Opinión

El golfo de Nicoya y las aguas con arsénico

Actualizado el 11 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

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El golfo de Nicoya y las aguas con arsénico

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No me anima la intención de añadir males a los ya existentes; es más positivo sugerir soluciones y abrigar esperanzas. Por ejemplo, la pesca en el golfo de Nicoya está casi agotada. Lo mejor sería reservarlo para los pescadores de la zona, si lo permite Infopesca. Entre unos y otros suman 14.800 pescadores costeros (Atlántico, Pacífico e islas), según lo señala, en fundamentado artículo, Enrique Ramírez Guier (“Desigualdad social, capital natural y zona exclusiva”, La Nación , 12-6-13). De 14.800 pescadores costeros, ¿cuántos incursionan en el golfo y empobrecen la pesca?, ¿cuántos lo hacen para poder comer y cuántos por negocio?

El golfo de Nicoya debe quedar para los pescadores pobres de la zona. El país debe asegurarles, al menos, su subsistencia. Además, es una población que crece. No obstante, deben permanecer bajo la vigilancia estatal, pues pueden destruirlo por sentirlo suyo. ¡Cuánta formación nos falta en todos los campos! En las alcantarillas abiertas, esas con tubos de dos metros de diámetro, tiran refrigeradoras, colchones, tablas viejas, televisores, tarros, plásticos de todo tipo…

Irregularidades. Un caso de flagrantes irregularidades, cometidas con ciertos pescadores en Colorado de Abangares, es el siguiente: pescaban con redes barrederas, prohibidas pues arrasan con todo; la Policía se las incautó y, a su vez, se las entregó. Es un claro ejemplo del país de las componendas y las impunidades. Si tanto nos preocupamos de lo ecológico, se debe prohibir la importación de tales redes. Esa práctica es salvaje por destructiva, como si los recursos fueran inagotables.

Asimismo, el cúmulo de leyes, reglamentos e instructivos y 300 instituciones públicas nos tienen amordazados. Gota a gota, salen las cosas y cada vez nos complicamos más. Justicia, orden y celeridad en los trámites es algo extraño, con lo cual el viaje de la vida personal y colectiva se hace cada vez más agobiante, pesado y desalentador. ¿Cuál será la fórmula para salir de esta trampa? “Cuando se quiere, se puede”, repetimos los ciudadanos. ¿Será un consuelo? No lo creo.

Otro abandono. Algo similar, otro abandono, pasa con 24 pueblos de Guanacaste y algunos de San Carlos: toman agua con arsénico. Los técnicos hablan de una cantidad no dañina. Sin embargo, la experiencia confirma una rara enfermedad que ataca los riñones y sobreviene la muerte. Apenas se investiga.

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La Nación publicó un amplio reportaje sobre el caso, y el instituto de Acueductos y Alcantarillados (AyA), creado en 1961, también investiga, como lo hace la Caja Costarricense de Seguro Social. Ojalá que se haga algo en provecho de estos hermanos nuestros, más allá de pedirles el voto.

Sin infravalorar el valer profesional, el científico de AyA expresa lo siguiente: “La población afectada que estuvo expuesta a arsénico fue de unas 38.000 personas. De esas, el 70% ya tiene su problema solucionado, ya sea haciendo nuevos acueductos o sacando de operación pozos contaminados” ( La Nación , 8-8-13). O sea, que el 30% no “tiene su problema solucionado”. Es decir, 11.400 personas están desprotegidas.

El problema persiste. ¿ Cuándo habrá “nuevos acueductos” o ¿cuántos “pozos contaminados” serán sacados de “operación”? Vete a saber. Solo se sabe que, al parecer, AyA cuenta con ¢123.000 millones no ejecutados.

Como puede apreciarse, Costa Rica demanda una nueva vía para solucionar tantos problemas y hacer la vida más agradable.

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