Opinión

De las hormigas a los hombres

Actualizado el 23 de mayo de 2014 a las 12:00 am

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De las hormigas a los hombres

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Llegan las primeras lluvias después de un verano luminoso y cálido, y desfilan presurosas las hormigas, llevan en sus tenazas semillas blancas de roble, seguidas de sus hermanas más pequeñas. Estas transportan diminutas hojas tiernas, botadas por el viento.

Hace apenas un instante el cielo estaba azul, pero se ha puesto gris, y, como si las hormigas lo supieran, su marcha se ha vuelto más ligera, como si presintieran la lluvia. Animosas, cumplen cuanto anida en sus entrañas. Los hombres, en cambio, conscientes de esa nuestra ley natural, rompemos los esquemas y vamos por el mundo abriendo trillos sin rumbo, a veces dando tumbos. Unos van diciendo: “Por aquí no”. Y otros, como las hormigas, camino a su madriguera, van repitiendo: “Por aquí sí”.

Plenamente humanos. Si a la luz de la ciencia y la técnica se uniera la luz trascendente y sobrenatural de la vida, el mundo sería más armonioso, justo y humano. Salido de las manos del Creador para sus hijos, modificamos y hasta destruimos sus leyes, y no llevamos a nuestro corazón las semillas blancas y las hojas tiernas. De las hormigas a los hombres, la brecha se ha vuelto más honda y peligrosa. Vivimos dentro de un “contexto adverso”, en un mundo dominado por los valores económicos e inclinado al abandono de los valores humanos y espirituales, propios de nosotros las personas. Al contrario, y como expresa el papa Francisco, “llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero” (Exhortación apostólica Evangelii gaudium).

¡Cuán estresante se vuelve el mundo, si el hombre se siente autónomo e independiente, y poseedor de una libertad sin fronteras, alejada de la verdad, de la solidaridad y del amor! En ese momento se cierra las puertas a sí mismo, se desconoce, la persona se aleja de la sociedad, o, simplemente, se ocupa un puesto en el mundo y se pierde el deseo de vivir. Volver a las fuentes, a lo que siempre hemos sido, a las leyes consuetudinarias –como diría Aristóteles– es un imperativo existencial invaluable.

Si pasamos de las hormigas a los hombres, ese abismo podemos salvarlo teniendo presente la “imagen y semejanza” de quien estamos hechos. Y, si tanto nos cautivan los valores económicos, al menos síganse las instrucciones del fabricante, cuando se adquiera un objeto de valor, para no estropearlo. ¿Por qué, entonces, la persona humana no lee las suyas?

Volver a las raíces. Luis Rosales, premio cervantes de la literatura española, opina al respecto: “Igual que en tiempo de Cervantes, somos muchos los que creemos que el mal del siglo solo tiene un remedio: hay que volver a encontrar nuestras raíces y descubrir una manera de ser hombres que nos devuelva la vigencia del espíritu de comunidad, una razón vital que dé sentido a nuestros actos y le devuelva a nuestra sociedad la unidad que ha perdido, y una nueva manera de vivir nuestra fe; es decir, tenemos que llegar a ser hombres, a ser españoles y a ser cristianos de manera más perfectiva, esforzada y total. No nos gusta la vida que vivimos –como tampoco le gustaba a Cervantes– y nuestra obligación es que la suya le guste más a nuestros hijos” (Cervantes y la libertad, tomo I, pág. 24). Aquí caben aquellas entrañables palabras del Apocalipsis: “Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida”( Jn. 2,10).

Este regreso a las raíces, no lo necesitan las hormigas, pues nunca han transgredido su ley natural, pero nosotros sí. Busquemos el camino.

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