Opinión

Una historia monetaria

Actualizado el 16 de marzo de 2017 a las 12:00 am

El estudio de monedas y precios puede traer buenos y malos recuerdos

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John M. Keynes sostenía que estudiando el desempeño de las monedas de los países se puede conocer mucho de la salud macroeconómica de estos. Altas devaluaciones significan que las cosas no se manejan bien o que recién han sufrido choques externos, e.g., un deterioro en los términos internacionales de intercambio o pérdidas por fenómenos naturales como terremotos y sequias.

La alta dolarización de la economía (i.e., los ahorros y los precios de todo lo importante se expresan en monedas duras) es muestra de que la gente no tiene confianza en las autoridades domésticas. La Venezuela de Maduro sirve de ilustración de una y otra cosa.

Yo agrego que el estudio de monedas y precios también puede traer malos recuerdos (como la hiperinflación alemana de principios de la década de 1920) y buenos, como los que me propongo contar de seguido.

Resulta que en un local comercial situado (como diría un mexicano) en el mero mero San José, me encontré recién con que en una gran caja de madera tenían para la venta, a precios muy razonables, gran cantidad de monedas viejas, inútiles, de Costa Rica.

Ninguna de ellas tiene uso en la actualidad, pues, por su escaso valor de cambio, quien quisiera utilizarlas como medio de pago en una autopista de peaje crearía una presa mayor que las que se forman con las reparaciones frecuentes del puente de la platina. Tampoco sirven para ahorrarlas en un chanchito de arcilla, pues más caro sería este que su contenido, lo cual va contra la lógica del ejercicio.

Reminiscencia. Al verlas con cuidado se me vinieron a la mente recuerdos muy agradables de juventud y, también, de otro tipo. Comienzo con estos. Resulta que no todas las monedas que pude ver, y comprar, que van en denominaciones de 5, 10, 25 (que también fue conocida como una peseta, una “cora” o dos reales), 50 céntimos (cuatro reales) hasta de 1 y 2 colones, fueron emitidas por el mismo ente.

Encontré algunas que, al lado del año de emisión, tenían las iniciales que hoy conocemos del BCCR (por Banco Central de Costa Rica); pero otras decían BNCR (Banco Nacional de Costa Rica) y, las más viejitas, BICR (Banco Internacional de Costa Rica).

En efecto, el BCCR fue creado en 1950 y antes de que él existiera la emisión monetaria en nuestro país estuvo a cargo del “Departamento Emisor” del Banco Nacional de Costa Rica. Más antes, esa función correspondió al Banco Internacional de Costa Rica. En 1917, emitieron billetes el Banco de Costa Rica, el Banco Anglo Costarricense y el Banco Mercantil, todos de propiedad privada.

En sus escudos de armas, dentro de un marco que representa el café, todas las monedas que comento tenían cinco estrellas de igual magnitud, que representaban los cinco departamentos de la República (pues al emitirse el escudo original, en 1848, Puntarenas era una comarca y Limón parte de la provincia de Cartago). Fue a partir de 1964 cuando se agregaron al escudo dos estrellas, para completar las siete provincias actuales.

Tesoro antiguo. Hoy, nadie se esfuerza por tener una moneda de 5 céntimos de colón, excepto que sea para tapar un huequito en algún lado. Pero en la década de 1950 ella le permitía a uno comprar un helado a base de agua (valía el doble si era de leche), un banano o un bollito de pan.

Con diez céntimos se compraba un guapinol o, en la cafetería que en Moravia estaba al lado de la parada de buses, todo lo que uno con la mano pudiera agarrar de maní tostado. Esto llevaba a que no siempre la compra se fuera en el primer intento, sino hasta en el quinto, si el comprador consideraba que había logrado en este asir lo más posible.

Quince céntimos valía el viaje en cazadora (bus) de Guadalupe a San José y veinte, el de Moravia a San José. También veinte céntimos cobraban por la onza de queso bagaces molido, para ponerles a los ricos macarrones con salsa de tomate que los viernes, cuando no se comía carne, en la casa se preparaban.

Me parece que veinticinco céntimos valía la libra de sal, cincuenta la de frijol negro y setenta y hasta noventa céntimos (dependiendo de la calidad, es decir, de la proporción de grano entero) la de arroz. La entrada al cine del pueblo costaba una peseta si se trataba del matiné y cuatro reales si era para la tanda de la noche. Tal vez en el teatro Palace, Raventós o Variedades, en San José, los precios eran más altos, en parte porque eran más lujosos y porque los rollos con películas llegaban allá un par de meses antes que a Moravia, que es el pueblo que utilizo como referencia.

La chapa. Nótese que no he mencionado aún la moneda de 2 colones (la “chapa de dos”), pues a mediados de la década de 1950 no la conocía. Por eso me alegró encontrar en esa tienda en San José varias monedas de dos colones, una de ellas emitida por el BNCR en 1948. ¿Quién entre mis coetáneos sería el feliz que pudiera tenerla?, ¿qué cosas no podría comprar? Podría con ella ir a las fiestas de Plaza González Víquez, comprar todo lo que quisiera y, aun así, le sobraría un poco de plata. Y el enamorado llevar al cine a su enamorada y hasta comprarle “chicle bomba”.

Por esa época, los compañeros de escuela solíamos llegar temprano los lunes después de un turno-feria en el pueblo, pues en la plaza, perdidas en el zacate del sitio donde se había jugado la lotería, solía uno encontrar algunas monedas como las que aquí menciono.

Un día un chavalo encontró, en total, como 35 centavos, pero usual era encontrar unos 15 o 20, que en el recreo grande cambiaban de mano porque había varias pulperías y verdulerías cercanas que vendían productos muy apetecibles para los chiquillos y chiquillas de escuela primaria.

Nótese que tampoco he mencionado los billetes, pues ellos eran manejados solo por las personas mayores. Mas, por ese entonces, un día, que bien recuerdo, al lado norte del templo católico encontré, en una bolsa de papel de media libra, un rollo de billetes de cinco colones que totalizaban nada menos que ¢250.

Sin aire, y un tanto tembloso, me fui corriendo a mi casa a enseñar lo que había encontrado. Y mi papá, quien prematuramente murió unos años después, en 1956, me dijo: “Eso no es suyo. Eso a alguien se le perdió. Llévelo a la Casa Cural para que el padre lo anuncie, discretamente, en las misas del domingo y lo devuelva a su dueño”. Y conforme a esa orden (y enseñanza) procedí.

El otro asunto que había querido comentar en este escrito es el relativo a la lógica y el modus operandi de un sistema de “banca libre”, común en el mundo antes de la aparición de la monopólica banca central, en que los bancos privados emiten dinero. Pero el espacio se me agotó, por lo que lo reservo para otra oportunidad.

El autor es economista.

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