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Estamos en guerra

Actualizado el 18 de noviembre de 2015 a las 12:00 am

Europa tiene una crisis de identidad y necesitaba un proyecto nuevo. Pues bien, lo encontró

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PARÍS – Desde los ataques terroristas de enero contra el semanario satírico Charlie Hebdo y un supermercado kosher, los parisinos sabían que la barbarie acechaba a la vuelta de la esquina y que volvería a golpear. Pero una cosa es saber algo, anticiparlo, y otra enfrentarse a la triste realidad. En la noche del viernes, la realidad nos golpeó con toda su fuerza. Estamos en guerra. Sería erróneo (incluso peligroso) no admitirlo. Y para ganar, se necesitarán claridad, unidad y firmeza.

Lo que más necesitamos en este momento es claridad para el análisis. Apenas conocemos a nuestro enemigo, excepto por la intensidad de su odio y la profundidad de su crueldad. Para comprender su estrategia, debemos reconocerlo tal cual es: un adversario inteligente y, a su manera, racional. Lo hemos despreciado y subestimado demasiado tiempo. Es urgente cambiar el rumbo.

En las últimas semanas, la estrategia de terror del Estado Islámico llevó la muerte a las calles de Ankara, Beirut y París, y a los cielos del Sinaí. La identidad de las víctimas no deja dudas sobre el mensaje. “Kurdos, rusos, shiítas libaneses, franceses: ustedes nos atacan, nosotros los matamos”.

El momento en que se producen los ataques es tan revelador como la nacionalidad de sus blancos. Cuantas más derrotas sufre el Estado Islámico en el terreno y más pierde el control del territorio en Siria e Irak, mayor su tentación de exteriorizar la guerra para disuadir futuras intervenciones. Por ejemplo, los ataques sincronizados en París coincidieron con la pérdida para el Estado Islámico de la ciudad iraquí de Sinjar.

Es cierto que la célula terrorista que golpeó en París no se creó después de las recientes derrotas del Estado Islámico en el campo de batalla. Ya estaba lista, esperando ser activada (lo mismo que pueden estarlo otras). Eso demuestra la flexibilidad táctica del Estado Islámico, por no hablar de la disponibilidad de personas dispuestas a suicidarse.

Si ahora el Estado Islámico eligió en París ir contra personas que no eran caricaturistas, policías o judíos, es precisamente porque su condición “ordinaria” las dejó desprotegidas. Esta vez, los atacantes prefirieron la “cantidad” a la “calidad” (si se nos puede perdonar decirlo en forma tan ruda). El objetivo era matar a tantas personas cuantas pudieran.

Esta estrategia es posible porque el territorio controlado por el Estado Islámico les sirve de refugio y base de entrenamiento. Los territorios del autoproclamado califato son para este grupo lo que el Afganistán controlado por los talibanes era para Al Qaeda en los noventa.

Es imperioso recuperar el control de este territorio. Y destruir las “provincias” del Estado Islámico en Libia, el Sinaí y otros lugares debe convertirse en la prioridad número uno de la comunidad internacional.

Además de claridad analítica, se necesita unidad, empezando en Francia, cuyos ciudadanos rechazarían a su clase política si sus miembros continuaran actuando en forma divisiva en un punto de inflexión histórico tan obvio.

También es preciso lograr unidad dentro de Europa. Oímos todo el tiempo decir que Europa atraviesa una crisis de identidad y está necesitada de un proyecto nuevo. Pues bien, lo ha encontrado. Ser europeos significa confrontar juntos el azote de la barbarie y defender nuestros valores, nuestro modo de vida y nuestra forma de vivir juntos, a pesar de nuestras diferencias.

También se necesita la unidad de todo el mundo occidental. La declaración del presidente Barack Obama después de los ataques de París demuestra que lo que une a Europa y Estados Unidos es mucho más importante que lo que nos divide. Estamos en el mismo barco, enfrentados al mismo enemigo. Y este sentido de unidad debe trascender el mundo europeo y occidental, porque el Estado Islámico amenaza a países como Irán y Rusia (y qué decir de Turquía) tanto, o más, que a Occidente.

Claro que debemos ser realistas. Nuestra alianza circunstancial con estos países no resolverá todos los problemas que hay entre ellos y nosotros. De modo que además de claridad y unidad, necesitamos firmeza, tanto para confrontar la amenaza de EI cuanto para defender nuestros valores, especialmente el respeto del Estado de derecho.

El Estado Islámico espera de nosotros una combinación de cobardía y reacción excesiva. Su ambición final es provocar un choque de civilizaciones entre Occidente y el mundo musulmán. No debemos caer en su trampa.

Pero lo primero es la claridad. Cuando París sufre un ataque como el del viernes pasado, hay que hablar de guerra. Nadie quiere repetir los errores de Estados Unidos durante la presidencia de George W. Bush; pero usarlos como excusa para no hacer frente a la realidad sería simplemente un error diferente.

La respuesta de Europa debe ser contundente, pero sin apartarse del Estado de derecho. Al fin y al cabo, estamos librando contra el Estado Islámico una batalla política en la que nuestro amor a la vida debe prevalecer sobre su amor a la muerte.

Dominique Moisi es profesor en el Institut d'études politiques de Paris (Sciences Po), asesor superior en el Instituto Francés de Asuntos Internacionales (IFRI) y profesor visitante en el King's College de Londres. © Project Syndicate 1995–2015

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