16 marzo, 2015

Mientras en otras latitudes hay minorías que pugnan fervorosamente por su derecho a expresarse oficial y públicamente en su propia lengua, en este país se da un fenómeno curioso: nuestra clase gobernante trata de imponer, por todos lo medios, la enseñanza de una lengua extranjera –el dialecto inglés estadounidense– hasta ponerla casi al mismo nivel de la lengua nacional que nos une.

El fenómeno es sorprendente: posiblemente el único caso en el mundo en que una lengua nacional mayoritaria se hace el harakiri al aceptar esta competencia por parte de una lengua detrás de la cual hay una potencia hegemónica que ya, en su propio país, ha borrado casi toda la rica presencia lingüística de sus pueblos nativos.

Lo anterior puede parecer un punto de vista extremo y hasta oscurantista o patriotero; pero hay numerosas pruebas para lo afirmado.

Para empezar: oficialmente, nuestro Ministerio de Educación ha impulsado ya por varias administraciones, sin excluir la actual, la enseñanza masiva del inglés en el ámbito amplísimo de su competencia. Tanto que, no bastando con su implementación desde siempre en la educación secundaria oficial (deficiente, como sabemos), la impuso no hace mucho como materia obligatoria en toda la educación primaria, incluso –como es usual– sin tener un cuerpo docente debidamente preparado en lo profesional, de lo cual son prueba las abundantes quejas de los padres de familia.

Recientemente, son numerosos los lamentos oficiales porque solo un 15% de los estudiantes “habla” inglés (aunque en este país basta con el balbuceante chapurreo de una lengua extranjera para adjudicarse plenamente tal capacidad).

Por otra parte, sorprende tanto énfasis en el aprendizaje de una determinada lengua extranjera cuando resulta tan obvio el pésimo dominio del español hablado y escrito por parte de nuestros estudiantes, incluso de buena parte de nuestros estudiantes universitarios, sin excluir a muchos de sus profesores.

Se impone preguntarse: ¿qué hacen las instituciones oficiales –ante todo el Ministerio mencionado, lo mismo que el de Cultura– para promover, impulsar y defender nuestra lengua como parte irrenunciable de la identidad nacional? Lo mismo puede demandarse acerca de la responsabilidad que compete a otras instituciones públicas y privadas, de las que uno esperaría un mayor protagonismo en el buen uso de la lengua y su constante divulgación y enseñanza: las universidades (sobre todo públicas), la Academia Costarricense de la Lengua y, por supuesto, los medios de comunicación, responsables de tantos dislates y atentados contra nuestra lengua común.

Pésimas consecuencias. Pero el bilingüismo, oficial o no, ha tenido pésimas consecuencias en el imaginario colectivo.

Basta dar unos pasos por cualquier pueblo o ciudad del país, o basta recorrer las carreteras, para darse cuenta de hasta qué punto la penetración, innecesaria y hasta ridícula del inglés, es evidente: en los nombres de los negocios (Pepe’s bar), en los rótulos para vender o alquilar propiedades ( For rent, On sale ) y en muchos casos más, con el agravante de que muy frecuentemente los errores ortográficos son de antología. Ni qué decir del habla popular, de lo cual don Beto Cañas en algún lugar escribió: “Pues hoy día, ¡cielo santo! / cuesta darnos a entender: / Japy Berdi, Beibi Chauar / Ay tenkiu, yes, very güel .

Y no es que estemos por un nacionalismo exacerbado, todo lo contrario: el aprendizaje de idiomas extranjeros abre ventanas para integrarnos a una cultura de alcance mundial y salir así de nuestra rutinaria visión de campanario. El inglés, en particular hoy día, es de conocimiento casi obligatorio si se quiere estar al día en numerosos campos profesionales.

Lo que desde nuestro modesto punto de vista es inadmisible es el servilismo lingüístico, guiado tal vez por el fuego fatuo de un afán mercantilista, que exagera el cultivo y empleo injustificable de una lengua extranjera ahí donde la nuestra es lo suficientemente rica y expresiva para toda clase de situaciones de comunicación.

Se hace necesario un mayor empeño de nuestras instituciones, de todo tipo, para darle al español el lugar privilegiado que le corresponde como parte fundamental de algo que se está perdiendo, en ese y en otros campos: nuestra identidad cultural.

Valga para esto recordar unas palabras de don Juanito Mora, el héroe nacional que nos defendió en 1856 contra los afanes expansionistas de la gran potencia de las barras y las estrellas, palabras de gran vigencia citadas recientemente en este mismo diario: “Los pueblos que no defienden lo suyo terminan siendo inquilinos en su propio país”.

El autor es profesor jubilado de la Universidad de Costa Rica.

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