Opinión

Los hombres que no amaban

Actualizado el 21 de abril de 2013 a las 12:00 am

Boston: los terroristas deambulaban ajenos, en espera de las vidas fragmentadas.

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Las terribles imágenes del atentado en Boston se han quedado grabadas en la mente colectiva. Las hemos visto mil veces y siempre impresionan. El instante en que el júbilo de una tradicional carrera se quiebra en el espanto de la explosión. Un niño muere después de abrazar a su padre. Las extremidades de víctimas inocentes saltan por los aires. En el tumulto nadie repara en los dos jóvenes que se alejan impávidos.

Gracias a los videos. Habríamos deseado no ver nunca tan duras imágenes, pero gracias a los videos de los aficionados y a las cámaras de seguridad se pudo identificar a los responsables de la masacre. Fue una labor de horas y horas diseccionando la película recuadro tras recuadro. Era el único modo de armar el rompecabezas que, una vez completo, podía ilustrar los momentos previos a la tragedia.

No pude evitar recordar la trama de la famosa trilogía de Stieg Larsson, Los hombres que no amaban a las mujeres. En la novela del desaparecido autor sueco los protagonistas, Lisbeth Salander y Mikael Blomkivst, desentrañan el secreto de un crimen horrendo visionando una vieja grabación que encierra el misterio. Y en el rebobinar, la ampliación del grano y la cámara lenta el singular dúo compuesto por el periodista y la hacker consigue poner al descubierto las atrocidades cometidas por los hombres que no amaban a las mujeres.

Los dos hermanos. Aún no se conocen a ciencia cierta los motivos que empujaron a los dos hermanos a causar tanto daño, pero es evidente, y el video donde aparecen es prueba de ello, que no albergaban remordimiento sino el convencimiento de que llevaban a cabo una cruzada. Ese lunes soleado en el que la multitud festejaba y los bostonianos presumían de su bella ciudad, los terroristas deambulaban ajenos, a la espera de ver volar por los cielos las vidas fragmentadas de desconocidos que seguramente les sonrieron antes del instante fatídico.

En la película que recoge el momento último de la felicidad antes de la mortal sacudida, el público se mezcla con los dos fanáticos y sus destinos se cruzan en la curva de una esquina. Hay globos en la escena y niños que corretean. Si la imagen se hubiera congelado, todos los ojos se habrían posado en dos individuos indiferentes a la celebración. Enajenados en su quimera. A punto de detonar las esquirlas de su odio.

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La pesadilla de Boston. Pero en los filmes todo fluye frente a la cámara y los protagonistas pasaron por alto la ominosa presencia de unos personajes secundarios que sobraban en el encuadre y rompían la secuencia de una historia que se había escrito con final feliz. En la novela de Larsson los villanos eran hombres que no amaban a las mujeres. En la pesadilla de Boston dos jóvenes que no amaban desbarataron la felicidad que rozaba la meta.

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