Opinión

Los hijos de las cenizas

Actualizado el 05 de enero de 2013 a las 12:00 am

Debe haber un plannacional paraeventuales erupciones volcánicas

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Los hijos de las cenizas

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Cuando el gobernador Diego de la Haya escribió sus reportes de la erupción del volcán Irazú en 1723, San José no existía ni siquiera como aldea, de modo que no viviría su primera caída intensa de ceniza sino casi dos siglos y medio después, en 1963. Ya algo de ceniza había experimentado un siglo antes, cuando las erupciones del Turrialba en 1864-66 le habían recordado que se asienta en un valle flanqueado al norte y noreste por volcanes activos o dormidos.

Este año se cumple medio siglo de aquel triste episodio originado por el Irazú, que duró con vigor veintitrés meses, hasta febrero de 1965, el cual perdura en la memoria de la minoría de los ticos, aunque en su momento fuera resaltado en la afamada revista internacional Time, por ejemplo. Aquellos que fuimos concebidos y nacimos en esos aciagos días, podemos ser considerados auténticos hijos de las cenizas, como ya algún escritor lo ha sugerido. Aunque para hilar más fino, los habitantes del Valle Central occidental podemos ser todos considerados hijos de cenizas, puesto que casi todo el valle es de constitución volcánica y está tapizado en toda su extensión por varios metros de cenizas producidas por la Cordillera Volcánica Central en el último cuarto de millón de años.

El año pasado nosabocamos a un estudio sobre peligros volcánicos del Turrialba, y un capítulo importante ha sido la posible orientación de sus cenizas en caso de una erupción futura. Hemos confirmado con el estudio nuestras suposiciones previas de que gran parte del Valle Central sería afectado por las cenizas del Turrialba, en mayor o menor escala, e incluso interferirían notoriamente con el tráfico aéreo de nuestros aeropuertos.

Valga entonces la efeméride para recordar no solo las cenizas del Irazú, sino las del Turrialba de hace casi siglo y medio, que algún día nos volverán a molestar. Otros volcanes, como el Barva, que ha permanecido medio milenio dormido, también despertarán en el futuro, y así otros varios que duermen o mantienen actividad discreta, eruptarán en algún momento.

No debemos olvidar que estamos sometidos a una gama de amenazas naturales, para lo cual una adecuada gestión del riesgo debe primar y debe haber planes nacionales y protocolos para cuando nos vuelva a suceder una emergencia como la del Irazú. No son las más frecuentes, pero sí son engorrosas. O, como diría con su elegante prosa el nobel Mo Yan, “El peligro real no lo encarna un perro con colmillos afilados, sino la sonrisa dulce de, por ejemplo, la Mona Lisa”.

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