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El hombre que no le vendió el alma al diablo

Actualizado el 05 de abril de 2015 a las 12:00 am

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El hombre que no le vendió el alma al diablo

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Fue la noticia más surrealista de la semana pasada: resulta ser que el dalái lama, a punto de cumplir ochenta años, ha dejado entrever que podría no reencarnarse. Sin perder tiempo, el Gobierno chino ha puesto el grito en el cielo, y asegura que será quien tenga la última palabra sobre la reencarnación del líder espiritual del Tíbet.

En el fondo de este asunto, que parece un puro chiste, lo que está en juego es la lucha de los tibetanos por recobrar su independencia política y religiosa frente a la ocupación que China comunista perpetró en la década de los cincuenta y que continúa hasta nuestros días con matanzas indiscriminadas.

El dalái lama, cuyo nombre es Tenzin Gyatso, es consciente de que el Gobierno chino está a la espera de su muerte para seleccionar ellos al décimo quinto dalái lama. Lo que pretenden es ejercer el control que se les escapa en un territorio en el que sus más de tres millones de habitantes solo reconocen la autoridad moral de Gyatso, exiliado desde 1959 en la localidad india de Dharamsala.

Inteligencia y astucia. Detrás de la eterna sonrisa y el gesto afable del dalái lama persevera un hombre sabio y práctico que ha sabido maniobrar con inteligencia y astucia. Además de sus enseñanzas, el guía espiritual tibetano ha sabido sortear los complots para eliminarlo de un régimen que incluso ha secuestrado a discípulos que se perfilaban como sus sucesores.

Ahora, a sabiendas de que está en el tramo final de su vida en la tierra, Tenzin Gyatso le lanza un órdago a China al sugerir que podría ser el último en llevar el título y que, en última instancia, los propios tibetanos podrían elegir democráticamente a su próximo líder espiritual.

La fe religiosa no obedece a razones explicables, sino a designios divinos y misteriosos. En el caso del budismo, el alma o el espíritu viajan o aparecen en distintos cuerpos en una cadena de aprendizaje a lo largo de diversas vidas. El dalái ha dicho que con casi toda seguridad su viaje terrenal podría concluir sin una reencarnación, lo que a todas luces estropea el plan que tiene el Gobierno chino de apropiarse de su espíritu, como si se tratara de embargar una casa o un negocio particular.

Por demencial (y lo es) que parezca el empeño de los burócratas chinos a cargo del aparatoso Comité de Asuntos Religiosos y Étnicos del Gobierno, en realidad es lo único que saben hacer los comunistas. Expropian bienes materiales y también expropian el bien más preciado de los hombres, que es el de su libre albedrío.

Por eso, dentro de los esquemas perversos del totalitarismo, es razonable que haya una junta encargada de prohibirle al dalái lama la voluntad última de echar a volar su alma en otras vidas o practicarle una eutanasia que salvaría a los tibetanos de una figura de paja al servicio de los intereses chinos.

El gobierno se atreve a decirle al dalái lama que solo ellos dan permiso para reencarnarse, al igual que únicamente ellos gobiernan sin partidos políticos opositores. Y solo ellos marchan en las calles porque los disidentes son masacrados en la plaza de Tiananmen o se pudren en el presidio político.

Solo el Gobierno dicta cuántas veces al día se puede consultar Google. Y solo su opulenta nomenclatura estipula por decreto los salarios miserables de millones de trabajadores que laboran hacinados en fábricas donde malviven. A nadie debe extrañarle, pues, que un ministerio pretenda imponerle la reencarnación a Tenzin Gyatso.

Pero si las religiones se mueven en el opaco terreno de los dogmas, más insólito resulta vislumbrar de qué modo un régimen ateo y materialista puede imponer algo tan etéreo como una reencarnación.

De todos los mecanismos de opresión y coacción que emplean los comunistas para reducir a los individuos, hasta ahora el más novedoso es este intento de expropiar la reencarnación del dalái lama. Ellos, que son maestros en construir quinquenios de mentiras, recurrirán a toda suerte de patrañas ideológicas para justificar lo injustificable.

Un día Tenzin Gyatso se irá de este mundo y en la tierra de la que tuvo que huir siendo un joven se escucharán los lamentos de las trompetas tibetanas. Nadie podrá confiscar la soberanía de su alma. Ni siquiera el siniestro Gobierno chino.

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