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El granero africano

Actualizado el 23 de octubre de 2015 a las 12:00 am

África debe manufacturar productos alimentarios de mayor valor añadido para la India y China

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KIGALI – En el primer Día Mundial de la Alimentación en 1945, personas de todo el mundo celebraron la creación de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y el lanzamiento de la primera acción mundial coordinada de lucha contra el hambre.

Este año, en el Septuagésimo Día Mundial de la Alimentación, los países están movilizándose tras los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), uno de los cuales requiere la eliminación del hambre y la malnutrición de aquí al 2030, junto con la creación de un sistema alimentario más resistente y sostenible. ¿Se puede hacer?

Con el rápido crecimiento de la población mundial (hasta unos 8.500 millones de habitantes en el 2030), las consecuencias del cambio climático cada vez más evidentes y la merma de la cantidad de tierra cultivable, resulta innegable que la consecución de dicho objetivo será un empeño ingente, pero para África, que cuenta con el 60 por ciento de la tierra cultivable del mundo y climas favorables para una tremenda diversidad de cultivos, la de esforzarse para conseguirlo representa una oportunidad notable a fin de velar por la seguridad alimentaria para los africanos (uno de cada cuatro está desnutrido) e impulsar su economía volviéndose una importante exportadora de alimentos.

Aunque muchas economías africanas han experimentado un rápido crecimiento en los últimos años, el sector agrícola ha permanecido estancado. De hecho, la agricultura africana sigue dominada por las pequeñas explotaciones, que carecen de acceso a una tecnología que aumente la productividad, está centrada principalmente en una escasa diversidad de productos y sigue deficientemente conectada con los mercados, la manufactura y la economía más amplia.

Además de socavar la seguridad alimentaria –África sigue siendo una gran importadora de alimentos–, la escasa productividad agrícola contribuye a la persistencia de la pobreza rural, precisamente cuando en muchas ciudades de África está surgiendo una clase media.

África puede y debe ser el granero del mundo, pero para hacer realidad ese sueño –y hacerlo de forma medioambientalmente sostenible– su sector agrícola debe experimentar una auténtica transformación que entrañe una mayor inversión de capital, una importante diversificación de cultivos y mejores enlaces con unos incipientes mercados urbanos de consumo. Además, África debe comenzar a manufacturar productos alimentarios de mayor valor añadido para el consumo y la exportación, en particular a países como la India y China, donde la demanda está aumentando.

Desde Europa y Norteamérica hasta Asia Oriental y Latinoamérica, los avances agrícolas han demostrado ser precursores fundamentales del desarrollo industrial y del aumento del nivel de vida. África cuenta con el beneficio añadido de tecnologías de las que otras regiones carecían en esta fase de su desarrollo agrícola, desde una energía solar sin conexión a la red y con un costo competitivo hasta mecanismos para cartografiar las características de los suelos, regular la utilización del agua y velar por el acceso de los agricultores a una información precisa sobre los precios.

Ya se está produciendo una innovación. En Ruanda, por ejemplo, se está trabajando para conectar el apoyo agrícola con servicios más amplios como la electricidad y la educación y las comunidades agrícolas del país están encabezando estructuras participativas de adopción de decisiones para que los mecanismos de planificación agrícola y resolución de conflictos zanjen las controversias entre los cultivadores.

Para impulsar la innovación y la modernización agrícolas, los Gobiernos deben velar por que los agricultores tengan títulos seguros de propiedad de su tierra y, por tanto, un incentivo para hacer las inversiones necesarias.

El problema radica en que en muchas partes de África la tierra es de propiedad comunal y casi todos los habitantes de una aldea tienen derechos tradicionales a la tierra de cultivo, sistema que ha prevenido la existencia de agricultores sin tierra y la indigencia en las zonas rurales.

Así las cosas, las reformas encaminadas a hacer el régimen de propiedad de la tierra más compatible con la agricultura comercial moderna deben tener en cuenta las tradiciones locales y respetar los derechos de propiedad de las comunidades y de las pequeñas explotaciones.

Naturalmente, el desarrollo agrícola puede presentar riesgos para la economía en conjunto, que se deben afrontar cuidadosamente. Por ejemplo, como los aumentos de la productividad debidos a la tecnología reducen el número de trabajadores necesarios en las explotaciones, las estrategias para impulsar el empleo en otros sectores de la cadena del valor y gestionar la migración a las ciudades resultan aún más esenciales.

Como la población rural de África ya está en gran medida subempleada, no hay tiempo que perder para aplicar dichas estrategias. Por fortuna, la gran población de jóvenes de África cada vez más instruidos y que ya no están interesados en el extenuante trabajo de la agricultura de subsistencia es muy idónea para ocupar los empleos de mayor valor añadido que surgen en el sector agrícola y otros.

Otro posible riesgo del desarrollo agrícola es el de los daños medioambientales, incluida la degradación de la tierra, el agotamiento de los nutrientes de los suelos, una utilización excesiva del agua y su contaminación.

A este respecto, África puede beneficiarse también de una experiencia y unos conocimientos técnicos a los que no tuvieron acceso otras regiones en una fase similar de su desarrollo agrícola. Recurriendo a los procedimientos óptimos de otros países –y evitando sus errores–, África puede desarrollar un sistema agrícola medioambientalmente sostenible que se ajuste a las condiciones africanas.

Semejante sistema debe asignar una prioridad máxima a la protección de la biodiversidad y prevenir el surgimiento de monocultivos en todo el continente, que alberga algunos de los ecosistemas más ricos del mundo. Las consideraciones relativas al cambio climático –incluidos los costos previstos de la mitigación y la adaptación– debe ser fundamental para el proceso de perfeccionamiento de la agricultura, incluidas las infraestructuras pertinentes.

En última instancia, cada uno de los países debe fijar su propia vía hacia el desarrollo agrícola, pero la cooperación –aunque solo sea para intercambiar ideas y emular los procedimientos óptimos– puede contribuir considerablemente a ese proceso. Esa es la razón por la que en el próximo mes de marzo el Foro Africano para la Transformación reunirá en Kigali a figuras destacadas de los Gobiernos, las empresas, el mundo académico y la sociedad civil de África para examinar las próximas medidas prácticas que se deben adoptar con miras a la trasformación agrícola de África y el impulso más amplio para la creación de economías competitivas a escala mundial.

El de la transformación agrícola de África será un proceso largo y complejo, pero puede brindar posibilidades para velar por la seguridad alimentaria regional, fomentar un mayor desarrollo económico y, en última instancia, contribuir a alimentar al mundo. Estamos seguros de que los dirigentes africanos estarán a la altura de esa tarea.

Paul Kagame es presidente de la República de Rwanda.

K. Y. Amoako es el fundador del Centro Africano para la Transformación Económica, centro de estudios sito en Ghana. © Project Syndicate 1995–2015

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