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Los hijos de papá

Actualizado el 06 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

Los hijos del pueblo arriesgan navegación incógnita sin garantía alguna de sobrevivir

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Eusebio Leal, historiador de la ciudad de La Habana, y el más brillante orador del régimen cubano, acaricia la cabeza de los niños del prójimo cuando la ocasión es oportuna, sin otra razón que la nostalgia. No puede compartir con sus nietos ausentes. Viven en el extranjero.

Glenda Murillo Díaz, psicóloga, 24 años de edad, acaba de cruzar la frontera de México con Estados Unidos, ley pies secos, pies mojados, y automáticamente recibe la residencia norteamericana. Se instaló en Tampa, Florida, con familiares ya asentados. Nada original en esta aventura si no fuera porque Glenda es hija del vicepresidente Mario Murillo, zar de las reformas económicas de Cuba. Y hasta posible sucesor de la dinastía Castro.

Los hijos del comandante Ramiro Valdés, histórico de Sierra Maestra e indispensable en cualquier gobierno de los hermanos, instruye a sus descendientes en el exterior, sin fecha de retorno a la Isla.

Varios jerarcas siguen iguales pautas. Hasta el bigotón que lee el noticiero estelar de la TV exportó a sus vástagos.

Defenestrados, pero previsores, el exsegundo en mando, Carlos Lage, y el tantas veces proclamado delfín, Felipe Pérez Roque, aseguraron a sus primogénitos, antes de sufrir degradación cívica. El Lage Jr., de líder universitario, encendido verbo patriótico, pasó a silencioso refugiado en España. La profesional médica Pérez saltó de Venezuela a Guyana y se diluyó en el mapa, sin rastro de ella. Ninguno de los señalados habla en contra del sistema para no perjudicar a la familia anclada en Cuba.

La deserción – al amparo de privilegios de salida— ha creado una estampa real de la Cuba en estampida. ¡Sálvese el que pueda! Los balseros, alto riesgo, duro, acaso romántico, a merced de designios letales de un mar encaprichado y los hijos de papá tranquilos vía libre, salto aéreo. Aguardan, creen en promesas de futuro, los fanáticos y los obligados a creer, mayoría.

Más de medio siglo acumulan perspectiva los ciudadanos de la isla de Cuba. Es un largo viaje sin luz, ruta al olvido. Libreta de racionamiento, corderos en manada, sin derecho al pataleo, ley de peligrosidad para encarcelar a quien estornude política, límite de movimientos, perdida la esperanza de vivir algún día la esperanza.

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Cualquier discrepancia que asome, la respuesta oficial y de los paniaguados no dispone de duda, es clásica: la culpa de todos los males la tiene el enemigo de siempre, el Norte con su bloqueo. La frase es cierta, pero al revés. Porque la semántica es el consolidado juego nacional e internacional de la dirigencia criolla.

Kennedy firmó el embargo mientras fumaba un veguero. Inteligente, al fin, el asesinado mandatario envió un recado a Fidel Castro, por medio del periodista francés Jean Daniel, anciano pero aún testimonial, de que levantaría las prohibiciones. En Dallas se cambió el rumbo americano. Murió JFK y desapareció la apertura.

Tal vez por el generado interés electorero de los presidentes norteamericanos que siguieron, desde Kennedy a Obama, el asunto de Cuba, lejos de encararse con franqueza, se avinagró por las partes, al tiempo que se les sirvió en bandeja a los Castro la disculpa coyuntural para dominar a su pueblo ¿Qué otra cosa es hoy la Isla sino un corral con gallo? El bloqueo es la coartada perfecta. La ceguera del Departamento de Estado conduce a situaciones paradójicamente inexplicables.

Eliminado el embargo/bloqueo, la antorcha de la libertad se movería de Pinar del Río a Guantánamo, circularía el aire fresco de la democracia por los rumbos de la brújula, salvando el cerco mental de una revolución fallida. El asedio provoca defensa numantina. Y se escenifica Fuenteovejuna porque nada une más que la debilidad.

Los hijos de papá se colocan a buen recaudo. Bien dotados. Los hijos del pueblo arriesgan navegación incógnita sin garantía alguna de sobrevivir. Es la pequeña gran diferencia entre quien sostiene el poder con mano de hierro, y quien, doblegado, lo padece con sudores. Vivazo y camello. Las ideologías adornan cual amuleto.

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