Opinión

‘El grito’, de Munch

Actualizado el 15 de septiembre de 2014 a las 12:00 am

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‘El grito’, de Munch

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Toda la historia humana se reduce a un alarido de terror ante la muerte, y una igualmente angustiosa reflexión sobre el tiempo. El tiempo, sí, que nos conduce a ella, fatal baquiano. Nada más ha tenido nunca ninguna importancia. La meta-narrativa del género humano no es sino la historia de las mil maneras (el poder, el talento, el legado, la perpetuación biológica, el recuerdo, la historia, la religión, el amor) que el hombre se ha inventado para no morir.

La cultura, tomada en su sentido antropológico –la suma de todo el quehacer humano transmitido históricamente–, es un multiforme grito de desesperación que proferimos antes de caer fulminados. Hoy me he mirado al espejo y he creído reconocer a la criatura de Munch: insular, decantándose sobre el vértigo del segundo plano, donde todo pareciera derretirse, el tiempo incoercible, como agua que escapa en un cesto de mimbre. A fin de cuentas, en este mundo solo sobrevivirán quienes mejor sepan llorar. Es un arte que conviene reaprender y depurar.

Es lamentable que la sociedad lo sancione, y premie, por el contrario, cualquier carcajada, por procaz y estúpida que sea. La saga humana sobre el planeta es, toda ella, flor de sepulcro.

Si fuésemos inmortales, jamás habríamos producido nada. Cultura de la finitud, finitud de la cultura.

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