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Ser humano y naturaleza en la era del Antropoceno

Actualizado el 05 de junio de 2013 a las 12:00 am

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Ser humano y naturaleza en la era del Antropoceno

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Somos habitantes del Antropoceno. En el 2000, Paul Crutzen, premio Nobel de Química por sus trabajos sobre el ozono atmosférico, forjó este nuevo término para denominar la época que se abrió con la industrialización, un periodo en que adquirimos una potencia técnica inédita de modificar la Tierra. Cambio climático patente y acelerado, desertización, deforestación, pérdida de la biodiversidad y graves enfermedades producidas por la contaminación ambiental, son solo algunos aspectos de la cara perversa de esta nueva era.

La desmesura ha sido considerada en la sabiduría de numerosos pueblos como un grave defecto que puede llegar a ser letal. Así, en la Antiguedad clásica, Sófocles pintó al personaje mitológico que la representa, Áyax, como victimario pero también víctima de su desmesura ( hybris ). Podemos decir que el Antropoceno es tiempo de una desmesura tan enorme que, frente a ella, los errores de Áyax parecen insignificantes. Ya no se trata, como en la tragedia griega, de un hombre castigado por los dioses a causa de su soberbia y que decide, desesperado, darse la muerte, sino de millones de seres humanos que destruyen el ecosistema que habitan y del que forman parte, llevando a la humanidad al borde del abismo. Hasta ahora, el movimiento ecologista, las personalidades intelectuales y científicas que han dado la voz de alerta, e incluso el Panel Intergubernamental para el Cambio Climático están relegados a uno de los papeles del coro en la tragedia griega: anticipar y comentar con lucidez la marcha ineluctable de los personajes hacia su triste destino.

La profunda irracionalidad de nuestra relación con el medio ambiente tiene causas tanto económicas como ideológicas. La globalización neoliberal revela la desmesura de un sistema económico que requiere crecer sin cesar para mantenerse. Toda consideración social o ecológica que implique alguna limitación del lucro es desestimada en nombre de la eficacia y la libertad. Solo se admite la “mano invisible” del mercado, dejando a las personas y a los ecosistemas indefensos frente a especulaciones financieras y actividades contaminantes e irresponsables de la agroindustria y la megaminería. Mientras tanto, la publicidad se encarga de crear el tipo de individuos más convenientes para la aceleración del círculo de la producción y el consumo. A menudo se sirve de estereotipos femeninos y masculinos para lograrlo. La búsqueda del lucro a costa de todos y de todo propia de esta dinámica económica es la configuración moderna de los antiguos sesgos culturales del antropocentrismo extremo y del androcentrismo.

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El primero es esa concepción del mundo según la cual todo existe para los fines del hombre ( anthropos , ser humano). Con escasas y honorables excepciones, la religión y la filosofía han reforzado esta idea que cómodamente justifica el dominio y la explotación sin límites de la naturaleza. ¿Cómo llegamos a instalarnos en esta creencia que hoy se revela suicida? Algunos filósofos, como Hobbes o Nietzsche, sostuvieron que la voluntad de poder es constitutiva del ser humano. Pertinente constatación que, sin embargo, ha de ser completada: la capacidad de ayuda mutua es también constitutiva de nuestro ser.

Androcentrismo ( andros , varón) es otro concepto clave para la comprensión de la ideología del dominio. El sesgo androcéntrico de la cultura proviene de la bipolarización histórica extrema de los papeles sociales de mujeres y varones. En la organización patriarcal, la dureza y carencia de empatía del guerrero y del cazador se convirtieron en lo más valorado, mientras que las actitudes de afecto y compasión relacionadas con las tareas cotidianas del cuidado de la vida fueron asignadas exclusivamente a las mujeres y fuertemente devaluadas. En el mundo moderno capitalista, bajo la búsqueda insaciable de dinero y el omnipresente discurso de la competitividad, late el antiguo deseo de poder patriarcal. De ahí que una mirada crítica a los estereotipos de género sea también necesaria para alcanzar una cultura de la sostenibilidad. No se trata de caer en esencialismos ni en un discurso del elogio que haga de las mujeres las salvadoras del ecosistema, sino de reconocer como sumamente valiosas las capacidades y actitudes de la empatía y el cuidado atento, enseñarlas desde la infancia también a los varones y aplicarlas más allá de nuestra especie, a los animales –esclavizados y exterminados a una escala sin precedentes– y a la Tierra en su conjunto.

Desde muy diferentes ámbitos, numerosos hombres y mujeres luchan hoy por dejar atrás las ideologías del mercadocentrismo, el antropocentrismo y el androcentrismo. Buscan un nuevo modelo de relación con la Naturaleza, más igualitario y sostenible, más empático, inteligente y solidario. Son conscientes de los peligros y las posibilidades del Antropoceno y han decidido redefinir el futuro de la humanidad. Es hora de sumar fuerzas en este gran proyecto de otro mundo posible.

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Alicia H. Puleo, filósofa, profesora en la Cátedra de Estudios de Género en la Universidad de Valladolid, España. Actualmente, dirige el proyecto de investigación  I+D  La igualdad de género en la cultura de la sostenibilidad. Valores y buenas prácticas para el desarrollo solidario, que cuenta con un equipo de investigación internacional. Su último libro, publicado por editorial Cátedra, se titula  Ecofeminismo para otro mundo posible.

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