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El ‘hombre nuevo’, 36 años después

Actualizado el 22 de julio de 2013 a las 12:00 am

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El ‘hombre nuevo’, 36 años después

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Hace 36 años, el Ché Guevara aseguró que un “hombre nuevo” garantizaría el triunfo del comunismo en Cuba. Durante su viaje por América, se preguntó: ¿Cómo hacer para fomentar el triunfo perdurable del comunismo en el continente? Según la obra Ernesto Guevara,el socialismo y el hombre nuevo (México, Siglo XXI Editores, 1977), “luego de analizar su interrogante consiguió una respuesta justa y propicia: crear un nuevo tipo humano”.

“La transformación radical de la sociedad exige una profunda variación de las estructuras mentales de los individuos”, resolvió Guevara. “La creación del hombre nuevo va orientada a la realización de esos cambios radicales que buscamos: la transformación perdurable de estructuras sociales, de las instituciones políticas y del régimen existente”.

La base fundamental del hombre nuevo, aseguró Guevara, es la educación; “ya que es allí donde se va a lograr el cambio de conciencia, ideológicamente hablando…Una nueva generación irá creciendo con ese fervor característico de un buen revolucionario”.

Para el Ché, una revolución sólo sería auténtica y perdurable cuando fuese capaz de crear ese hombre nuevo, un completo revolucionario que debe trabajar todas las horas de su vida y sentir que no es un sacrificio, porque está empleando todo su tiempo en la lucha por el triunfo del comunismo. “Esta actividad es lo que verdaderamente debe complacer al individuo, ¡trabajar con esmero!”.

“(La revolución) no es únicamente una transformación de las estructuras sociales, de las instituciones del régimen; es además una profunda y radical transformación de los hombres, de su conciencia, costumbres, valores y hábitos, de sus relaciones sociales”.

Treinta y seis años más tarde, el domingo 7 de julio del 2013, el presidente de Cuba, Raúl Castro, en un discurso ante el Parlamento, habló sobre lo que le sucedió a ese nuevo hombre que el Ché creía indispensable crear.

Se quejó Raúl Castro de los cubanos actuales, de la corrupción, de los robos, de que se orinaban en público, de que al criar cerdos en la ciudad la hacían mal oliente, de la descomposición moral, del deterioro de la responsabilidad cívica y de la pérdida de valores como el honor, la decencia y el decoro. Se quejó de la entrega y aceptación de sobornos.

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Arremetió con furia contra la “indisciplina social” que definió como dar gritos y decir malas palabras en la calle, tomar licor en público, manejar bajo la influencia del licor, lanzar basura en la orilla de los caminos y defecar en los parques.

“Cuando medito sobre estos despliegues, me hace pensar que a pesar de los innegables logros educativos de la Revolución…hemos retrocedido en la cultura y el espíritu público”, lamentó el presidente.

Se quejó, también, de que la gente llega tarde al trabajo, del destrozo en los parques, monumentos y jardines, del robo de líneas de teléfonos y eléctricas, del robo de cloacas y señales de tránsito, de la evasión del pago del transporte público, de maestras que aceptan sobornos a cambio de buenas notas y de los niños que lanzan piedras a los carros y los trenes.

“Todo esto”, dijo Castro, “sucede bajo nuestras narices sin que incite una condena pública y un enfrentamiento revolucionario”.

Sentenció que “no es aceptable equiparar la vulgaridad con la modernidad, la dejadez y la negligencia, con el progreso. Vivir en sociedad significa, en primer lugar, aceptar las reglas que preservan el respeto por la decencia y el derecho de los otros”.

Pero dejó para el final de su discurso la condena, en los términos más implacables, de los “efectos corrosivos de la corrupción oficial”, citando a su hermano Fidel en cuanto a que esta actividad representa “un riesgo mayor para el éxito de la Revolución Cubana que cualquier fuerza externa”.

La revolución comunista de Cuba está a punto de naufragar a pesar de ese “hombre nuevo” que hace 36 años el Ché aseguró que la haría perdurar.

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