Tres ignorancias

Importa saber decir “no sé”, aprender toda la vida y buscar personas que nos retroalimenten

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Desde pequeños, en la escuela, nuestros profesores trataban de averiguar si sabíamos –o no– la materia. Nuestros padres, por su parte, nos enviaban a las aulas con la esperanza de que los maestros nos enseñasen “todo lo que sabían”. En aquel mundo “sabe o no sabe” el sabelotodo era el consentido de la maestra y la ignorancia era única: usted conocía o no la respuesta, sin punto medio. Empero, de cara al futuro, se impone un nuevo paradigma, que nos invita a manejar la idea de que hay diferentes tipos de ignorancia...

La paradoja de la relevancia. Cierto profesional, considerado una eminencia en su disciplina, es invitado a dar clases en una universidad. Pronto resulta obvio que su desempeño como profesor es muy deficiente: aunque conoce de sobra la materia, no la sabe enseñar (algunos estudiantes se desmayan del aburrimiento, otros se angustian al verlo estallar en cólera cuando algún despistado pifia la respuesta; el resto se retira ofendido cuando responde a sus preguntas con una mirada de lástima).

Este profesional me comenta su intención de ser “un mejor profesor”; para ello, desea cursar un postdoctorado en un tema que lo apasiona: ¡la cromodinámica cuántica! Empero, elevar su sapiencia al cubo no lo ayudará a alcanzar su objetivo de ser un mejor docente: lo que realmente necesita es más autocontrol emocional y mejores estrategias didácticas. Es claro que este individuo está tratando de mejorar en un área que no es la que realmente urge.

Este es un ejemplo de la paradoja de la relevancia –un tipo de ignorancia–, que apunta que “los individuos buscan la información que creen necesitar, que no siempre es la que realmente necesitan”.

Muy interesante. Otra ceguera del saber se da cuando confundimos “estar informados” con “saber”. Así, por ejemplo, un padre que se sumergió en la Wikipedia para ayudar a su hijo colegial con una tarea sobre calderas, “está informado” sobre el tema. Por su parte, una ingeniera mecánica, con 15 años de experiencia exitosa diseñando e inspeccionando calderas, “sabe” sobre el asunto.

Igual ocurre con algunos estudiantes, que estudian la materia resolviendo los ejercicios sencillos, mientras evitan los complicados –los que finalmente aparecen en el examen–. Así, están enterados de los contenidos, pero difícilmente saben lo que hace falta para superar las pruebas.

Este es un caso particular de “ceguera cognitiva”, una condición en la que el individuo no es consciente de su ignorancia (“no sabe que no sabe”). Peor aún, pareciera haber personas orgullosas de esta condición: “expertos” medio informados, cuyos desatinados comentarios producen carcajadas, asombro o enojo en aquellos que saben.

El “Rey del karaoke”. En 1999, Justin Kruger y David Dunning publican el artículo “Unskilled and unaware of it”; jocosamente traducido al español como “Son unos inútiles y no lo saben”, el texto presenta el Efecto Dunning-Kruger, según el cual las personas con escaso talento en un dominio particular, tienden a sobreestimar su propia habilidad y su incompetencia les impide tomar conciencia de su situación.

Así, por ejemplo, en las fiestas, nunca falta un aventado karaokero, que empuña el micrófono convencido de que es una mezcla entre Sandro, Nino Bravo y Andrea Bocelli. Algunos soportan estoicamente el trago amargo de ver su canción favorita hecha pedazos; el resto se divide entre los que se doblan de la risa y los que –hundidos en verguenza ajena– solo esperan que la tierra se los trague de una vez.

Lección de humildad. Claro está, todas las personas podemos ser víctimas de estas tres ignorancias: pulimos nuestras fortalezas mientras descuidamos áreas que deberíamos trabajar con urgencia, hablamos como expertos sobre temas de los que apenas estamos enterados y juramos que somos buenísimos haciendo cosas estrepitosas. De ahí la importancia de saber decir “no sé”, querer aprender toda la vida y buscar personas que nos retroalimenten de manera asertiva y poco complaciente.

En el viejo paradigma educativo, demostrar ignorancia era un problema (la antesala de una mala nota y la señal de que no habíamos estudiado o puesto atención). En el nuevo paradigma educativo, tomar conciencia de nuestra ignorancia relativa –y la de otros– es solo una condición de base para seguir aprendiendo. Con humildad. Entre todos.

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