaldo a la presidencia de corta duración de Mohamed Morsi en Egipto.

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Por desgracia, las esperanzas de las élites turcas (o, más bien, las expectativas) no se cumplieron. El fin de las revoluciones árabes acabaron por exponer las propias debilidades y contradicciones de Turquía, que empeoraron con las políticas represivas y estilo político arrogante del primer ministro Recep Tayyip Erdoðan. Esto se hizo evidente en las manifestaciones que se propagaron esta primavera empezando por la plaza Taksim de Estambul hasta el resto del país, aunque las manifestaciones tenían más en común con las revueltas recientes en Brasil o las de París en 1968 que con los movimientos populares de Egipto o Túnez.

Actualmente, los turcos se caracterizan más por el temor a una desintegración que por su esperanza y orgullo por la influencia en aumento del país. El asunto curdo inquieta a los turcos, al igual que la sensación creciente de que están perdiendo control en dos cuestiones esenciales: las crisis en Siria y en Irán.

En meses recientes, el Gobierno turco ha adoptado una postura cada vez más dura hacia el régimen del presidente sirio, Bashar al-Assad, convencido de que va a caer. El acuerdo recientemente concluido entre Estados Unidos y Rusia es –visto desde este contexto– un asunto que causa frustración: por el precio de destruir su propio arsenal químico, el régimen puede haberse salvado.

Así, pues, Turquía debe preguntarse cuál es el beneficio de cortejar a Occidente. ¿Por qué reanudar, bajo la presión de Estados Unidos, un diálogo casi normal con Israel, si no se cumplirán los resultados o, peor, si la política estadounidense los traicionará?

De igual manera, la retórica moderada del presidente iraní, Hassan Rouhani, junto con el posible avance de la disputa entre Occidente e Irán sobre el programa nuclear de este último, ha provocado en Turquía la sensación de inutilidad o aislamiento. ¿Cómo puede un país percibirse o ser percibido por otros como un actor regional clave, si está marginado en un momento crítico?

La historia sigue su curso en Medio Oriente, pero no en la dirección que Turquía quisiera. Además, como el crecimiento económico del país está perdiendo dinamismo, su gobierno se endurece y su actuación diplomática se convierte en una razón de decepción creciente, muchos turcos ahora se preguntan abiertamente qué sucedió. Sin embargo, en lugar de hacer un ejercicio de introspección positivo, se repliegan en un nacionalismo estridente, tan defensivo que muestra una falta de seguridad en sí mismos.

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El desafío actual para Turquía es superar las ilusiones perdidas. Y esto significa que los turcos pueden necesitar a Europa más de lo que están dispuestos a admitir, incluso ante sí mismos.

Sin embargo, ¿está lista Europa y dispuesta hoy, más de lo que lo ha estado antes, para emprender conversaciones serias con Turquía?

Dominique Moisi, profesor del Instituto de Estudios Políticos de París, es asesor del Instituto Francés de Asuntos Internacionales. Actualmente es profesor visitante del King’s College de Londres. © Project Syndicate.

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