¿Dónde fallamos cuando equiparamos realidades distintas? en el principio de identidad

 6 julio, 2015

La familia es importante. Es una comunidad esencialmente educativa. Está comprometida con funciones sociales estratégicas como engendrar la siguiente generación, la formación en valores, el cuidado de los más débiles, promover la cohesión inter generacional, entre otras.

La familia entrega identidad. Constituye el tejido relacional de la persona humana a través de identidades personales. La primera identidad familiar en el orden personal es la filiación. Todos somos hijos. Somos hijos de un hombre y una mujer concretos y sexualmente diferenciados. La relación filial no es un simple hecho biológico. Supera el dato biológico. Es una relación interpersonal.

La primera identidad familiar en términos absolutos es la conyugal. De ella derivan todas las identidades familiares. Marca con su “señal” de origen la identidad de la persona y sus relaciones de parentesco. El primer parentesco es el conyugal. La relación conyugal es la fuente, el origen del parentesco mismo. Las relaciones de parentesco fluyen de ella.

La relación de conyugalidad tiene su base en la diversidad y complementariedad sexual. Somos seres sexuados. El sexo es algo profundo. Es un modo de ser. La conyugalidad es una estructura natural. Es la experiencia humana natural más profunda de intimidad personal: la unión en el ser. Una unión que conlleva la maternidad y paternidad potencial.

El parentesco contiene diversos elementos. El primer elemento supone un sustrato biológico. Puede darse una relación de ascendencia o descendencia, llamada de línea recta proveniente de la generación. Asimismo puede darse la llamada línea colateral, donde existe una proximidad del tronco común. Proceden de un mismo matrimonio, sin que exista relación de ascendencia directa entre ellos. Es el caso de los hermanos, primos, tíos y sobrinos. Existe una conexión biológica en este primer sustrato.

El segundo elemento del parentesco de consanguinidad es el hecho sociológico vinculado a la cultura, lugar, tiempo y circunstancias personales y colectivas. El parentesco tiende a unir a las personas de una forma natural, espontánea, con una proximidad e intimidad específicas. Se debe cuidar que no existan abusos de autoridad o confianza para proteger la dignidad y el carácter de la cercanía familiar proporcionada por vía biológica.

El primer deber de la familia es honrarse. Reconocer su identidad. El matrimonio es una unión de varón y mujer. Una unión en la virilidad y feminidad. Un pacto sellado con libertad y con sangre. ¿Dónde fallamos cuando equiparamos realidades distintas? en el principio de identidad. Lo que es distinto, es distinto. Lo que es distinto no puede ser igual.

En una unión entre personas del mismo sexo no es posible la conyugalidad porque no pueden darse y recibirse en plenitud su masculinidad y feminidad, ni puede darse una real paternidad o maternidad. No hay discriminación: una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

Nuestra humanidad es amablemente sexuada, nuestra naturaleza puede comunicarse profundamente gracias a la conyugalidad. Encarnar esta realidad del amor conyugal es uno de los retos más grandes y hermosos para quienes hemos recibido la vocación al matrimonio. Una patria no para “tener” sino para vivir y ser.

Soy mujer. Soy hija, esposa y madre de cinco maravillosas personas, gracias a Dios y al hombre que elegí como esposo hace veinticuatro años. Él es mi patria, yo soy su patria y creo que hemos “hecho patria”.